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Fiesta de la Transfiguración
Misa Conmemorativa para los miembros difuntos de C de C
Filadelfia, Pennsylvania
6 de agosto de 2015

Introducción

Saben, algunas veces considero que la Transfiguración merece mucha más atención de la que normalmente le damos. Nos encontramos con este misterio dos veces durante el año litúrgico: un relato evangélico de la Transfiguración siempre se lee en el 2do Domingo de Cuaresma como una manera de alentarnos durante nuestra penitencia cuaresmal; y hoy, 6 de agosto, es el día designado como la Fiesta de la Transfiguración. A pesar de que nos encontramos con este misterio dos veces al año, no tiene tanto impacto en nosotros como la Navidad, el Viernes Santo o la Pascua.

La Escritura, por supuesto, sí da a la Transfiguración su importancia. Este acontecimiento, en el que Cristo manifestó su gloria delante de los asombrados apóstoles, Pedro, Santiago y Juan… este suceso se describe en tres Evangelios y en la Segunda Carta de San Pedro. En esos relatos, la Transfiguración se presenta como el punto culminante del ministerio de Jesús, porque aquí, en las alturas del Tabor, Jesús no sólo revela en carne humana la divina gloria que es suya por toda la eternidad, sino que también revela cómo hemos de ser transformados para así compartir la gloria de Dios.

Además, conforme la Tradición Cristiana se desarrolló y difundió, sabios escritores y santos han visto en el misterio de la Transfiguración el modelo o el paradigma de la vida sacramental de la Iglesia. La gloria de Dios Padre nos puede tocar y cambiarnos sólo cuando, en el poder del Espíritu Santo, hayamos tenido contacto con el Cuerpo de Cristo. En verdad, el esplendor, la belleza, la brillantez de la gloria de Dios que brilla en el cuerpo mortal del Hijo Encarnado de Dios, es la base para toda la vida sacramental de la Iglesia y nos manifiesta lo que Dios quiere lograr en la humanidad de aquellos que siguen a Su Hijo incondicionalmente. Como lo dijo un autor, "Lo que llamamos los sacramentos, de hecho, son las acciones divinizadoras del Cuerpo de Cristo en nuestra propia humanidad" (Corbon, Wellspring of Worship, 95).

La Gloria de Dios: El Espíritu del Señor

Pero, ¿qué es este resplandor, esta gloria, esta belleza revelada a nosotros en la cima del Monte Tabor? La Escritura nos dice que la gloria de Jesús, de la cual fueron testigos los tres Apóstoles, no se debe a ninguna causa terrenal. El brillo de las vestiduras de Jesús no se debe a ningún detergente o agente blanqueador. San Marcos nos da la siguiente descripción: “Sus vestiduras se pusieron esplendorosamente blancas, con una blancura que ningún blanqueador puede lograr sobre la tierra”. La Escritura también nos enseña que la gloria de Jesús no es un mito, que Pedro, Santiago y Juan no inventaron o imaginaron esta visión. Escuchen otra vez las palabras de San Pedro: “Porque no seguimos mitos inteligentemente inventados, cuando les hicimos saber el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, sino que fuimos testigos oculares de su magnífica gloria”. Tampoco la gloria de Jesús consiste en su fama o popularidad, ni siquiera en su brillante habilidad para vencer a sus oponentes.

Entonces, ¿qué es la gloria de Dios? La Escritura describe la gloria de Dios como la luz. En efecto, Jesús se refiere a sí mismo como "la luz del mundo". En la Segunda Carta a los Corintios, San Pablo escribe: “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Cor. 4:6). Sin embargo, incluso esto no responde a la pregunta de qué es la gloria de Dios, porque "la luz" no es más que una imagen terrenal hecha para describir una realidad divina.

Estimados amigos, cuando persistamos en preguntar qué es la gloria de Dios, descubriremos, con San Gregorio de Nisa, que la gloria de Dios revelada en la Transfiguración, finalmente, es el Espíritu Santo, el Espíritu que apareció como una nube ensombreciendo a Jesús en la Transfiguración, el Espíritu que es el vínculo de la caridad y el vínculo de unidad entre el Padre y su Hijo amado. La gloria de Jesús es su completa unión de amor con el Padre, una unión de amor tan completa y tan perfecta que no es sólo una idea o un sentimiento, sino una Persona, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo, porque "Dios es amor".

En el Evangelio de Juan, Jesús dice: "La gloria que me diste, yo les he dado", es decir, a sus discípulos. Y Jesús, efectivamente, dio su gloria a sus discípulos, después de su Resurrección, cuando les dijo: "Reciban el Espíritu Santo", el Espíritu Santo que derrama el amor de Dios en nuestros corazones, perdona nuestros pecados, y nos une en una maravillosa unidad de fe. [Cf. Gregorio de Nisa, Homilía sobre el Cantar de los Cantares, la Liturgia de las Horas, vol. II, p. 958]

La Caridad y la Unidad

Por lo tanto, se podría decir que cuando subimos el monte Tabor con Pedro, Santiago y Juan, los ojos de la fe contemplan el origen divino de la caridad y de la unidad que se encuentran en el corazón de nuestra amada Orden, Caballeros de Colón. El Padre McGivney no inventó estos principios, sino que los extrajo del corazón mismo de los Evangelios que conocía y amaba tanto. Sabía que si tuviéramos que compartir la gloria de Dios, debíamos ser personas unidas en la caridad: unidas al abrir nuestros corazones al amor de Dios derramado por el Espíritu Santo; unidas al dar testimonio del amor de Dios que hemos recibido por llevar una vida de caridad incondicional, especialmente en nombre de los pobres, los enfermos y los vulnerables.

En alguna parte, San Juan Pablo II se refirió al testimonio de los hombres y mujeres santos como: "Las vidas transfiguradas capaces de sorprender al mundo." La caridad del Padre McGivney como párroco reveló un alma que había sido transfigurada, cambiada, transformada por el Espíritu Santo en la imagen viva de la gloria de Dios, es decir, Su amor. ¿Cuántas vidas ha transformado o cambiado el ministerio del Padre McGivney? Nos sentimos atraídos tanto por los santos y por los bienaventurados de la Orden, como por los mártires mexicanos, porque, al dar sus vidas de amor desinteresado por el bien de la fe, manifestaron en vida, la gloria de Dios revelada en la carne de Cristo. Por eso fueron hoy llevadas sus reliquias en procesión con gran reverencia.

Ahora, mientras escuchamos los nombres de los miembros de nuestra Orden y de sus seres queridos quienes se han ido a casa del Señor durante el pasado año fraternal, oremos con fervor por aquellos que buscaron poner en práctica los principios de la caridad, la unidad y la fraternidad para que puedan ahora compartir plenamente la gloria y el amor generoso de Dios, manifestado por el Hijo de Dios Encarnado en la Montaña de la Transfiguración. Oremos para que en su misericordia el Señor perdone sus pecados e imperfecciones y para que sus almas estén listas para el amor perfecto, la perfecta gloria del cielo. Unidos en la caridad, ofrezcamos para ellos el Único Sacrificio que trae la salvación a todo el mundo, y recibamos la carne y la sangre de Cristo, por las cuales tocamos el amor transformador de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo.

¡Vivat Jesus!