La Iglesia de Santa María en New Haven, cerca de la época en que Padre McGivney sirvió allí.
No era que el estado de Connecticut tuviera nada en contra de los católicos a principios de los 1800 pero no se les permitía adquirir terrenos. Si se presionaba al respecto, entonces a lo mejor se concedía una dispensa especial, pero esto sólo a través de la acción de la legislatura. Mientras tanto, se esperaba que los católicos se unieran a la mayoría del resto de la población para pagar un impuesto como apoyo a la Iglesia Congregacional, la religión oficial del estado en ese entonces. Los episcopales, bautistas y cuáqueros estaban exentos, pero no así los católicos. No era de sorprender que Connecticut, con casi 300,000 residentes, contaba su población católica en docenas. Sin embargo, nada de eso impidió que Michael y Bridget Downes se mudaran allí.
Su patria anterior era mucho peor para los católicos, y un poquito mejor para los protestantes. Irlanda a principios del siglo 19 era una tierra de pobreza forzada, donde pocos agricultores eran propietarios de su propio terreno y los terratenientes, la mayoría de ellos viviendo en Inglaterra o en el continente europeo, sustraían toda esperanza de mejoramiento imponiéndoles rentas irrazonablemente altas. El Times de Londres, un periódico conservador que tradicionalmente concedía poca simpatía hacia los irlandeses, envió un corresponsal al Condado Donegal y recibió una descripción de un paisaje rural típico: Desde un extremo de la propiedad [del terrateniente] aquí hasta el otro extremo no se encuentra nada sino pobreza, miseria, horribles cultivos y una subdivisión infinita de la tierra. No hay alta burguesía, ni clase media, todos son pobres, horriblemente pobres. Cada chelín que los arrendatarios logran levantar de su tierra a medio cultivar se paga en renta, mientras que la gente subsiste mayormente de papas y agua. Aun antes del parásito de la papa en 1845 que condujo a la Gran Hambruna, irlandeses alertas estaban confrontando esos hechos y la triste imposibilidad de ser irlandeses. La convicción de que el país no tenía futuro existía ya en 1815, escribió William Forbes Adams en su clásica historia Irlanda y la Emigración Irlandesa al Nuevo Mundo. La familia Downes escapó temprano, viajando con su pequeño hijo en 1827. Su destino específico fue el estado de Connecticut, donde varios de sus antiguos vecinos ya se habían establecido.
Durante más de una docena de años, Michael Downes, conocido como Mikey, trabajó como obrero común, encontrando trabajo probablemente en la construcción de canales o ferrocarriles, tal como lo hacía la mayoría de sus compatriotas. En 1832, él y Bridget se mudaron a New Haven. Sin que fuera coincidencia, la primera congregación católica romana de la ciudad fue establecida allí ese mismo año, sirviendo a alrededor de 300 personas. Era de esperarse que la devota familia Downes se estableciera dentro del ámbito de una parroquia, una vez que se presentó esa opción.
En otro sentido, también, New Haven era territorio fértil para personas como los Downes. Mikey y Bridget estaban dedicados a la lectura y la educación. New Haven, un pueblo manufacturero y puerto activo, estaba influenciado más que nada por la Universidad de Yale. Fundada en 1701 como una institución puritana más bien rígida, Yale se liberalizaría considerablemente en el siglo 19, combinando estándares académicos altos con un espíritu de rebelión. El recinto ocupaba todo un lado del Green, un área llana, cubierta de cesped que formaba el centro de la vida de New Haven. Yale, que se yergue alta, como una ciudadela de piedra, no le dio importancia a la más reciente familia de inmigrantes irlandeses. Los Downes eran sólo una pareja trabajadora de clase obrera con tres pequeños hijos a cuesta, William, Edward y John, que caminaban a lo largo del área Green y miraban a la gran universidad.
Mikey Downes comenzó a trabajar en New Haven como vendedor de periódicos, vendiendo un periódico de New Haven u otro por las calles. El trabajo le sentaba bien y poco tiempo después se con virtió un distribuidor de periódicos a tiempo completo se dice que el primero de la ciudad almacenando una gama de periódicos de New Haven y de Nueva York en un puesto de una esquina. En ese entonces, para él esto constituyó un logro mayor pero no había terminado todavía. Como la mayoría de sus compatriotas, desencantados con la agricultura como la habían conocido en Irlanda, consideraba el mantener un negocio como el que tenía una oportunidad verdaderamente ilimitada.
