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| La tilma de San Juan Diego en donde se plasma la imagen de Santa María de Guadalupe. |
El recordado, Siervo de Dios, Juan Pablo II, declaró: “La aparición de María al indio Juan Diego en la colina del Tepeyac, el año de 1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización. Este influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo el Continente.”1 Y además, y de manera explícita, el Santo Padre proclamó: “América, que históricamente ha sido y es crisol de pueblos, ha reconocido «en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, [...] en Santa María de Guadalupe, [...] un gran ejemplo de e vangelización perfectamente inculturada». Por eso, no sólo en el Centro y en el Sur, sino también en el Norte del Continente, la Virgen de Guadalupe es venerada como Reina de toda América.”2
¿Qué fue lo que vislumbró Juan Pablo II, para que la proclamara Fiesta Litúrgica de Nuestra Señora de Guadalupe para todo el Continente Americano? ¿Qué tiene esta Devoción, para que explícitamente el Santo Padre Benedicto XVI, a pocos días de iniciar su pontificado, confirmara ante la Virgen de Guadalupe del Tepeyac: “En tus manos encomendamos nuestras vidas”? ¿Qué contiene esta devoción para que, de manera evidente, sea tan amada por los Papas, que desde 1573 hasta nuestros días conceden indulgencias, bendiciones, privilegios al humilde Santuario de Tepeyac; y que tantos millones de personas, no sólo de México sino de todo el mundo, vean en ella un mensaje explícitamente personal que toca su corazón, que los convierte reavivando su fe, llenándolos de esperanza y enamorándolos en el inmenso Amor de Dios?
Como todo Acontecimiento Salvífico, el Guadalupano, si bien se verifica en un momento histórico: hace ya más de 475 años, y en un lugar determinado: en el cerro del Tepeyac; trasciende fronteras, culturas, pueblos, costumbres, etc.; llega hasta lo más profundo del ser humano; además, toma en cuenta la participación precisamente de este ser humano, concreto e histórico, con sus defectos y virtudes, para que con su intervención fuera más allá de lo que la humana naturaleza permitiría. Una de las más claras manifestaciones de que en realidad se trata de un Acontecimiento Salvífico es la conversión del corazón, es el mover, el de dirigir la vida al único que es la Verdad, el Camino y la Vida, Jesucristo, nuestro Señor. Es precisamente Dios quien ha tomado la iniciativa para encontrarse con el ser humano en un momento histórico determinado, importante para hacer realidad un cambio de vida pleno y total, creando desde la raíz una cultura de vida, una civilización del amor.
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| San Juan Diego atajado por la Virgen de Guadalupe. |
Dios interviene por medio de su propia Madre, Santa María de Guadalupe es enviada por el Padre, por medio del Espíritu Santo para manifestar y hacer partícipe a todo ser humano de su Hijo Jesucristo. Ella es la primera discípula y misionera que nos manifiesta y nos entrega el mensaje de salvación y, asimismo, Ella forma discípulos y misioneros para testimoniar con la propia vida la inmensa alegría de este encuentro en el amor con Jesucristo, por medio de su Madre y Madre nuestra.
Es una historia real y verdadera, como real y verdadero es el amor de Dios, una historia de salvación que influye decididamente en la evangelización de todo un Hemisferio, como el mismo Santo Padre lo afirmó. Santa María de Guadalupe es la Estrella de la Evangelización perfectamente inculturada, modelo para el mundo entero.
El Acontecimiento Guadalupano, centrado en Jesucristo, nuestro Señor; consiste en las Apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe a un indígena llamado Juan Diego Cuauhtlatoatzin (que significa: Águila que habla), y tuvieron lugar del 9 al 12 de diciembre de 1531, en el cerro del Tepeyac, al norte de la Ciudad de México.
