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Disipen la oscuridad

11/1/2019

por el Arzobispo William E. Lori, Capellán Supremo

Ante el desánimo, profundicen en los dones y frutos del Espíritu Santo

Arzobispo William E. Lori, Capellán Supremo

CUANDO SE ACERCA el invierno, los días se acortan en el Hemisferio Norte. La oscuridad llega más temprano y dura más tiempo. Para algunos, las largas horas de oscuridad pueden crear desaliento. Al faltar luz del sol, puede que nos obsesionemos con las cosas que nos ponen tristes, quizá un dilema personal o un problema familiar. Puede que nos invada la melancolía cuando reflexionamos sobre el estado de la Iglesia o el mundo.

La desesperación tiene un efecto paralizante, ¿no? Nos cuesta más trabajo realizar nuestras responsabilidades diarias y tomar decisiones, incluyendo las que podrían mejorar nuestra suerte. Una persona me lo dijo así: “Yo sé lo que tengo que hacer por mi familia, pero por más que lo intento, no lo logro”. Otra dijo: “Levantarme en la mañana es como reiniciar mi computadora. Todas mis preocupaciones, mis problemas y sentimientos amargos vuelven a funcionar. Antes de tomar mi primera taza de café, estoy exactamente en donde estaba el día anterior.” Algunos autores espirituales lo llaman “los demonios de la mañana”. Es la forma en que el demonio da un mal inicio para nuestro día y nos deja abatidos.

El ministerio de la Iglesia se puede sentir afectado de manera similar. Desde que la crisis del abuso hizo presa de la Iglesia otra vez, más de un sacerdote me ha hablado de su depresión. Al ver congregaciones más reducidas el domingo y oír críticas por todos lados, algunos han dicho al respecto “¿Qué caso tiene evangelizar? Nadie va a escuchar hasta que termine esta crisis. Simplemente tenemos que aguantar la tormenta.” Pero esta actitud derrotista no tiene lugar en la misión de la Iglesia.

Cada día llevo a mis oraciones no solo mis propios problemas y preocupaciones, sino también las intenciones que me confían las personas con quienes me encuentro. También rezo por los inmensos retos a los que se enfrenta la Iglesia, entre los que destaca encontrar el camino para emprender de todo corazón su misión de evangelización.

Un día, durante una Hora Santa, me golpeó como un ladrillo: recordé los Dones y Frutos del Espíritu Santo, y fue como si una voz interior dijera: “No encuentras desaliento entre los Dones y Frutos del Espíritu Santo ¿verdad? Lo que encuentras es valentía y alegría”. No necesité decirle una palabra más al Señor por el resto de esa hora. El Señor lo había dicho todo.

A medida que los días se hacen más oscuros, tanto cósmicamente como metafóricamente, el aliento del Espíritu Santo brilla con mayor claridad. Tomemos, por ejemplo, las palabras del Evangelio de San Juan: “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron” (1,5). O piensen en la que escribió San Pablo a la Iglesia de Corinto: “Por eso, investidos misericordiosamente del ministerio apostólico, no nos desanimamos” (2 Cor 4,1). Cuando Timoteo estaba a punto de perder el ánimo a causa de los problemas de su ministerio, Pablo le escribió: “Porque el Espíritu que Dios nos ha dado no es un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de sobriedad” (2 Tim 1,7).

Con qué facilidad podría haber sucumbido el Padre McGivney al desánimo cuando fundó Caballeros de Colón. Afortunadamente para nosotros, no lo hizo. Admiramos su espíritu indómito, y debemos adoptarlo llevando un espíritu de alegría y aliento a la misión de la Orden, en especial la de caridad.

Cuando estemos reunidos en torno a la mesa del comedor para el Día de Acción de Gracias, y preparándonos para el Adviento, abramos nuestros corazones al Espíritu Santo. No pedimos soluciones mágicas para nuestros problemas, sino un convencimiento más profundo de que su amor es más sólido que nuestros problemas y pecados. La misión de esta Iglesia continúa en los buenos y malos tiempos, y todo es posible para Dios.

Llevemos esta convicción a nuestra vida personal y nuestra familia, a nuestro lugar de trabajo y a la labor de nuestra Orden y la Iglesia.