Cuando Estados Unidos entró a la Primera Guerra Mundial en 1917, el Caballero Supremo Flaherty escribió al Presidente Woodrow Wilson diciéndole que la Orden tenía planes de establecer centros para proveer “apoyo recreativo y espiritual” a los soldados. Los servicios de los Caballeros, expresó, se ofrecerían “sin tomar en cuenta creencias religiosas”.