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Renovamos Nuestro Compromiso con el Sueño del Padre McGivney

El Caballero Supremo, Carl A. Anderson, entregó un discurso titulado “Renovamos Nuestro Compromiso con el Sueño del Padre McGivney” durante la celebración del 125 aniversario de la Orden, el 29 de marzo.


El Caballero Supremo, Carl A. Anderson, y su esposa Dorian asisten a la Misa del 125 aniversario que se celebro en la Iglesia St. Mary en New Haven.

En una ocasión como el aniversario 125, se acostumbra hacer un repaso de todos los grandes logros y las grandes personalidades que han llevado a nuestra Orden a una posición tan prominente. Esta noche, prefiero no mirar hacia atrás, sino hacia adelante, para centrarme en el gran desafío que confronta nuestra Iglesia hoy y considerar cómo debemos actuar.

A través de nuestra historia, hemos enfrentado muchos desafíos relacionados con la aceptación de nuestra religión. A pesar de todo, siempre se mantuvo una base sólida en cierto sentido. George Washington describió atinadamente el punto de vista de nuestros Padres Fundadores sobre la religión en la vida de los Estados Unidos cuando dijo: “Entre todas las disposiciones y hábitos que conducen a la prosperidad política, la religión y la moralidad son apoyos indispensables. En vano se arrogaría el tributo del patriotismo quien obrara para subvertir estos grandes pilares de la felicidad humana”.

Estoy seguro que los fundadores de los Caballeros de Colón hubieran estado de acuerdo con nuestro primer presidente.

Hoy, tristemente, Washington estaría lejos de recibir un respaldo unánime. Por el contrario, vemos un esfuerzo persistente por sacar la religión de la vida pública de nuestra nación, por crear, usando las palabras de un autor católico, una “plaza pública desnuda” en la que las palabras “bajo Dios” y “En Dios confiamos” sean borradas de nuestros símbolos nacionales.

Y a través del Atlántico, el parlamento europeo se niega a reconocer las raíces cristianas comunes de Europa en su constitución.

¿Cómo llegamos a esto?

Para encontrar una respuesta podríamos tomar en consideración la influencia de hombres que yo llamaría los padres de la sociedad secular moderna, hombres tales como Karl Marx, Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud y Jean-Paul Sartre.

Cuando Marx describió la religión como “el opio de los pueblos”, comenzó un ataque a la religión que finalmente condujo a la destrucción de miles de iglesias y al asesinato de millones de sacerdotes y otros creyentes en países como Polonia y Ucrania.

Y aunque los regímenes comunistas de toda Europa han caído, esta influencia aún es fuerte.

Nietzsche, Freud y Sartre escogieron palabras diferentes a las de Marx para expresar sus puntos de vista negativos sobre la religión, pero aun así estaban de acuerdo con él. Hoy quizás descartamos con facilidad la idea de Marx respecto a la religión en la sociedad, pero no debemos hacerlo porque mucha gente todavía la toma en cuenta. Aunque no es de esperar que estas personas citen las palabras de Marx: la religión es el “opio de los pueblos”, sí ven la religión como una droga peligrosa y destructiva.

El Arzobispo Henry Mansell celebra la Misa del 125 aniversario en la Iglesia St. Mary acompañado por el Capellán Supremo, Obispo William Lori de Bridgeport, y el Obispo Thomas Daily, Capellán Supremo Emérito y el Obispo Emerito de Brooklyn.

Y podrían pensar: “¿Qué tipo de sociedad basa sus instituciones fundamentales en la adicción a las drogas o concede un lugar privilegiado a quienes promueven esa adicción?” La respuesta es, por supuesto, que ninguna sociedad en su sano juicio toleraría este comportamiento o le concedería un lugar privilegiado o lo reconocería como moralmente apropiado.

Cuando miramos la situación de esta forma, vemos por qué algunas élites insisten en una “plaza pública desnuda”, o por qué no aceptan los derechos de conciencia para los hospitales, escuelas y obras de caridad de ideología católica.

Podríamos mencionar un desarrollo adicional en este sentido. Se trata de la influencia ampliamente difundida de la filosofía del existencialismo la idea de que la existencia precede a la esencia.

Podríamos preguntarnos ¿qué importancia tiene en la práctica? Hay que tomar en consideración el fallo del Tribunal Supremo de los Estados Unidos en Roe v. Wade, en el sentido de que un niño no nacido no es nada más que una “vida humana en potencia”. ¿No es esto acaso la expresión judicial de la idea básica del existencialismo de que un ser puede existir antes de que tenga una naturaleza real?

En otras palabras, un embrión humano se puede tratar como si aún no fuera verdaderamente humano. Si es posible decir que los seres humanos pueden comenzar la vida sin ser aún verdaderamente humanos a fin de justificar el aborto, el mismo razonamiento se puede usar para decir que los seres humanos pueden acercarse al fin de la vida sin ser verdaderamente seres humanos, con el final de justificar la eutanasia.