Diez años antes, después de consumada la Conquista en 1521, se terminó con los ritos religiosos de los indígenas, especialmente se acabaron los sacrificios humanos que ellos realizaban con el afán de alimentar a los dioses y así el ciclo de la vida pudiera continuar. Los indígenas estaban temerosos que ahora que no se alimentaban más a sus dioses era inminente un cataclismo cósmico. Sin embargo, ante los incrédulos ojos de los indígenas, el cosmos seguía sin mayor problema, el sol salía, las estrellas y la luna estaban ahí en su lugar, el día y la noche, las estaciones del año continuaban sus ciclos; ¿Entonces qué es lo que había pasado? ¿Los dioses les habían mentido? ¿Todo había sido una burla en contra de los que se consideraban hijos del sol? ¿Qué había pasado con sus profecías y sus esperanzas? ¿Dónde estaban ahora sus dioses? ¿Todo esto era una estrategia de esos seres exigentes? La derrota en la Conquista no había sido sólo militar, sino la depresión y el derrumbe moral, espiritual, cultural y religioso; era el patente abandono de aquellos dioses, en los cuales todos los indios creían y habían entregado los corazones y la sangre de sus hijos, ¿Para qué? ¡Para nada, absolutamente nada! Un imperio agonizaba.
El trauma de la Conquista perduró, inevitablemente, entre los naturales. El especialista en la cultura náhuatl, Miguel León-Portilla, nos dice: “Quienes se tenían por invencibles, el pueblo del sol, el más poderoso de la América Media, tuvo que aceptar su derrota. Muertos los dioses, perdido el gobierno y el mando, la fama y la gloria, la experiencia de la Conquista significó algo más que tragedia, quedó clavada en el alma y su recuerdo pasó a ser un trauma.”3 Los ecos del triste y sombrío Canto Mexicano resonaban en el desolado Anáhuac:
“El llanto se extiende, las lágrimas gotean allí en Tlatelolco.
Por agua se fueron ya los mexicanos;
Semejan mujeres; la huida es general.
¿Adónde vamos?, ¡oh amigos! Luego ¿fue verdad?
Ya abandonan la ciudad de México;
El humo se está levantando; a niebla se está extendiendo...
[...] Llorad amigos míos,
tened entendido que con estos hechos
hemos perdido la nación mexicana.
¡El agua se ha acedado, se acedó la comida!
Esto es lo que ha hecho el Dador de la vida en Tlatelolco...”
Es evidente el enorme reto que debía enfrentar un pequeño puñado de misioneros franciscanos ante los millones de naturales que comprendía el destrozado imperio azteca; estos santos hombres tenían que hacer algo para que los indios sobrevivieran y, al mismo tiempo, evangelizarlos. No cabe duda que, en el primer esfuerzo evangelizador en México, la labor de los misioneros fue extraordinaria; 4; sin embargo, la tarea los rebasaba del todo..
Fray Gerónimo de Mendieta nos habla de la preocupación de los frailes misioneros, desde el inicio de la evangelización, por desarraigar a los indígenas de sus dioses. Los misioneros trataban, de mil formas, darse a entender pero: “ni los indios entendían lo que se decía en latín, ni cesaban sus idolatrías, ni podían los frailes reprendérselas, ni poner los medios que convenía para quitárselas, por no saber su lengua. Y esto los tenía muy desconsolados y afligidos”.5 Ciertamente estaban preocupados, pues ¿cómo evangelizar a una multitud de millones de indígenas con unos cuantos misioneros, que en ese momento no llegaban a ser más que unos treinta, además sojuzgados en una dramática conquista, diezmados en una terrible enfermedad, la viruela, que mató a la mitad de la población indígena que azotó poco después de la llegada de los europeos, y con un trauma profundo pues sus dioses habían muerto.
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| San Juan Diego ante la Virgen de Guadalupe. |
Los frailes se esmeraban también por defender a los indígenas de los maltratos de los españoles, así mismo trataban de que la soberbia, el odio, la avaricia no destruyera a la misma comunidad española; pues la Primera Audiencia, órgano civil de gobierno de este momento era una de las más corruptas, sus robos, violaciones, injusticias habían denigrado a los indígenas al máximo y también a algunos de los mismos españoles que trataban de corregir el camino. Los misioneros sufrieron atrocidades de manos de los mismos paisanos católicos quienes no se tentaban el corazón con tremendas crueldades, hasta el punto de intentar asesinar al obispo de la Ciudad de México, fray Juan de Zumárraga, quien se vio obligado a excomulgar a los miembros de la Primera Audiencia y lanzar el entredicho a la Ciudad de México. Realmente fue un momento tan intensamente complejo que el obispo Zumárraga le escribía al rey y con ello clamaba a Dios: “Si Dios no provee con remedio de su mano está la tierra en punto de perderse totalmente…”
Y Dios interviene con el ser más amado para Él, su propia Madre, quien elige a un indígena sencillo y humilde para ser su mensajero Juan Diego nació en el pueblo de Cuautitlán, en torno al año 1474, era un macehual, es decir, un hombre común de pueblo, que vivió en carne propia la llamada Conquista por parte de los españoles y las tribus indígenas que se aliaron con los europeos y derrotar al imperio Mexica. En 1524, con la llegada a México de los primeros misioneros franciscanos, Juan Diego abrazó la fe cristiana, y fue bautizado juntamente con su esposa, llamada María Lucía y su tío Juan Bernardino; y juntos decidieron ir a vivir al pueblo de Tulpetlac. En el año 1529 murió María Lucía.
