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Convención 2017 de Caballeros de Colón
Homilía del miércoles, 2 de agosto de 2017
Misa para los cristianos perseguidos
Cardenal Seán O'Malley, OFM, Cap.

El abril pasado, el Papa Francisco visitó la iglesia de San Bartolomé en la isla Tiberina, para celebrar la memoria de los nuevos mártires. Esa antigua iglesia fue la iglesia titular del Cardenal George, ahora es del Cardenal Cupich.

En el 2000, para marcar el nuevo milenio, el Papa San Juan Pablo le encomendó esta iglesia a la comunidad de San Egidio para que establecieran un monumento para los mártires del siglo XX. Han ensamblado reliquias y recuerdos ahí desde África, Asia, Medio Oriente, América y Europa, y expedientes de 12,000 mártires del siglo XX. Incluso exhiben un misal que el Bendito Oscar Romero estaba usando para celebrar la misa cuando fue asesinado.

Solíamos pensar que los primeros siglos del cristianismo era la época de la persecución, pero actualmente, nos vamos dando cuenta de los innumerables mártires y cristianos perseguidos que existen en nuestra época.

La misa del día de hoy se ofrece a nuestros hermanos y hermanas perseguidos en este momento, en el que, como dijo el Caballero Supremo ayer, hay un genocidio contra los cristianos. Tal como nos pidió el Obispo Habash de la Diócesis católica siria de Nuestra Señora de la Liberación, debemos ser una señal de esperanza y solidaridad. La presencia del patriarca sirio, el Obispo de Alepo y otros obispos que representaban a nuestros hermanos y hermanas en sufrimiento es un homenaje a la labor de Caballeros de Colón y un cruel recordatorio de nuestra responsabilidad los unos con los otros.     

Todos hemos escuchado esa cita maravillosa del Papa Pablo VI donde declara que más que maestros, el mundo necesita testigos. Jesús envió a sus discípulos al mundo para anunciar la Buena Nueva, pero para que lo hicieran principalmente con el testimonio de sus vidas. Su fe se hizo visible con la congruencia de sus acciones, la valentía de sus convicciones, y el amor abnegado que se expresa en el espíritu del sacrificio. A veces olvidamos que la palabra griega para testigo es martyr.

En los principios de la iglesia, a los mártires se les veía como el ideal del discipulado: hombres y mujeres tan tranformados por su fe y por el amor de Dios que estaban preparados a sufrir incluso la muerte para poder ser testigos de la fe de la iglesia en la Resurrección de Jesucristo. Jesús nos dice en el Evangelio que al igual que Él ha sido perseguido, nosotros como sus discípulos debemos esperar tener persecución en nuestras vidas.  

En la misa del día de hoy, recordamos a nuestros mártires de la época moderna, especialmente nuestros hermanos y hermanas que son perseguidos en Medio Oriente. En muchas partes de los territorios que son la cuna de la civilización y también del cristianismo, actualmente los cristianos son expulsados, torturados y asesinados. En algunos países, donde había comunidades prósperas de cristianos viviendo en paz con sus prójimos no cristianos, ahora solo quedan los restos de esa comunidad de fe. Al igual que Ester en la primera lectura, podemos decir: "nuestros enemigos están empeñados en destruirnos". Asimismo, podemos orar por los cristianos cuyas vidas están en peligro usando las palabras de Ester, "no silencies las bocas de aquellos que te alaban".

Vemos en los Hechos de los Apóstoles cómo el Sanedrín intentó silenciar a Pedro y a Juan, pero estos apóstoles proclamaron con audacia que debían obedecer a Dios, y no al hombre. A pesar de las palizas y las amenazas, estos apóstoles proclamaron que "es imposible no hablar acerca de lo que hemos visto y escuchado". El mismo pasaje de los Hechos nos dice que "muchos de los que escucharon la palabra llegaron a creer y el número creció a unos cinco mil". La sangre de los mártires es realmente la semilla de la iglesia como dijo Tertuliano. La iglesia en sus inicios era muy devota a los mártires que daban sus vidas en testimonio de la fe. En Roma, donde Pedro y Pablo fueron martirizados y miles perecieron en el Coliseo, los cristianos celebraron la misa en las catacumbas sobre las tumbas de los mártires, de ahí nuestra tradición de poner las reliquias de los mártires en nuestros altares donde sea que se celebre la Santa Misa. 

Conforme el número de cristianos, católicos, ortodoxos y otros que sufren por su alianza con Cristo crece cada vez más, el Papa Francisco habla elocuentemente sobre un ecumenismo de sangre. El Santo Padre nos recuerda que nuestro amor por Cristo y la fe cristiana nos une muy de cerca con los ortodoxos y otros cristianos que están derramando sangre en testimonio de la fe cristiana.  