Sólo alrededor del 1 por ciento de la primera generación de inmigrantes irlandeses logró el sueño de abrir un negocio; Downes se unió a ese grupo a principios de los 1840, cuando alquiló un espacio en la bien cotizada esquina de las calles Church y Chapel, en el Green mirando diagonalmente hacia Yale al cruzar la calle. Los clientes podían comprar periódicos o, por dos centavos, ir al cuarto interior y leer cuantos periódicos de Nueva York quisieran. Las discusiones políticas con el propietario no costaban nada.
Mikey y Bridget también eran propietarios aunque para la fecha en que compraron una casa de madera en 1843 la legislatura estatal no tenía que saberlo. La ley que requería una dispensa especial para los católicos que querían comprar terreno había sido abolida 10 años antes. Los días de antagonismo oficial hacia los católicos habían terminado. Sin embargo, los días de fervor anticatólico no oficial estaba llegando a nuevos puntos culminantes. Para combatir la imagen de católicos inmigrantes, especialmente irlandeses, como desleales y holgazanes, la familia Downes se propuso mostrar que ellos pertenecían en América.
En 1845, mientras la tienda hacía famoso el nombre de Downes en New Haven, Mikey murió de repente. Su segundo hijo, Edward, de sólo 16 años, se hizo cargo de la familia. Con su ayuda, y el estímulo de Bridget, el más pequeño de los tres hijos Downes, John, se graduó de la Escuela de Medicina de Yale en 1854. De inmediato se hizo popular en su práctica, pero falleció de tuberculosis a la edad de sólo 26 años. El hijo mayor, William, posteriormente se graduó de la Escuela de Derecho de Yale. Extremadamente exitoso por derecho propio, fue señalado como el único abogado católico de New Haven hasta su temprano fallecimiento, también debido a la tuberculosis.
A través de los años, la tienda fue quedando completamente en las manos de Edward, quien continuamente expandía su pequeño imperio hasta que, a finales de los 1860, se llamó Edward Downes, Propietario y Distribuidor de Periódicos, al por Mayor y al Detalle. Vendía todo lo que fueran artículos de papel, desde suministros de arte hasta revistas de muñequitos, y era propietario de uno de los negocios más prósperos de New Haven. Edward Downes también presidía una familia que eventualmente incluiría seis hijos de su primera esposa, dos de su segunda, y seis más de su tercera esposa, Catherine. Los domingos en la mañana en los años antes de que naciera su hijo más pequeño, se podía observar a catorce de los 15 miembros de la familia Downes ir a la Iglesia de Santa María en la Avenida Hillhouse. La decimoquinta, Josephine, ya estaba allí; ella era la organista de la iglesia.
Como cualquier iglesia católica, Santa María atraía todo tipo de personas, pero en New Haven, había como que acaparado el grupo energético y ambicioso. En parte, eso podía haber sido resultado de su ubicación: con una estructura imponente de piedra, casi como una catedral no oficial para la ciudad, y estaba ubicada en la Avenida Hillhouse, la calle de mayor prestigio en New Haven. Con todo el trabajo de piedra e indicios de arquitectura gótica inglesa, era la iglesia católica más nueva en el pueblo, dedicada en 1874. Para entonces, New Haven contaba con cinco parroquias, pero ninguna se comparaba con Santa María. El edificio en sí satisfacía algo profundo dentro de los líderes católicos locales como Edward Downes, pero para la generación de sus hijos, había un brillo aun más atractivo. Ellos sabían que adentro había un amigo, que es la calidad que hace que una iglesia esté llena de vida.
En Padre Michael McGivney, los feligreses juveniles de la Santa María veían a un sacerdote que podía ser uno de ellos, no meramente porque le gustaba reírse con gusto con ellos y disfrutaba de una buena jugada en el béisbol, sino porque sabía lo que significaba ser de la primera generación o de la segunda generación. Sabía lo que significaba buscar y encontrar un lugar tanto como un americano como un católico romano. Todos sus feligreses estaban tratando de hacer eso mismo, de una forma u otra. Algunos, como Josephine Downes, lo seguirían eventualmente a una vida en la Iglesia. Otros querían seguir progresando en medio del paso acelerado de la vida en América sin dejar a un lado la relevancia de la religión en su vida. En cualquiera de esos casos, la creencia fuerte del Padre McGivney se encontraba en la fortaleza de la familia. Le fascinaba el poder que se derivaba de ella no mediante la necesidad, sino por el contrario, mediante ser necesitado. Los padres uno para el otro y para los niños, los niños uno para el otro y para los padres también: cumpliendo sus obligaciones. Ahí se encontraba el potencial en aspectos prácticos y espirituales. Esa era la filosofía del Padre McGivney y era absoluta en él cuando aún no había cumplido 30 años. Afortunadamente, su estilo personal no era ni remotamente tan riguroso. Caracterizado por su risa y empatía, su atractivo se encontraba en su habilidad de alinearse con gente de cualquier grupo de edad.