El sábado 9 diciembre de 1531, Juan Diego iba rumbo a Tlatelolco al catecismo cuando se le apareció la Madre de Dios, pidiéndole que fuera su mensajero para que se le construyera una casita sagrada, un templo, en el llano del Tepeyac; para ofrecer ahí todo su amor que es su propio Hijo, Jesucristo, y esto debía ser aprobado por el obispo, Fray Juan de Zumárraga. Juan Diego desplegó gran fortaleza y paciencia ante las dificultades y contradicciones. En un momento dado, el obispo pide una señal, y la Virgen María le pide a Juan Diego regresar al Tepeyac para entregarle la señal solicitada; sin embargo, Juan Diego no llega a la cita pues tuvo que atender a su tío que está gravemente enfermo, así que el martes 12 de diciembre sale de prisa y muy temprano hacia Tlatelolco para ir por un sacerdote que atendiera a su tío Juan Bernardino; el angustiado Juan Diego, queriendo evitar su encuentro con la Virgen, pues llevaba prisa, dio la vuelta al cerro del Tepeyac, pensando que de esa manera evitaría el retraso, y es cuando la Virgen de Guadalupe lo ataja y le dice las palabras más bellas, palabras que son también dirigidas para nosotros: “«Escucha, ponlo en tu corazón, Hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante aflictiva. ¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?»” Y la Señora del Cielo le aseguró que su tío Juan Bernardino ya estaba sano; efectivamente, en aquel momento la Virgen se aparece ante el anciano agonizante y no sólo le da la salud sino que Ella misma se entrega al entregar su propio nombre: “Santa María de Guadalupe” (“Guadalupe” nombre de origen árabe que significa “el cause del río”, “aquella que lleva el agua”; también se uede traducir como “río de luz”; ella nos conduce al agua viva). Algunos historiadores desde 1675, han sugerido que Juan Bernardino había escuchado no el nombre de Guadalupe sino un nombre indígena, sin embargo, esto es totalmente falso, así como falso es que fueron los españoles los que le habrían puesto el nombre Guadalupe. Fue la misma Virgen quien quiso llamarse “Santa María de Guadalupe”. Fue la misma Virgen quien quiso llamarse “Santa María de Guadalupe”. Juan Diego tiene la fe y la esperanza de aceptar lo que la Virgen le aseguraba y se mostró al momento disponible para llevar al obispo la señal solicitada. La Virgen le pidió que fuera a la punta del cerro y que encontraría flores hermosas que cortaría y pondría en su tilma; efectivamente, Juan Diego encontró en ese cerro seco, pedregoso, signo de muerte, las más extraordinarias y exquisitas flores llenas de vida, todo lo dispuso y bajó del cerro trayendo en su tilma la preciosa señal que sería para el obispo; la Virgen acomodó cada una de estas flores en la tilma del indígena y lo envió derecho a la Ciudad de México, para entregar la señal prometida al obispo.