Todos estos pensadores modernos han tenido influencia sobre el desarrollo de nuestras leyes en una forma quizás aun más importante.

El Arzobispo Henry Mansell habla durante la Misa del 125 aniversario en la Iglesia St. Mary.

No hay lugar en el existencialismo para la idea de la ley natural. Ni tampoco hay lugar para la ley natural en la forma como Marx entiende la dialéctica, ni en la forma en que Nietzsche busca una moralidad “más allá del bien y del mal” o en la teoría de Freud sobre la interpretación de los sueños.

En efecto, la ley natural es imposible dentro de estas formas modernas de pensamiento. Cuando el sentido de la ley natural desaparece, las leyes que respaldan la forma en que el cristianismo comprende el matrimonio, la familia y hasta la misma vida se vuelven más difíciles de defender en nuestros tribunales y en nuestras legislaturas.

Pero en cierto sentido es aun peor que eso.

En la sociedad actual, la ley natural ya no es considerada como esa guía especial escrita en el corazón de cada persona. Por el contrario, se le considera como una cosa enteramente contraria a las personas y su libertad. Se le considera como algo fabricado, algo artificial y abstracto.

Hoy, son muchos los que consideran que los católicos llegan a los debates culturales de la actualidad con una libro de reglas obsoleto llamado “ley natural” — un libro de reglas que, según nuestros críticos, impone restricciones irracionales a la libertad personal y limita la “búsqueda de la felicidad”.

El teólogo católico Henri de Lubac resumió la situación al escribir que este punto de vista secular mundial “está basado en el resentimiento y comienza con una elección” (The Drama of Atheist Humanism) [El drama del humanismo ateo]. Nietzsche expresó esta “elección” con mayor precisión cuando escribió: “es nuestra preferencia lo que decide en contra del cristianismo – no son los argumentos”.

Los padres fundadores de la sociedad secular moderna — Marx, Nietzsche, Freud y Sartre — son radicalmente diferentes de los Padres Fundadores de la Constitución de los Estados Unidos. Al contrario de Madison, Jefferson y Washington, no tienen interés alguno por encontrar una base común con la tradición cristiana ni valoran la religión o la moralidad religiosa. Por el contrario, buscan edificar una sociedad totalmente desprovista de principios o moral cristianos.

Ya han tenido gran éxito en la forma en que la sociedad trata el matrimonio, el divorcio, el aborto y la eutanasia. Ya los escritores hablan de una “cultura del aborto” y de una “cultura del divorcio”. Y no pasará mucho tiempo antes de que los sociólogos sugieran otros tipos de transformaciones sociales.

Estoy seguro que habrán notado que Marx, Nietzsche, Freud y Sartre son todos europeos y su influencia en Europa ha sido enorme, por decir lo menos. Europa ya ha experimentado grandes transformaciones sociales y una consecuencia ha sido una marginalización creciente del cristianismo. La asistencia a la Misa dominical en algunos países europeos está ahora en niveles tan bajos que se están cediendo iglesias católicas para usarse como mezquitas.

¿Le tocará luego a América? ¿Es acaso el pasado reciente en Europa un reflejo de lo que habrá de venir en Norteamérica y más allá de ella?

Hace más de 70 años, mientras se formaban las nubes de tormenta de la Segunda Guerra Mundial en Europa, el gran filósofo católico francés Jacques Maritain expresó que en la raíz de esta crisis “hay un profundo resentimiento en contra del mundo cristiano — y no sólo contra el mundo cristiano sino (también) en contra del cristianismo mismo”. Maritain subrayó que este resentimiento estaba dirigido en contra de los cristianos “que no han podido llevar a efecto la verdad de la que son portadores” (Integral Humanism) [Humanismo integral].

El Caballero Supremo, Carl A. Anderson entrega su discurso durante el banquete en celebración del 125 aniversario de los Caballeros de Colón en honor de todos los párrocos de Connecticut.

Poco después de que escribió estas palabras, Europa, y pronto todo el mundo, se enfrascó en una guerra global originada por regímenes que personificaban ese profundo resentimiento en contra del cristianismo. Hoy, más de 50 años más tarde, la amenaza contra el cristianismo aún proviene de aquellos que se resienten con él. La amenaza de un secularismo enérgico es menos violenta, pero potencialmente igual de letal. El análisis de Maritain sobre la amenaza de la década del 1930 sugiere la única respuesta adecuada a nuestra situación actual: Tiene que haber un testimonio vivo más fuerte y más visible por parte de los católicos que haga presente la realidad viva de Jesucristo a un mundo escéptico y cínico.

En este aniversario 125 de los Caballeros de Colón, como católicos tenemos que tomar la resolución de cambiar el curso de los acontecimientos.