Mientras el Padre McGivney llegaba a conocer a cada uno de los Downes un proceso que admitió le tomó algún tiempo estableció una amistad particular con Edward Downes, Jr., el hijo del dueño del puesto, quien también estaba planeando servir a la Iglesia. Edward, Jr., un estudioso natural, estudiaba en St. Charles College cerca de Ellicott City, Maryland, donde ingresó en 1876 a la edad de 16 años. De acuerdo con el catálogo de la escuela, el único objetivo de la St. Charles era educar jóvenes católicos que aspiraban al santo sacerdocio. Ubicada en un solo edificio amplio en medio de la campiña de Maryland, era una institución independiente, pero generalmente considerada como una escuela preparatoria para la Universidad St. Marys y Seminario Teológico de San Sulpicio, localizado en Baltimore. Nada de esto era extraño para Padre McGivney; él había recibido su propia educación en el Seminario St Marys.
La escuela St. Charles se describía a sí misma como estrictamente un seminario eclesial preparatorio, con énfasis, parece, en la palabra estrictamente. La autorización del presidente era necesaria para que un estudiante entablara correspondencia con cualquiera, excepto con sus padres y su párroco. Pero eso no era todo. Para evitar la pérdida de tiempo, relacionada con la lectura de libros frívolos o malos, no se permitía que los estudiantes leyeran nada excepto material asignado por sus profesores. Para una persona como Edward Downes, Jr., quien había crecido rodeado de libros frívolos (y sin duda más que unos cuantos malos entre ellos), tales restricciones podrían haber sido absolutamente anormales, o, por el contrario, un alivio que se agradece. No importa cómo se sintiera respecto a esa regla, una cosa era cierta: prosperó en el ambiente de la St. Charles. En la primavera de 1881, se graduó como el que dio el saludo de su clase. A los 21 años estaba listo para proseguir su sueño tan esperado de ingresar al sacerdocio, haciendo planes para entrar al Seminario St. Marys ese otoño. Su hermano menor, Alfred, de 18 años, también tenía planes; se encaminaba a la Escuela de Derecho de Yale.
Durante años, Edward Downes, Sr., y su prole eran considerados como la familia católica más antigua, rica y respetada de New Haven. Durante la mayor parte de esos años, eso fue cierto, y sin embargo, para 1881, cualquiera que lo hubiera dicho sólo estaba siendo bondadoso. O por el contrario desconocía la verdad.
Edward, Sr., fue sorprendido con la guardia baja por el Pánico de 1873, una contracción económica que obstinadamente sobrepasó su habilidad de mantenerse a la par con sus acreedores. Eventualmente, perdió la tienda, junto con su cartera de inversiones, mayormente bienes raíces. La familia se mudó sucesivamente a casas más pequeñas hasta que volvieron al hogar de la Calle Howe en la que Edward había crecido; no era en realidad lo suficientemente grande para toda su prole, pero de alguna forma cupieron. Y de alguna forma, Edward supo mante-ner las apariencias en la comunidad mercantil. Antes de mucho tiempo, tuvo una nueva tienda en un local del centro urbano, vendiendo noticias y productos de papel. Aún tenía más deudas que activos, sin embargo, a menos que uno contara la familia, que, a pesar de todo, se mantuvo con él en de estos tiempos difíciles. A fines de 1881, él y Catherine hasta estaban esperando un nuevo bebé.
Edward, Sr., tenía esperanza de poder reconstruir su fortuna, y a los 52 años, tenía suficiente tiempo, o así parecía, mientras se dirigía afanosamente todos los días a su puesto de revistas extrañamente más pequeño y más tranquilo. Pero Edward, Sr., no viviría para concluir el año, muriendo de fiebre cerebral a finales de diciembre. Ese podría haber sido el término general para malaria usado por el forense, o quizás fue sencillamente una forma de decir que la desilusión del negocio había sido más profunda de lo que Edward, Sr., jamás demostró.