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| San Juan Diego muestra al obispo Zumárraga las flores y en ese instante se estampa la imagen de la Virgen de Guadalupe en su tilma. |
Después de mucha paciencia, Juan Diego pudo llegar delante del obispo y entregó la señal, que para el indígena era más que elocuente, ya que para su mentalidad la verdad es “flor y canto”, le estaba llevando las flores de ese lugar, el Tepeyac, donde escuchó el maravilloso canto de las aves; el indígena le estaba llevando la verdad en su tilma y ante la sorpresa de todos. Juan Diego al extender su tilma con las flores, en ese momento se imprimió en su tilma la hermosa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, sorpresa del obispo y de todos los que estaban en ese instante observando esta maravilla, sorpresa para un indígena que al estar impresa la imagen de la Virgen de Guadalupe en su tilma significaba que él mismo, el indígena humilde y sencillo, se convertía en señal, ya que era su tilma y ahora él mismo, su persona total estaba en las manos del obispo, cabeza de la Iglesia, su misma persona se convertía en la señal de la presencia divina en manos del obispo, cabeza de la Iglesia; maravillosa verdad, ya que sólo en la Iglesia encontramos el Camino, la Verdad y la Vida que es Jesucristo, cabeza de la Iglesia. Todo este encuentro habla del amor inmenso de Dios, y lo expresa tanto para los españoles como para los indígenas de la manera que los dos puedan entender la verdad correcta de Aquel por quien se vive, el Dador de esa vida, el Dueño del cielo y de la tierra, que ha venido para salvar al ser humano del pecado y de la muerte, de la desesperación y del odio, de la violencia y de la injusticia.
La imagen mestiza de esta Virgen Madre envuelta de sol con la luna bajo sus pies con manto tachonado de estrellas y cuyo mensaje y voluntad es la entrega del Amor de Dios, por ello pide un templo, para poder ofrecerlo ahí a todas las personas que están en uno y a las más variadas estirpes que en Ella confíen. En este Acontecimiento salvífico se manifiesta, de manera patente, la unidad, la armonía, la intervención de Dios en una evangelización conducida por medio de su propia Madre, María, para una verdadera conversión, como se expresa en el trozo del Evangelio de san Juan (Jn 2, 5): cuando, en las bodas de Caná, María, la Madre de Dios, dirige con firmeza al ser humano: “hagan todo lo que Él les diga”; y, hasta la fecha, constituyen un ejemplo insuperado de lo que el recordado Siervo de Dios, Juan Pablo II, calificó como “el modelo de evangelización perfectamente inculturada”.
Pero hay algo más, al imprimirse esta bendita Imagen en la humilde tilma de Juan Diego, tiene varios significados, los más importantes son cuatro esenciales: la tilma servía para cubrirse y así protegerse de la intemperie; la tilma servía para cargar cosas, por lo que ayudaba en el sustento; la tilma, dentro de la sociedad indígena, era el indicativo del nivel y condición social de una persona, el ser de la persona misma, sólo los nobles podían tener decoradas sus vestidos y, por último, la tilma era tan importante que estaba presente en el matrimonio indígena, durante el cual se hacía un nudo con la tilma del varón y el huipil o vestido de la mujer simbolizando, con ello, que sus vidas quedaban unidas. Por lo que la Virgen de Guadalupe, al estamparse en la humilde tilma de san Juan Diego, Ella misma, con su propia imagen “decora”, dignifica al ser humano con su propio ser; es Ella quien realiza un matrimonio espiritual con el pueblo; es Ella nuestra protección, recordemos lo que le dice a Juan Diego y, por medio de él, a todos nosotros: “No tengas miedo, ¿no estoy yo aquí que soy tu madre?”; y es Ella quien nos trae el sustento, su propio Hijo Jesucristo, que se entrega de una manera muy especial en la Eucaristía, Jesucristo, nuestro Señor es el centro del Acontecimiento Guadalupano, Él es quien nos alimenta con su cuerpo y con su sangre; es por ello que la Inmaculada Virgen de Guadalupe quiere un templo donde ofrecer todo su amor, que es su propio Hijo, Jesucristo. Por ello, el centro de su mensaje y de su imagen no es Ella, sino que es su Hijo. Ella se presenta como el Tabernáculo Inmaculado de Dios.
En esta imagen se observa que todo en Ella es un códice que entendieron perfectamente los indígenas. Una imagen de esta doncella, que está en cinta, por lo tanto Virgen-Madre; con una túnica que representa la tierra y un manto azul que representa el cielo y de igual forma en Ella hay la armonía entre todos los astros ya que la envuelve el sol, su manto tachonado de estrellas y pisa la luna. En el centro de su vientre está la flor de cuatro pétalos que significaba al Dios dueño de la tierra y del cielo, al Dios Omnipotente y Omnipresente.