Tenemos que comenzar con la renovación espiritual de la vida católica y una nueva dedicación a nuestra misión de caridad como católicos. Esta renovación tiene que llevarse a cabo precisamente donde vive la gente, dentro de nuestras familias y, en particular, dentro de nuestras parroquias. Tal como hemos hecho desde nuestra fundación, tenemos que esforzarnos por lograr esta renovación en estrecha cooperación con nuestros sacerdotes parroquiales.

El pasado agosto, el Papa Benedicto XVI condujo una breve sesión de preguntas y respuestas con sacerdotes parroquiales de la diócesis donde está localizada la residencia veraniega del Papa, Castelgandolfo. Dijo: “El párroco no puede hacerlo todo. ¡Es imposible! No puede ser un ‘solista’; no puede hacerlo todo; necesita la ayuda de otros agentes pastorales”.

En esos comentarios, el Papa reformulaba una verdad que nuestro fundador conoció y comprendió muy bien. Es una verdad que encauzó la ruta que siguió al organizar los Caballeros de Colón.

El Padre Michael J. McGivney pudo haberse convertido en la cabeza de los Caballeros tras su fundación. Él sentía fuertemente que sus responsabilidades pastorales iban primero. Creía que los Caballeros harían su aportación mayor a la vitalidad de la parroquia como organización dirigida por laicos. En efecto, él tenía una visión del papel de los laicos que estaba muy adelantada a su tiempo. Era una visión que vería su expresión definitiva en el Concilio Vaticano II, en su constitución pastoral Gaudium et Spes.

Durante mucho tiempo he considerado como providencial el que el Padre McGivney fundara nuestra gran Orden en 1882 — el año que el filósofo alemán Nietzsche escribió que “Dios ha muerto”. El Padre McGivney nunca habría escrito un libro en respuesta al argumento de Nietzsche; más bien, él escribió su respuesta en los corazones vivos de los hombres.

Estos hombres a quienes llaman “Caballeros” – los caballeros del Padre McGivney — no permanecieron en torres de marfil para debatir con filósofos. Por el contrario, se fueron al terreno de juego. Durante 125 años, hemos vivido su respuesta como Caballeros de Colón proveyendo un testimonio vivo a la realidad del Evangelio de vida mediante nuestras obras de caridad, unidad y fraternidad.

Debido a nuestra devoción hacia el joven sacerdote parroquial cuya visión y fortaleza han hecho posible estos 125 años, en años recientes nos hemos esforzado aun más por establecer consejos con base en las parroquias y promover mayor solidaridad con nuestros sacerdotes.

Nos sentimos orgullosos de que por tantas razones hemos merecido el título del “brazo derecho fuerte de la Iglesia”. En este sentido, con frecuencia mencionamos el servicio a nuestro Santo Padre y a nuestros obispos. Nuestras aportaciones mayores, sin embargo, siempre serán en el ámbito parroquial. Es ahí donde tenemos que dejar nuestra marca como el brazo derecho fuerte de la iglesia local y brazo derecho fuerte de nuestro sacerdote parroquial.

Hay miles de sacerdotes parroquiales que están activos como miembros de los Caballeros de Colón, y hay miles de consejos ya activos en las parroquias locales. Tenemos una posición providencial para ayudar a encabezar la renovación de la vida parroquial en cada país donde estamos activos.

El Caballero Supremo entrega sus comentarios en apertura del banquete del 125 aniversario.

Cada parroquia se puede beneficiar de nuestras obras de caridad, de nuestros programas de devoción mariana y eucarística, y de nuestros esfuerzos por promover la vida familiar y las vocaciones sacerdotales.

Cada parroquia se puede beneficiar de nuestros programas y debe hacerlo. Este año, en honor al sacerdote parroquial que fue nuestro fundador, Caballeros de Colón se compromete a dedicar nuevos esfuerzos para aumentar la vitalidad y espiritualidad que ayudará a nuestras parroquias a estar a la cabeza de una Iglesia Católica renovada y enérgica. Presentaremos un panorama más detallado sobre cómo lograremos esta meta importante a medida que nos adentremos en el año de aniversario.

Comenzando hoy, en este aniversario 125 de los Caballeros de Colón, volvamos todos a dedicarnos al sueño del Padre McGivney: Cada parroquia debe tener una presencia activa de los Caballeros de Colón, y cada sacerdote parroquial debe ver en los Caballeros de Colón su brazo derecho fuerte para dirigir una renovación de la vida parroquial.

Hoy expresamos nuestro agradecimiento a un sacerdote parroquial especial, el Siervo de Dios Padre Michael J. McGivney, a quien debemos tanto.

Hoy expresamos nuestro agradecimiento a los miles de sacerdotes de toda América, Europa y Asia, quienes, como Caballeros de Colón leales, han realizado tanto para ayudar a nuestra Orden a crecer y prosperar.

Hoy expresamos nuestro agradecimiento a cada sacerdote parroquial. Nuestra gratitud viene acompañada de una promesa y un compromiso de una nueva solidaridad en la labor de renovación para nuestras parroquias, a fin de que el mundo llegue a conocer su más preciada realidad: ¡Vivat Jesus!