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Parte V: lo bastante fuertes para asumir una posición
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| Los Caballeros en el encuentro nacional de 1901 en el norte de Nueva York. Mons. Patrick J. McGivney, hermano del fundador, aparece sentado en primera fila, en el centro. Fue Capellán Supremo de 1901 a 1928. |
Algunos de los obispos de mente más tradicional inicialmente se habían mostrado escépticos sobre la Orden, creyendo que se acercaba demasiado a América, y demasiado poco a Roma. Para 1905, con consejos en cada estado (así como en la mayor parte del Canadá, México y las Filipinas), la mayor parte de la oposición clerical se había desvanecido. Los Caballeros tomaron parte en los grandes debates progresistas de la época, en favor de las reformas gubernamentales que estaban a tono con las enseñanzas sociales católicas. Y en junio de 1912, 20,000 Caballeros llegaron a Washington a escenificar su mayor triunfo público hasta la fecha, la dedicación de un potente símbolo de su propio progreso y el de su religión: el Monumento a Colón cerca del Capitolio. Estaba presente la plana mayor del gobierno: el Presidente Taft, los jueces del Tribunal Supremo, el Congreso. El desfile de los Caballeros, declaró el Caballero Supremo James A. Flaherty, representó “la flor y la hidalguía del hombre católico”, un espectáculo que “emocionaría y alegraría el corazón de cualquier hombre cristiano”.
Pero no así los corazones de sus enemigos, cuyo número crecía nuevamente al intensificarse el anticatolicismo en los años previos a la Primera Guerra Mundial, como reacción a la gran oleada de inmimigrantes. Los Caballeros respondieron con conferencistas que recorrían el país, demandas por difamación, incluso con una Comisión sobre Prejuicios Raciales. En uno de los casos ante un tribunal, un juez hizo referencia a las conclusiones de un panel de masones, que, investigando a los Caballeros, había declarado que la organización “enseña un elevado y noble patriotismo, infunde amor por el país, inculca reverencia por la ley y el orden”.
Cuando Estados Unidos entró a la guerra en 1917, la Orden también entró, con el mismo fervor patriótico de aquellos Caballeros Rojos de New Haven. Para cuando finalizó, el emblema de los Caballeros de Colón que veían en la manga del personal uniformado de kaki de los centros recreativos de la Orden, clubes y cabañas de bienvenida, había pasado a ser un cariñoso apodo por las siglas en inglés: Casey (KC). “Todos Bienvenidos, Todo Gratis” fue el lema del esfuerzo de guerra de los Caballeros, y le ganó tanta simpatía que hubo una verdadera oleada de nuevos miembros en los consejos locales, más de 400,000 para 1923. “Dios nos ha guiado de tal forma que hoy somos más fuertes que nunca y con un poder cada vez mayor”, escribió el Caballero Supremo Flaherty, “reconocidos en todo el mundo como una fuerza a favor del bien”.
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| El Papa Benedicto XV ofreció una Misa en los jardines del Vaticano para una delegación de Caballeros que visitaba Europa en 1920. Los Caballeros fueron honrados en Francia e Italia por la ayuda de la Orden a los soldados durante la Primera Guerra Mundial. |
La Orden publicó la obra de W.E.B. DuBois, el intelectual negro más prominente de América, como parte de su serie Racial Contribution (Aportación Racial), que fue diseñada para corregir lo que llamó “la teoría de que la mayoría de la nación se compone de personas sin oficio fijo que no son, y nunca serán, fieles a los Estados Unidos”. Instó al gobierno americano a asumir una posición más enérgica contra el régimen mexicano que cometía severos abusos contra los católicos. Con éxito luchó contra cada intento del movimiento “compulsory education”, el cual, a través de una serie de iniciativas de ley y juicios, quería obligar a que todos los niños asistieran a escuelas públicas, lo que Flaherty describió como “un movimiento nacional para abolir las escuelas parroquiales”.
Y festejó como su miembro más famoso, al pelotero Babe Ruth, quien se unió al Consejo Pere Marquette #271 en el Sur del Bronx mientras aún jugaba para los Medias Rojas. En una tarde de verano de 1920, antes del primer lanzamiento en un partido entre los Yankees de Nueva York y los Tigres de Detroit, un grupo de Caballeros se congregó en la primera base del estadio de Polo Grounds para obsequiarle una leontina con incrustaciones de diamante en forma del emblema de los Caballeros de Colón. Bateó su cuadrangular número 25 de la temporada en la quinta entrada, a la parte superior de las gradas del bosque derecho, uno de los 54 jonrones que batearía ese año, rompiendo cualquier predicción. Y entonces Al Smith perdió, y los Caballeros se dieron cuenta de que aún les quedaba mucho por hacer.
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