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| La Virgen ante el tío de San Juan Diego, Juan Bernardino, a quien le da la salud y le revela su nombre: “Santa María de Guadalupe”. |
Las flores de su entorno están enraizadas en el manto azul que significa el cielo, por lo tanto, son flores arraigadas en Dios, en lo divino; estas flores extrañas están formadas de dos elementos gráficos, el cerro y el río, este binomio para los indígenas significaba “civilización”, en la parte de la flor-cerro hay una serie de flores pequeñas, por lo tanto, un cerro flor, es decir: lleno de la verdad de Dios, y conjuntado con el agua, da como significado, la verdad de Dios que hace una nueva civilización del amor, en la unidad, en la armonía. Poco después de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe se produjo una conversión de una manera espectacular, los misioneros no daban crédito a lo que estaban presenciando, los sobrepasó y sobresaltó; los indígenas venían de todos lados, de tierras lejanas pidiendo los sacramentos. Fray Gerónimo de Mendieta decía: “Y al tiempo que los bautizaban, muchos recibían aquel sacramento con lágrimas ¿Quién podía atreverse a decir que estos venían sin fe, pues de tan lejos tierras venían con tanto trabajo, no los compeliendo nadie, a buscar el sacramento del bautismo? 6
Los frailes se esmeraban también por defender a los indígenas de los maltratos de los españoles, así mismo trataban de que la soberbia, el odio, la avaricia no destruyera a la misma comunidad española; pues la Primera Audiencia, órgano civil de gobierno de este momento era una de las más corruptas, sus robos, violaciones, injusticias habían denigrado a los indígenas al máximo y también a algunos de los mismos españoles que trataban de corregir el camino. Los misioneros sufrieron atrocidades de manos de los mismos paisanos católicos quienes no se tentaban el corazón con tremendas crueldades, hasta el punto de intentar asesinar al obispo de la Ciudad de México, fray Juan de Zumárraga, quien se vio obligado a excomulgar a los miembros de la Primera Audiencia y lanzar el entredicho a la Ciudad de México. Realmente fue un momento tan intensamente complejo que el obispo Zumárraga le escribía al rey y con ello clamaba a Dios: “Si Dios no provee con remedio de su mano está la tierra en punto de perderse totalmente…”
Y Dios interviene con el ser más amado para Él, su propia Madre, quien elige a un indígena sencillo y humilde para ser su mensajero Juan Diego nació en el pueblo de Cuautitlán, en torno al año 1474, era un macehual, es decir, un hombre común de pueblo, que vivió en carne propia la llamada Conquista por parte de los españoles y las tribus indígenas que se aliaron con los europeos y derrotar al imperio Mexica. En 1524, con la llegada a México de los primeros misioneros franciscanos, Juan Diego abrazó la fe cristiana, y fue bautizado juntamente con su esposa, llamada María Lucía y su tío Juan Bernardino; y juntos decidieron ir a vivir al pueblo de Tulpetlac. En el año 1529 murió María Lucía.
