 Carl A. Anderson
La encíclica reciente del Papa Benedicto XVI, Caritas in Veritate (La Caridad en la Verdad), debe servir como recordatorio de la importancia del primer principio de nuestra Orden.
En su introducción a la encíclica, el Papa escribe La caridad es la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia. Luego especifica que la nuestra debe ser una verdadera caridad. Sin verdad, dice, la caridad cae en mero sentimentalismo. Por otro lado, vivir la caridad en la verdad lleva a comprender que la adhesión a los valores del cristianismo no es sólo un elemento útil, sino indispensable para la construcción de una buena sociedad y un verdadero desarrollo humano integral.
Podríamos ver a la luz de esto la Oración del Señor, que pronunciamos con frecuencia. El Papa Benedicto XVI cita las dos primeras palabras Padre Nuestro al final de su encíclica. Si las tomamos en serio, entonces debemos darnos cuenta de que todos nosotros somos miembros de una misma familia.
Desde esta perspectiva, nos resulta más fácil ver cómo pueden resumirse la ley y los profetas en los dos grandes mandamientos de Cristo: amar a Dios de manera total y al prójimo como a sí mismo (ver Mt. 22, 37-40). Así podemos hablar de caritas in veritate.
Cuando comprendemos que todos somos miembros de la misma familia humana y aceptamos estos dos mandamientos, entonces ya no podemos preguntar como Caín ¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano? (Gen 4, 9). Por el contrario, debemos darnos cuenta de que nuestra libertad no puede ser simplemente la de amasar tanta riqueza como podamos. Más bien, nuestras acciones deben reflejar la realidad de nuestra relación familiar con nuestro prójimo, y debemos evaluar la forma en que todo lo que hacemos afecta a otros. De hecho, ser cristiano significa ser un hombre o una mujer para otros.
Éste es el hermoso mensaje de la encíclica.
Por desgracia, no todos se centrarán en este mensaje. Algunos tratarán de ver la encíclica como un documento político, como un respaldo de sus preferencias o de su filosofía en materia de política. Pero se perderán lo importante. Como lo afirma el propio documento,
La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer y no pretende de ninguna manera mezclarse en la política de los Estados. No obstante, tiene una misión de verdad que cumplir (9).
La cuestión no es si esta encíclica valida nuestro punto de vista, sino cómo puede ayudarnos a crecer en nuestra fe como hijos de Dios y miembros de la familia humana. Todos los seres humanos, incluyendo los nonatos, forman parte de esta familia. El Papa lo expresó muy claramente en su encíclica: La apertura a la vida está en el centro del verdadero desarrollo. Cuando una sociedad se encamina hacia la negación y la supresión de la vida, acaba por no encontrar la motivación y la energía necesaria para esforzarse en el servicio del verdadero bien del hombre. Si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social (28, énfasis del original).
Además, el Santo Padre señaló que la libertad religiosa es también un componente clave para el desarrollo. Escribió La religión cristiana y las otras religiones pueden contribuir al desarrollo solamente si Dios tiene un lugar en la esfera pública, con específica referencia a la dimensión cultural, social, económica y, en particular, política. (56, énfasis del original)
En este número de Columbia, exploramos la aportación de la Iglesia en las áreas de la salud, el servicio social, la educación y la libertad religiosa. El éxito de cada una de estas empresas ha sido resultado del compromiso de personas católicas con la caridad en la verdad.
Honremos su legado, así como el llamado del Papa, renovando nuestro compromiso también con la verdadera caridad.
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