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Prueben y vean

3/1/2018

por el Arzobispo William E. Lori, Capellán Supremo

Al acercarse la Semana Santa, podemos tomar medidas para estar más en sintonía con la belleza y las riquezas de la liturgia de la Iglesia

Arzobispo William E. Lori, Capellán Supremo

LA CUARESMA es un tiempo de arrepentimiento y renovación que nos lleva a la cima de la vida litúrgica de la Iglesia: la Semana Santa. Durante la semana más sagrada en este Año de Gracia, nos reuniremos para seguir los pasos de Jesús, desde su entrada triunfal en Jerusalén, la institución de la Eucaristía y del sacerdocio en la Última Cena, y finalmente su pasión, muerte y resurrección salvíficas. En las liturgias de la Semana Santa — el Domingo de Ramos, la Misa Crismal, el Jueves Santo, el Viernes Santo y la Vigilia Pascual — verdaderamente compartimos los grandes eventos que nos trajeron nueva vida en Cristo. Esos eventos salvíficos se hacen presentes y disponibles para nosotros con el poder del Espíritu Santo.

No demos por sentada la liturgia de la Iglesia. En la liturgia, y a través de ella, celebramos las cosas maravillosas que Dios ha hecho para salvarnos. “Celebrar” significa dar gracias con alegría por estos grandes eventos y hacerlos presentes en la Iglesia. Esto es cierto para cada celebración litúrgica, pero es especialmente evidente durante la Semana Santa. Los ritos de Semana Santa son solemnes y hermosos, con un poder y majestad propios. Yo que he tenido el privilegio de celebrar liturgias de Semana Santa durante muchos años, sigo sintiéndome humilde y asombrado cuando el misterio del plan de salvación de Dios se desarrolla ante los ojos de la fe.

NUESTRO PALADAR ESPIRITUAL

Animo a todos a asistir y participar en las liturgias de la Semana Santa. Nada es más digno de nuestro tiempo y atención. Muchas personas, sin embargo, dicen que no obtienen nada de la liturgia. Alegan que es aburrida, sin sentido o desconcertante, y que no la encuentran espiritualmente nutritiva. Están en la presencia de riquezas indescriptibles sin darse cuenta. Son como la gente que llega a un banquete maravilloso sin demasiado apetito, o como aquellos que preferirían una bebida azucarada a un buen vino, o una comida rápida a una comida gourmet. Así como nuestra apreciación de la buena comida y bebida requiere que desarrollemos nuestro paladar, también debemos desarrollar nuestro “paladar espiritual” para que tengamos una buena participación en el banquete del sacrificio de Cristo.

El salmista nos llama a “probar y ver la bondad del Señor” (Sal 34,8). Para nosotros como católicos, este versículo es una invitación a participar en la liturgia Eucarística, en la que participamos del don que hace Jesús de sí mismo en la cruz y nos unimos a su amor sacrificial. Su presencia y sacrificio se convierten en nuestro alimento espiritual cuando recibimos el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad del Señor resucitado. Responder a la invitación del salmista a experimentar la bondad del Señor, requiere que, con la gracia de Dios, desarrollemos nuestro gusto interior por el alimento sublime que nos ofrece la Eucaristía. En una frase, el salmista nos está instando, a usted y a mí, a tener hambre y sed de santidad.

Entonces, ¿cómo podemos desarrollar nuestro paladar espiritual para llegar a la liturgia listos para participar de sus riquezas y más plenamente “probar y ver la bondad del Señor”? Sin descartar la repentina inspiración del Espíritu Santo, yo argumentaría que normalmente apreciamos la liturgia de la Iglesia cuando tenemos una vida activa de oración privada. Cuando oramos fervientemente en privado, cada día, realmente comenzamos a interiorizar la belleza, la majestad y el poder de la liturgia de la Iglesia, ya sea en Semana Santa o en cualquier otro momento.

PREPARANDO NUESTROS CORAZONES

Existen algunas medidas que todos podemos tomar para que cada vez apreciemos más la liturgia.

Primero, pase tiempo cada día recogido en oración. Tómese el tiempo para permitir que el Señor hable a su corazón y arroje su luz sobre los acontecimientos de su vida, sus relaciones, sus luchas con el pecado y sus debilidades, y sus oportunidades para amar a otros o crecer en virtud. Estar con el Señor, permitiendo que su corazón hable a nuestros corazones en el amor, nos hace desear conocerlo y amarlo más profundamente. Nos prepara para compartir la liturgia más activamente y, a su vez, la oración litúrgica enriquece nuestra vida personal de oración.

En segundo lugar, asegúrese de hacer uso regular del sacramento de la reconciliación. Este sacramento, en el que nuestros pecados son perdonados, es como una limpieza del paladar espiritual. Nos libra del mal gusto que nos deja la “comida chatarra” del pecado y la vida de distracciones, mientras nos prepara para las buenas cosas que el Señor tiene reservadas para nosotros.

En tercer lugar, practique la lectio divina (lectura divina o espiritual). Piense en cuánto más apreciaríamos la liturgia si, de antemano, llegáramos a leer y reflexionar con devoción sobre las lecturas de las Escrituras y las oraciones que serán proclamadas en la Misa. Si nos tomáramos un poco de tiempo para hacer esto, llegaríamos a Misa listos para escuchar y mejor preparados para participar en la liturgia.

En cuarto lugar, ¿Por qué no dedicar algún tiempo a leer y estudiar lo que el Catecismo de la Iglesia Católica o el Compendio, más breve, enseña acerca de la liturgia y los sacramentos? El Catecismo obtiene su enseñanza del Concilio Vaticano II y otras fuentes de la Tradición. Su enseñanza es confiable, profunda y hermosa.

Todo esto nos lleva de regreso a la Cuaresma y la Semana Santa. Éste es, por excelencia, el momento de elevar el nivel de nuestra vida de oración. Que al acercarse la Semana Santa, realmente podamos “probar y ver la bondad del Señor”.