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Paz en la Tierra

12/1/2017

por el Arzobispo William E. Lori, Capellán Supremo

El camino hacia la paz en el mundo, nuestras familias y nuestros corazones inicia con la conformidad con las virtudes de Cristo

Arzobispo William E. Lori, Capellán Supremo

EN LA PRIMERA noche de Navidad, el cielo estaba iluminado por las estrellas, pero brillaba más que nunca con la gloria de Dios. Esa noche nació Jesús, “la luz del mundo” (Jn 8,12), y “la verdadera luz que ilumina a cada uno” (Jn 1,9). Los ángeles llenaban esta escena resplandeciente con cantos proclamando: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por Él” (Lc 2,14), palabras que con frecuencia repetimos en la Santa Misa.

Gloria a Dios, paz en la tierra, buena voluntad en las relaciones humanas: ¿Acaso estas palabras no despiertan en nuestros corazones un profundo anhelo? Después de todo, vivimos en un mundo que no es pacífico. Vivimos a la sombra de una guerra nuclear y del terrorismo. Muchos compañeros cristianos y otros creyentes sufren persecución religiosa. Millones de refugiados son despojados y expulsados de sus hogares. Muchos en su tierra y en el extranjero sufren de pobreza, racismo, falta de atención médica y desigualdad económica. La paz se ve amenazada por la falta de un diálogo razonado entre los líderes políticos, a nivel nacional e internacional. Tampoco podemos pasar por alto la discordia social y la falta de civilidad, tan dolorosamente evidente, por ejemplo, en las redes sociales.

El saludo de los ángeles para el Príncipe de la Paz también puede aplicarse a la casa misma, ya que muchas familias sufren de falta de paz. En Navidad, esas cosas que dividen nuestras familias pesan mucho en nuestros corazones. Cada familia tiene sus desacuerdos, pero en algunas se endurecen con rencores y alejamiento; las relaciones discordantes también pueden perturbar el lugar de trabajo y otras comunidades a las que pertenecemos. En última instancia, si queremos tener paz en el mundo, no podemos dejar de lado el desorden que reina en nuestro propio corazón.

VIRTUD Y ORDEN

Un himno popular empieza: “Que haya paz en la tierra y que comience conmigo”. Solía quejarme de esta letra porque me parecía egocéntrica. “La paz no empieza conmigo, sino con Jesús”, murmuraba mientras otros volcaban sus corazones en esta canción. Por supuesto, eso es verdad: Jesús es la fuente de nuestra paz. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, comencé a entender algo que la Palabra de Dios y los grandes escritores espirituales nos enseñan constantemente. Cuando nuestra vida está en orden, la paz de Jesús reina en nosotros y nos convertimos en fuente de verdadera paz en un mundo dividido. Cuando algún desorden deja coja nuestra vida, contribuimos a las divisiones del mundo y la discordia.

Una vida bien ordenada no es necesariamente una vida pulcra y predecible, ni está exenta de presiones y estrés. Más bien, una vida ordenada es una vida virtuosa, vivida en el mundo real. Las virtudes son aquellas firmes cualidades del carácter que nos ayudan a vivir en una correcta relación con Dios, con los demás y con nosotros mismos.

Las tres virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) nos ayudan a vivir en una correcta relación con Dios. Las cuatro virtudes cardinales (esenciales) son cualidades estables de la mente y el intelecto, que gobiernan nuestros apetitos y acciones, de acuerdo con la razón y la fe. Nos permiten relacionarnos con los demás en una forma sana y generosa, respetando nuestra propia dignidad otorgada por Dios. Estas cuatro virtudes son prudencia (por la cual discernimos lo que es bueno), justicia (por la cual estamos constante y firmemente dispuestos a dar a Dios y a los demás lo que les corresponde), fortaleza (por la cual permanecemos firmes y constantes en medio de las dificultades), y templanza (por la cual logramos dominar nuestros apetitos y gobernar nuestras emociones).

Aquellos que adquieren estas virtudes tienen vidas ordenadas y pacíficas y son una fuente de paz para otros. En contraste, los que están desconectados de Dios y cuyos apetitos y emociones están fuera de control traen estragos, soledad y amargura a sí mismos y a los demás.

LA PALABRA SE HIZO CARNE

Las virtudes teologales se reciben en el bautismo, como resultado de la gracia del Espíritu Santo. Adquirimos las virtudes morales a través del esfuerzo y la práctica con la ayuda de la gracia. Cuando estas virtudes echan raíces profundas en nuestra mente y corazón, empezamos a vivir una vida bien ordenada, una vida en la que tenemos la fuerza interior para amar a Dios con nuestra mente, corazón y espíritu y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Piense en lo diferente que sería el mundo si todos abriéramos nuestro corazón a las virtudes teologales y entabláramos una relación más profunda con el Dios vivo. Piense en lo bueno que sería el mundo si, con la gracia de Dios, cada uno luchara por alcanzar las virtudes morales y el autodominio.

Con esto en mente, veamos a Jesús con los ojos de la fe. Él es el eterno Hijo de Dios que asumió nuestra humanidad, y a través de su humanidad somos salvos. El Hijo de Dios se hizo hombre para poder ofrecerse totalmente al Padre y a nosotros. Su don de sí mismo está destinado a dar forma a lo que somos y cómo vivimos.

El Niño en el pesebre nos muestra cuánto debe amarnos Dios que envió a su Hijo para salvarnos de nuestros pecados, así como la importancia que da Dios a nuestra humanidad, puesto que su Hijo se convertiría en uno de nosotros. La humanidad de Jesús es un modelo para nuestra humanidad, ejemplificando las Bienaventuranzas y toda virtud.

Así que, ahora que se aproxima la Navidad, abramos nuestro corazón a Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre. Pidámosle la gracia del Espíritu Santo para poner nuestras vidas en orden, modeladas y compartidas en la sagrada humanidad de Cristo. Nuestra conformidad con su humanidad es un proceso de toda la vida, de crecimiento en intimidad con Jesús a través de la oración, los sacramentos y el servicio a los demás. Cuanto más nos sintamos atraídos por Cristo y más refleje nuestra humanidad su bondad y amor, mayor será nuestra paz y mejor equipados estaremos para llevar la paz a un mundo atribulado.