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Parte VI: nuevos horizontes
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| El Papa Juan Pablo II saluda a los funcionarios y directores de la Orden durante una audiencia privada concedida a los Caballeros en octubre de 1993. |
En 1960, los demócratas nominaron a otro católico como su candidato a la presidencia: John F. Kennedy, miembro del Consejo Bunker Hill #62 y Caballero del Cuarto Grado. Para entonces, Hart era el Caballero Supremo de una organización que había crecido tanto en importancia e influencia que su 75 aniversario en 1957 fue conmemorado con un artículo que apareció en la portada de la revista Life. Hart estaba convencido de que la elección de Kennedy “ayudaría a eliminar el fanatismo en este país más que cualquier otro acontecimiento en la historia”.
El anticatolicismo tenía un rostro diferente al que mostró durante la campaña de Al Smith, pero Kennedy vivió un momento similar al de Oklahoma City. Ocurrió en Houston, durante un discurso ante un grupo de ministros protestantes. “Yo no soy el candidato católico a la presidencia”, les dijo. “Soy el candidato del Partido Demócrata a la presidencia que resulta ser católico. Yo no hablo en nombre de mi iglesia, ni la Iglesia habla en nombre mío”, dijo.
Criticó enérgicamente, al igual que lo hizo Smith, el prejuicio religioso, delineó su creencia en una América “que no sea oficialmente ni católica, protestante ni judía... y donde la libertad religiosa sea tan indivisible que un acto contra una iglesia sea considerado como un acto en contra de todas”.
Pero Kennedy sí ganó, y cuando Luke Hart visitó la Casa Blanca, el Presidente lo saludó diciéndole: “Hola, Jefe”. Este momento mostró sencillamente cuánto habían contribuido los Caballeros a redefinir los horizontes de lo que significa ser a la vez un católico y un americano verdadero, puro y genuino.
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