Los Downes habían edificado su posición, junto con su riqueza, a través de casi cincuenta años luego de que Michael y Bridget Downes llegaran a New Haven en 1832. Sólo tomó un solo día para que todo se viniera abajo. Con el fallecimiento de Edward, Sr., la magnitud del revés económico de los Downes se convirtió en asunto público. Pero eso no fue lo peor de todo. La esperanza que Edward de alguna forma pudo mantener respecto a un futuro brillante para sus hijos se desmoronó, y el tribunal acechaba, listo para hacerse cargo de sus destinos. Y hasta eso no fue peor de todo. La tragedia final fue que la viuda de Edward, Catherine, no sabía a dónde para pedir ayuda.
Edward, Sr., no dejó dinero alguno. En el verano de 1882, Catherine lentamente trató de sobreponerse al luto de su esposo pero el peso de todo lo que confrontaba su familia fue aun más abrumador. Al amanecer de cada día, tenía que enfrentar el hecho de que no sabía quién proveería por sus hijos e hijastros, y cómo darles un futuro a ellos. En efecto, el Condado de New Haven en su capacidad oficial se preguntaba lo mismo. Cuando una familia no contaba con una fuente de ingreso, el Tribunal Sucesorio tenía derecho a asignar los niños a instituciones públicas. Aunque la ley proyectaba el desagradable espectro de romper familias, existía específicamente para proteger a los niños en contra de la negligencia. También existía para evitar que la comunidad tuviera que soportar la delincuencia de adolescentes mal supervisados. El Tribunal Sucesorio exigía prueba de familias como las de los Downes de que los niños sin padre no se convertirían en vagabundos. Catherine Downes no podía proporcionar esa segruidad.
Edward, Jr., no tuvo otra alternativa que dejar el seminario y regresó a su hogar para encargarse del puesto de revistas.
Durante enero, Edward, Jr., logró convencer al tribunal que, a pesar de su juventud, él podía manejar la tienda y mantener a su madrastra viuda y a los niños más pequeños. El tribunal dirigió su atención a los tres niños adolescentes: Alfred, de 19 años; George, de 17; y Joseph, de 14. Sin dinero alguno para su educación o para ser aprendiz de cualquier oficio, el juez dictaminó que había que encontrar tutores para cada uno de ellos o, de lo contrario, el tribunal intervendría. El tutor tenía que ser una persona de buena reputación, y alguien que fuera aceptable para el tribunal. Había numerosas personas que cumplían con esa característica en la ciudad de New Haven, la mayoría viejos amigos de Edward Downes, Sr. El tutor tenía que asumir responsabilidad total por las acciones y el bienestar del joven bajo tutela. Eso limitó considerablemente la lista de voluntarios, con respecto a los adolescentes Downesbien educados. Un adolescente podía ser considerado una entidad volátil en cualquier época y en cualquier familia.
Finalmente, el guardián tenía que poner una fianza de más de $1,000. Eso prácticamente dejó vacía la lista de tutores potenciales para los adolescentes Downes, aunque familiares eventualmente se agruparon para garantizar a los dos más jóvenes, George y Joseph. El 2 de febrero de 1882, el Tribunal Sucesorio de New Haven aceptó $2,500 por cada uno de ellos en la forma de una fianza de sus nuevos tutores. Eso dejó fuera a Alfred. El tribunal estableció el precio de $1,500 para el privilegio de convertirse en su tutor. La entre vista fue señalada para el 6 de febrero.
De entre todas las conexiones que los Downes tenían en New Haven, en los círculos de negocios, en la política, y en el liderazgo de la comunidad local irlandesa-americana, nadie dio un paso al frente. Los viejos amigos de Edward, Sr., desaparecieron, alegando que no tenían tiempo o no tenían esa clase de dinero para dedicarlo a eso.
El día seis, un lunes, la gente en todo New Haven se estaba quejando. Estaban apaleando nieve, tratando de salir de las tormentas de invierno de todo el fin de semana que eran la causa de un trabajo particularmente laborioso ya que había caído un pie de nieve. Los trenes estaban retrasados, y hasta los botes que llevaban y traían pasajeros de la Ciudad de Nueva York estaban atrasado. De mayor interés para los residentes de New Haven con negocios en el centro de la ciudad, era que las aceras todavía estaban llenas de nieve, puesto que los patrones, también atrasados, y no habían timpiado la nieve de sus secciones.
Sólo el Tribunal Sucesorio de New Haven estaba a tiempo. Edward, Jr., estaba allí, sustituyendo a Catherine, quien estaba confinada en cama esperando su bebé dentro de los próximos dos meses. Su hermano más joven, Alfred, contestó una serie de preguntas que le hizo el juez. Entonces el juez preguntó al tribunal si alguien estaba presente para ser el tutor de Alfred Downes. Alfred miró hacía atrás a la galería.