Hace dos años, me sentí profundamente conmovido por los informes de la prensa acerca de los veintiún sujetos en Libia decapitados por los terroristas ahí. Fue el 2 de febrero de 2015, cuando veinte trabajadores egipcios de construcción que eran cristianos coptos escucharon de sus captores que debían renunciar a su fe cristiana. Cuando se negaron, se les llevó afuera en trajes anaranjados y se les decapitó. Mientras eran asesinados, susurraron oraciones y el nombre de Jesús. Había otro cautivo con ellos, un trabajador de Chad que no era cristiano. Cuando los terroristas le preguntaron si era cristiano, él solo dijo: "su Dios es mi Dios". Y los terroristas lo asesinaron también. Nuestra fidelidad y valentía ante la adversidad y persecución llevaría a las personas a decir de nosotros: "su Dios es mi Dios".  

Todos nos hemos horrorizado con la exhibición de bombardeos en las iglesias católicas y otras cristianas en Egipto, Irak, Nigeria y la India. Todo el mundo lamentó el brutal asesinato en Yemen de tres Misioneras de la Caridad de Madre Teresa, cuyo único crimen fue cuidar a los ancianos y a los pobres.

El Santo Padre nos está retando a esforzarnos por acercarnos a nuestros hermanos cristianos y vivir esa unidad por la que Jesús rezó con las palabras " De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros".

El 2 de agosto también es un día especial para mí como seguidor de San Francisco, ya que hoy es la fiesta de la Porciúncula de Nuestra Señora de los Ángeles. Asimismo, hoy es el aniversario de mi ordenación episcopal que suecedió en las Islas Vírgenes en las Antillas, hoy hace treinta y tres años. Luego de muchos años y cuatro diócesis después, aquí estoy para contar la historia.

La Porciúncula es una capilla muy pequeña en Asís, dedicada a Nuestra Señora, que San Francisco convirtió en la iglesia principal de la familia franciscana. San Francisco se dio cuenta de que a muchas personas les encantaría ir en peregrinación a la tierra sagrada, pero debido a su lejanía, su costo elevado y el peligro que implicaba, pocos serían capaces de cumplir ese sueño. San Francisco quería iniciar la Capilla de Nuestra Señora de los Ángeles en Porciúncula en Asís. Actualmente, ese privilegio se extiende a todas las iglesias y capillas franciscanas y a todas las catedrales.

Una de mis memorias más antiguas de la niñez al ver esta fiesta es la de ir cada año a las Hermanas Clarisas con mi abuela. En los buenos tiempos, era posible lucrar la indulgencia plenaria, así que la costumbre era decir las oraciones prescritas en la capilla y luego, irse y regresar y decir las oraciones otra vez. Siempre había una fila de irlandeses e italianos entrando y saliendo de la capilla de las Hermanas Clarisas. Cada vez que entrábamos, mi abuela anunciaba a qué familiar íbamos a sacar del purgatorio. Luego de un tiempo, me cansé y me aburrí mucho y dije: "Nana, creo que lo sacamos el año pasado". A lo que mi abuela contestó: "ese necesita muchas oraciones".

La práctica de las indulgencias de la Porciúncula une a católicos alrededor del mundo a la idea de nuestra conexión con la tierra sagrada. San Francisco le tenía un amor muy grande a la tierra sagrada, el cual nacía de su amor por la humanidad de Jesucristo y su devoción a la encarnación. Esa devoción fue la misma que llevó a Francisco a preparar su primer nacimiento para que las personas pudieran ver la pobreza y simplicidad que rodeó el nacimiento de Jesús. Hasta el día de hoy, los frailes franciscanos cuidan los lugares sagrados en Palestina, la primera provincia que fundó San Francisco en la Orden, y reciben peregrinos de todas partes del mundo. En los ocho siglos desde que Francisco envió a los frailes a trabajar en esa parte del mundo, varios cientos de frailes fueron asesinados por fuerzas hostiles y murieron como mártires.

Durante la Quinta Cruzada, el mismo Francisco fue a Egipto a reunirse con el sultán. Un nuevo documental preparado por los franciscanos, recientemente se exhibió en Boston, en una mezquita en la sección de Roxbury de la ciudad. La película se titula "Sobre las huellas de Francisco y el sultán: un modelo para la pacificación". Francisco tenía una conciencia aguda acerca de la paternidad de Dios, tanto que veía a toda la creación como hermanos y hermanas: el hermano sol y la hermana luna. Francisco dice que su vocación y la de sus frailes es ser hermanos universales, luchando para superar las barreras y los conflictos. Así que cuando las fuerzas de la cristiandad tenían la intención de destruir la presencia musulmana en la tierra sagrada violentamente, Francisco de Asís tuvo un enfoque distinto. Quería tener una conversación con el sultán Malek Al Kamil, el sobrino del gran Saladim. Cuando Francisco llegó al recinto del sultán acompañado de un fraile, los soldados musulmanes les permitieron entrar porque parecía un pordiosero inofensivo, y claro los musulmanes tienen la obligación de dar limosna a los pordioseros.   