El sábado 9 diciembre de 1531, Juan Diego iba rumbo a Tlatelolco al catecismo cuando se le apareció la Madre de Dios, pidiéndole que fuera su mensajero para que se le construyera una casita sagrada, un templo, en el llano del Tepeyac; para ofrecer ahí todo su amor que es su propio Hijo, Jesucristo, y esto debía ser aprobado por el obispo, Fray Juan de Zumárraga. Juan Diego desplegó gran fortaleza y paciencia ante las dificultades y contradicciones. En un momento dado, el obispo pide una señal, y la Virgen María le pide a Juan Diego regresar al Tepeyac para entregarle la señal solicitada; sin embargo, Juan Diego no llega a la cita pues tuvo que atender a su tío que está gravemente enfermo, así que el martes 12 de diciembre sale de prisa y muy temprano hacia Tlatelolco para ir por un sacerdote que atendiera a su tío Juan Bernardino; el angustiado Juan Diego, queriendo evitar su encuentro con la Virgen, pues llevaba prisa, dio la vuelta al cerro del Tepeyac, pensando que de esa manera evitaría el retraso, y es cuando la Virgen de Guadalupe lo ataja y le dice las palabras más bellas, palabras que son también dirigidas para nosotros: “«Escucha, ponlo en tu corazón, Hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante aflictiva. ¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?»” Y la Señora del Cielo le aseguró que su tío Juan Bernardino ya estaba sano; efectivamente, en aquel momento la Virgen se aparece ante el anciano agonizante y no sólo le da la salud sino que Ella misma se entrega al entregar su propio nombre: “Santa María de Guadalupe” (“Guadalupe” nombre de origen árabe que significa “el cause del río”, “aquella que lleva el agua”; también se uede traducir como “río de luz”; ella nos conduce al agua viva). Algunos historiadores desde 1675, han sugerido que Juan Bernardino había escuchado no el nombre de Guadalupe sino un nombre indígena, sin embargo, esto es totalmente falso, así como falso es que fueron los españoles los que le habrían puesto el nombre Guadalupe. Fue la misma Virgen quien quiso llamarse “Santa María de Guadalupe”. Fue la misma Virgen quien quiso llamarse “Santa María de Guadalupe”. Juan Diego tiene la fe y la esperanza de aceptar lo que la Virgen le aseguraba y se mostró al momento disponible para llevar al obispo la señal solicitada. La Virgen le pidió que fuera a la punta del cerro y que encontraría flores hermosas que cortaría y pondría en su tilma; efectivamente, Juan Diego encontró en ese cerro seco, pedregoso, signo de muerte, las más extraordinarias y exquisitas flores llenas de vida, todo lo dispuso y bajó del cerro trayendo en su tilma la preciosa señal que sería para el obispo; la Virgen acomodó cada una de estas flores en la tilma del indígena y lo envió derecho a la Ciudad de México, para entregar la señal prometida al obispo.
Después de mucha paciencia, Juan Diego pudo llegar delante del obispo y entregó la señal, que para el indígena era más que elocuente, ya que para su mentalidad la verdad es “flor y canto”, le estaba llevando las flores de ese lugar, el Tepeyac, donde escuchó el maravilloso canto de las aves; el indígena le estaba llevando la verdad en su tilma y ante la sorpresa de todos. Juan Diego al extender su tilma con las flores, en ese momento se imprimió en su tilma la hermosa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, sorpresa del obispo y de todos los que estaban en ese instante observando esta maravilla, sorpresa para un indígena que al estar impresa la imagen de la Virgen de Guadalupe en su tilma significaba que él mismo, el indígena humilde y sencillo, se convertía en señal, ya que era su tilma y ahora él mismo, su persona total estaba en las manos del obispo, cabeza de la Iglesia, su misma persona se convertía en la señal de la presencia divina en manos del obispo, cabeza de la Iglesia; maravillosa verdad, ya que sólo en la Iglesia encontramos el Camino, la Verdad y la Vida que es Jesucristo, cabeza de la Iglesia. Todo este encuentro habla del amor inmenso de Dios, y lo expresa tanto para los españoles como para los indígenas de la manera que los dos puedan entender la verdad correcta de Aquel por quien se vive, el Dador de esa vida, el Dueño del cielo y de la tierra, que ha venido para salvar al ser humano del pecado y de la muerte, de la desesperación y del odio, de la violencia y de la injusticia.
La imagen mestiza de esta Virgen Madre envuelta de sol con la luna bajo sus pies con manto tachonado de estrellas y cuyo mensaje y voluntad es la entrega del Amor de Dios, por ello pide un templo, para poder ofrecerlo ahí a todas las personas que están en uno y a las más variadas estirpes que en Ella confíen. En este Acontecimiento salvífico se manifiesta, de manera patente, la unidad, la armonía, la intervención de Dios en una evangelización conducida por medio de su propia Madre, María, para una verdadera conversión, como se expresa en el trozo del Evangelio de san Juan (Jn 2, 5): cuando, en las bodas de Caná, María, la Madre de Dios, dirige con firmeza al ser humano: “hagan todo lo que Él les diga”; y, hasta la fecha, constituyen un ejemplo insuperado de lo que el recordado Siervo de Dios, Juan Pablo II, calificó como “el modelo de evangelización perfectamente inculturada”.