Michael McGivney se levantó: era un hombre menudo con una complexión suave que el aire del invierno había tornado rosada. Para algunas de las personas mayores allí presentes, fue una sorpresa incluso ver a un sacerdote católico en un edificio gubernamental. Hasta la generación de Padre McGivney, los sacerdotes tendían a permanecer en las propiedades de la iglesia lo más posible, como para poner enfásis en las mayores glorias que se podían encontrar allí. Para la bulliciosa década del 1880, mientras la situación se tornaba menos proscrita los sacerdotes se aventuraron a salir regularmente, fuera en relación con asuntos de la iglesia o no. Aun así, hasta los más mundanos entre ellos se detenían antes de buscar desempeñar algún papel en cualquier otra institución.
Para el Padre McGivney, sin embargo, el Tribunal Sucesorio de New Haven fue exactamente el lugar apropiado para un sacerdote parroquial aquella mañana de febrero. El destino de una familia estaba en juego. Y así, cuando el juez preguntó si alguno de los presentes actuaría como el tutor de Alfred Downes, McGivney se puso de pie. Si otros en el tribunal se viraron para mirar fijamente al sacerdote juvenil con su larga sotana negra, eso no se podia evitar. McGivney no era ningún revolucionario, disfrutando el cambio por sí mismo. Todo lo contrario. Pero era un hombre de acción, que había nacido con un incansable sentido de compasión, y caracterizado por una mente enteramente práctica. El Padre McGivney no tenía los $1,500 para la fianza, pero sí gozaba de la confianza de un propietario de un negocio de aba-rrotes retirado, Patrick McKiernan. Con el consentimiento del juez, McKiernan actuó como fiador, garantizando que si el Padre McGivney no cumplía su promesa como tutor, él pagaría la multa de $1,500. Se firmó una fianza a esos efectos. Alfred contaba con un tutor que creía en su futuro, en lugar de su padre fallecido.
Padre McGivney salió del Tribunal Sucesorio bien satisfecho del resultado del caso Downes, pero no ante la prevalencia del mismo problema a través de la comunidad y hasta de la nación. Aunque él era sólo un hombre joven, estaba lleno de una vida de enfado frustración ante el sentido de fatalidad que se ceñía sobre casi toda familia que perdía al sustenador. Mucho antes lo había observado de primera mano, cuando su familia pasó por una situación similar. En la tarde del 6 de febrero, estaba más determinado que nunca que lo que había sucedido a la familia Downes no le debería suceder a nadie más.
Mientras el Padre McGivney caminaba hacia su hogar atravesando el Green, escudándose de las ventiscas junto a todos los demás, preparó en su mente una reunión crucial esa tarde en la Santa María, una reunión que extendería el sentido de familia dentro del laicado de la Iglesia Católica. Sería un punto clave si él podía lograr que aceptaran su punto de vista los hombres invitados a estar allí. Todos ellos eran católicos y la mayoría eran hombres de acción, ambiciosos de tener éxito. Si aún no eran ricos, inmediatamente señalarían que no habían terminado de intentarlo, aún no. En cualquier caso, eran hombres ocupados, lo que significaba que podían lograr que se hicieran las cosas, si lo querían lo suficiente. Por supuesto, también significaba que podían decir no en una docena de formas diferentes o hasta más siniestramente decir quizás de una sola vez. El Padre McGivney sabía todo eso. Pero era el eco de la incertidumbre de la sesión de esa tarde en el Tribunal Sucesorio lo que lo hizo caminar un poquito más rápido.
Las fortalezas especiales del catolicismo se podían sembrar en los hombres, pensaba, especialmente esposos y padres, para crecer con ellos a través de sus vidas. Y más allá de ello, también, con las viudas teniendo un lugar donde acudir y los hijos manteniendo la esperanza del futuro que sus padres pretendían para ellos. Michael McGivney comprendía a todos ellos: los padres, las madres, los hijos, una trinidad diaria más frágil en la vida moderna de la que nadie más parecía percatarse.
Douglas Brinkley es profesor de historia en la Universidad de Tulane. Sus publicaciones mas recientes incluye The Boys of Pointe du Hoc y Tour of Duty (ambos William Morrow). Vive en Nueva Orleans con su familia. Julie M. Fenster es autora de seis libros y vive en Syracuse, N.Y.
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