La Respuesta Católica

Impresor Favorable Impresor Favorable
6/1/2009
Ahora que el secularismo moderno lleva a la autodestrucción, los católicos deben luchar por construir una nueva cultura de la vida.

Carl A. Anderson

Hace más de 50 años, cuando daba clases en la Universidad de Harvard, Christopher Dawson observó “La naturaleza humana siempre conserva su carácter espiritual... Si llegara a perderlo, se perdería a sí misma y se convertiría en sierva de los poderes más bajos, de manera que una civilización secular... inevitablemente lleva al nihilismo y la autodestrucción.” Continuaba “Si observamos al mundo actual aislado del pasado y el futuro, parecen triunfar las fuerzas del secularismo. Sin embargo, no es más que un momento en la vida de la humanidad, y no posee la promesa de estabilidad y permanencia” (Dawson, The Formation of Christendom, 37).

Estas palabras fueron escritas en el momento más álgido de la Guerra Fría, cuando las fuerzas del ateismo militante parecían llevar las de ganar en varios aspectos. Vale la pena recordarlas ahora, cuando parece que entramos en un nuevo periodo de secularismo.

En una historia que anunció en su portada misma y que llamó “The End of Christian America” (El fin de la Norteamérica Cristiana), la revista Newsweek del 13 de abril daba mucha importancia a una encuesta reciente que descubrió que el porcentaje de los que se autodenominaban cristianos había bajado 10 puntos en las dos últimas décadas. También valía la pena hacer notar, según esta revista, que “menos personas piensan actualmente en Estados Unidos como una ‘Nación Cristiana’ que cuando George W. Bush era presidente (62% en 2009 contra 69% en 2008).”

El artículo del Newsweek se centraba particularmente en las preocupaciones de los cristianos evangélicos, los cuales, decía, “durante mucho tiempo han creído que Estados Unidos debería ser una nación cuya vida política esté fundada y gobernada por su interpretación de los principios bíblicos y teológicos.” Y la revista citaba a varios líderes evangélicos que hablan ahora de una Norteamérica post-cristiana. Decir que los católicos nunca en la historia se han sentido muy cómodos con la idea evangélica de una Norteamérica Cristiana sería poco.

Pero si Dawson tiene razón cuando dice que el secularismo no puede proporcionar un fundamento estable para la sociedad, y que la sociedad norteamericana parece estar rechazando el protestantismo como su fundamento, ¿qué debemos hacer?

¿Son acaso el secularismo y el cristianismo evangélico las únicas alternativas para el futuro? ¿Pueden los católicos contribuir de manera especial al bien común?

Para mí, las palabras que escribió el Papa Juan Pablo II en su encíclica sobre la vida, Evangelium Vitae, siguen siendo tan pertinentes hoy como cuando apareció en 1995: “A todos los miembros de la Iglesia, pueblo de la vida y para la vida, dirijo mi más apremiante invitación para que, juntos, podamos ofrecer a este mundo nuestro nuevos signos de esperanza, trabajando para que aumenten la justicia y la solidaridad y se afiance una nueva cultura de la vida humana, para la edificación de una auténtica civilización de la verdad y del amor.”

Los católicos son llamados a trabajar sin tregua para edificar la sociedad, para dar nueva esperanza y establecer una nueva cultura de la vida. Juan Pablo II sabía que la clave para esto era que los católicos adquirieran una sólida identidad y aceptaran “la responsabilidad ineludible de elegir incondicionalmente en favor de la vida.” (28)

La situación actual proporciona a los católicos una oportunidad sin precedentes de ayudar a conformar el futuro de nuestro país. John Adams dijo alguna vez que la constitución de Estados Unidos “fue creada solo para un pueblo moral y religioso. Es totalmente inapropiada para el gobierno de cualquier otro.” Si esto sigue siendo cierto, entonces debemos preguntar “¿En qué forma pueden los católicos contribuir a la creación de ‘un pueblo moral y religioso’?”

Esta respuesta, nos recordaba Juan Pablo II, comienza con la respuesta a la pregunta que resuena desde los inicios de la sociedad humana: “¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?” (Gen 4, 9).

El futuro de la sociedad depende de cómo vamos a responder a esta pregunta primordial. Yo creo que no hay hombres mejor preparados para hacerlo que los que viven según los principios de caridad, unidad y fraternidad, quienes por sus obras dan testimonio de la verdad que expresa Evangelium Vitae: “Sí, cada hombre es « guarda de su hermano », porque Dios confía el hombre al hombre.” (19)

¡Vivat Jesus!