Pero hay algo más, al imprimirse esta bendita Imagen en la humilde tilma de Juan Diego, tiene varios significados, los más importantes son cuatro esenciales: la tilma servía para cubrirse y así protegerse de la intemperie; la tilma servía para cargar cosas, por lo que ayudaba en el sustento; la tilma, dentro de la sociedad indígena, era el indicativo del nivel y condición social de una persona, el ser de la persona misma, sólo los nobles podían tener decoradas sus vestidos y, por último, la tilma era tan importante que estaba presente en el matrimonio indígena, durante el cual se hacía un nudo con la tilma del varón y el huipil o vestido de la mujer simbolizando, con ello, que sus vidas quedaban unidas. Por lo que la Virgen de Guadalupe, al estamparse en la humilde tilma de san Juan Diego, Ella misma, con su propia imagen “decora”, dignifica al ser humano con su propio ser; es Ella quien realiza un matrimonio espiritual con el pueblo; es Ella nuestra protección, recordemos lo que le dice a Juan Diego y, por medio de él, a todos nosotros: “No tengas miedo, ¿no estoy yo aquí que soy tu madre?”; y es Ella quien nos trae el sustento, su propio Hijo Jesucristo, que se entrega de una manera muy especial en la Eucaristía, Jesucristo, nuestro Señor es el centro del Acontecimiento Guadalupano, Él es quien nos alimenta con su cuerpo y con su sangre; es por ello que la Inmaculada Virgen de Guadalupe quiere un templo donde ofrecer todo su amor, que es su propio Hijo, Jesucristo. Por ello, el centro de su mensaje y de su imagen no es Ella, sino que es su Hijo. Ella se presenta como el Tabernáculo Inmaculado de Dios.
En esta imagen se observa que todo en Ella es un códice que entendieron perfectamente los indígenas. Una imagen de esta doncella, que está en cinta, por lo tanto Virgen-Madre; con una túnica que representa la tierra y un manto azul que representa el cielo y de igual forma en Ella hay la armonía entre todos los astros ya que la envuelve el sol, su manto tachonado de estrellas y pisa la luna. En el centro de su vientre está la flor de cuatro pétalos que significaba al Dios dueño de la tierra y del cielo, al Dios Omnipotente y Omnipresente.
Las flores de su entorno están enraizadas en el manto azul que significa el cielo, por lo tanto, son flores arraigadas en Dios, en lo divino; estas flores extrañas están formadas de dos elementos gráficos, el cerro y el río, este binomio para los indígenas significaba “civilización”, en la parte de la flor-cerro hay una serie de flores pequeñas, por lo tanto, un cerro flor, es decir: lleno de la verdad de Dios, y conjuntado con el agua, da como significado, la verdad de Dios que hace una nueva civilización del amor, en la unidad, en la armonía. Poco después de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe se produjo una conversión de una manera espectacular, los misioneros no daban crédito a lo que estaban presenciando, los sobrepasó y sobresaltó; los indígenas venían de todos lados, de tierras lejanas pidiendo los sacramentos. Fray Gerónimo de Mendieta decía: “Y al tiempo que los bautizaban, muchos recibían aquel sacramento con lágrimas ¿Quién podía atreverse a decir que estos venían sin fe, pues de tan lejos tierras venían con tanto trabajo, no los compeliendo nadie, a buscar el sacramento del bautismo?."6 En 1539, a penas ocho años después de la aparición, se habían convertido cerca de 9,000,000 de indígenas. En cuanto a los
españoles también la conversión era sorprendente; son tantos documentos donde se manifiesta la gran devoción de los españoles que también acudían en masa ante la bendita imagen.
Aunque estamos a casi cinco siglos del Acontecimiento Guadalupano, hoy se nos revela como algo maravillosamente nuevo, perfectamente adecuado a las necesidades de nuestra época que desea la paz, que todos los hombres nos podamos superar en armonía, compartiendo las riquezas de nuestras culturas ancestrales.
Por ello, es necesario recalcar la importancia del Acontecimiento Guadalupano en la evangelización de todo un Continente y más allá de sus confines; es la entrega del Evangelio vivo en un mundo que tanto necesita de la unidad, de la paz, de la solidaridad y del amor, una verdadera conversión. Porque del hombre sencillo, humilde, de buena voluntad, lleno de ese amor de Dios que nos trae
María en su regazo, pueden surgir las cosas más maravillosas a favor de una nueva humanidad, construyendo juntos la civilización del amor.
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