Finalmente, Francisco logró conocer al sultán y tuvo una larga y amigable conversación con él y sus acompañantes. De hecho, San Francisco  pasó varios días ahí, San Buenaventura describe el encuentro en su biografía de San Francisco. Cuando Francisco se fue, el sultán le dio un cuerno de marfil utilizado para llamar a los musulmanes a orar. Francisco lo llevó de vuelta a Asís y lo utilizó para llamar a los frailes a orar, todavía se puede ver en exhibición en Asís. Me atrevo a decir que si más cristianos hubieran tenido la actitud de San Francisco, no estaríamos enfrentándonos a la terrible violencia engendrada por los yihadistas radicales, en la actualidad.

Hace algunos años, una película producida en Francia, llamada "Des hommes et des Dieux"; "De Dioses y Hombres". La película relata la historia de nueve monjes trapistas en un monasterio en Algeria donde ofrecían cuidados médicos y otros servicios a la población local. Desarrollaron una relación muy cercana con sus vecinos musulmanes. Los monjes decidieron no huir ante el fundamentalismo invasor, al contrario se quedaron entre los musulmanes pobres que habían estado sirviendo. Los monjes fueron capturados y asesinados. La película concluye con el testimonio espiritual del abad en la forma de una carta que le escribió a su hermano en Francia. En la carta el Padre Chretien le dice a su hermano que está listo para morir, pero lo que más le preocupa es que muchas personas utilicen su muerte como una excusa para odiar a los musulmanes.

Al igual que este sagrado trapista y, efectivamente, al igual que San Francisco, no queremos que el sufrimiento de nuestros mártires cristianos sea una excusa, nuestro pretexto para odiar a los musulmanes. Debemos ver la muerte de nuestros mártires como una señal del amor y el testimonio de nuestra fe en la resurrección que en verdad puede ser la semilla de nuestra religión. Gandhi dijo una vez: "si nunca hubiera conocido un cristiano, me habría convertido en uno". Debemos mostrarle al mundo el rostro amoroso y misericordioso de Cristo viviendo vidas de discipulado que sean congruentes con el Evangelio y que contribuyan a la construcción de una civilización de amor.  

Siglos de incomprensión, intolerancia, persecución y odio han producido la horrenda situación a la que nos enfrentamos el día de hoy. Debemos trabajar diligentemente por un mundo donde el prejuicio y el odio se cambian por un espíritu de diálogo y solidaridad, donde cada persona se valora como un hijo de Dios.

Parte del discipulado fiel es estar enfocado en el sufrimiento de muchos perseguidos cristianos. Con demasiada frecuencia, somos como el sacerdote en el Levita en la parábola del Buen Samaritano que parece no darse cuenta del sufrimiento de su hermano. Todos estamos agradecidos con Caballeros de Colón por su continuo y generoso compromiso a ayudar a los hermanos y hermanas cristianos en sufrimiento cuyas vidas y comunidades son un desastre. El Evangelio actual nos recuerda que Cristo le promete felicidad a aquellos que son perseguidos. Nuestra reacción ante el martirio no puede ser de desesperación, sino de esperanza.

Las beatitudes en las enseñanzas del Sermón de la Montaña son los ideales que deben inspirarnos cada día. Las beatitudes de Jesús representan una inversión de valores, y de hecho, revoluciona los estándares de felicidad que se tienen en el mundo. Jesús nos reta, a nosotros sus discípulos, a ver la vida a través de los ojos de Dios. Las mismas beatitudes son un retrato de la misma vida de Cristo: Jesús como una persona pobre, dócil, misericordiosa, pacificadora, pura de corazón y perseguida. Jesús nos enseña que la felicidad no se alcanza con dinero, placer, ni poder. La verdadera felicidad viene con una vida de amor y sacrificio, la felicidad nace de regalarse ustedes mismos a Dios y a otros. Esto es precisamente lo que han hecho nuestros hermanos y hermanas martirizados. Entregaron sus vidas por amor a Dios y por amor a nosotros. Al igual que Jesús ha compartido con nosotros el amor más grande que solo es de aquellos que entregan su vida.

Que la valentía y la fidelidad de esta nube de testimonios nos ayude a ser católicos más fieles, a ser más auténticos, verdaderos discípulos misioneros cuyas vidas y valores presagien la alegría del Evangelio.