Padre Michael J. McGivney le dio a la Iglesia un nuevo modelo de liderazgo para los laicos católicos.
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por Carl A. Anderson, Caballero Supremo
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Carl A. Anderson
En su obra maestra espiritual, The Diary of a Country Priest [El Diario de un Sacerdote del Campo], Georges Bernanos hace que el joven sacerdote rural, el personaje central de la novela, escriba lo siguiente sobre su nueva parroquia:
“¡Mi parroquia! Las palabras ni siquiera se pueden hablar sin una especie de amor que va en ascenso. Sé que mi parroquia es una realidad, que pertenecemos el uno al otro por toda la eternidad; no es una mera ficción administrativa, sino una célula viva de la Iglesia eterna. Pero si solo el buen Dios abriera mis ojos y abriera mis oídos, para que yo pudiera contemplar el rostro de mi parroquia y escuchar su voz”.
De la representación que hace Bernanos del sacerdote rurale es claro que su devoción a la parroquia surge del carácter sacramental de su ministerio sacerdotal hacia el poblado francés. No hay nada particularmente diferente respecto a esta parroquia. En efecto, dice: “La mía es una parroquia como las demás”. Aun así, pasa sus días con el drama diario de su ministerio: preparando niños para la Primera Comunión, celebrando Misa y llevando reconciliación a familias. Este sacerdote se dedica enteramente a su parroquia.
Podríamos decir que al final de cuentas llega a ver el “rostro” de su parroquia mediante su vida sacramental.
Mientras leía la novela de Bernanos, me acordaba de la reciente biografía de Padre Michael McGivney, Sacerdote Parroquial. Él también se dedicó resuelta y totalmente a su parroquia y a la vida sacramental de ella. Y al igual que el sacerdote francés en la historia de Bernanos, él también murió de una enfermedad incurable a temprana edad.
El sacerdote francés tiene el sueño de llegar a la juventud de su parroquia iniciando un nuevo programa deportivo. Pero para hacerlo, tiene que solicitar una donación del gran terrateniente quien, en efecto, controla el pueblo. Luego de reflexionar por algún tiempo sobre la solicitud del sacerdote, el terrateniente responde que a pesar de que la propuesta es buena, es demasiada ambiciosa y debería posponerse. El joven sacerdote fallece antes de ver su sueño convertido en realidad.
Nuevamente, no puedo evitar sino pensar en el Padre McGivney y su dedicación a la juventud de su parroquia. Pero contrario al sacerdote de la ruralía de Bernanos, quien estaba sujeto a las reservas sociales y privilegios de clase del Viejo Mundo, Padre McGivney organizó una nueva asociación para actuar en el Nuevo Mundo. Él sabía que en la nueva sociedad que estaba surgiendo, la Iglesia Católica no podía sobrevivir de la generosidad de las élites sociales, económicas o culturales.
Padre McGivney le dio a la Iglesia, en la nueva sociedad democrática que estaba surgiendo en América del Norte, un nuevo modelo de liderazgo para los laicos católicos — una acción que beneficiaría en numerosas formas a miles de comunidades parroquiales.
Sabía que en una sociedad democrática los hombres en cada parroquia tendrían que levantarse y estar junto con sus sacerdotes si era que la “buena nueva” del Evangelio iba a tocar las vidas de sus familias y vecindarios.
La visión de Padre McGivney es tan relevante hoy como en cualquier otra época. Y así también son los hombres que la comparten.
¡Vivat Jesus!
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