 Los peregrinos llenan la Plaza de San Pedro en el Vaticano el 7 de octubre cuando el Papa Benedicto XVI celebra la Misa inaugural del sínodo de los obispos sobre
la nueva evangelización. En la fachada se ven tapices de San Juan de Ávila y Santa Hildegarda de Bingen, a los que el Papa declaró Doctores de la Iglesia.
¡No existe una experiencia igual en todo el mundo! Encontrarse
en la inmensa extensión de la Plaza de San
Pedro, hablar y reír entre los visitantes que han venido a la Ciudad
Eterna desde todos los rincones de la tierra. Poseen diferentes
culturas y tradiciones religiosas, sin embargo, todos
esperan la oportunidad de ingresar a este lugar santo, cuyos
portales son siempre acogedores. Entonces, un silencio se apodera
de los visitantes mientras se abren las puertas macizas y
son guiados al interior de la belleza y santidad de esta grandiosa
basílica.
Al igual que Roma atrae a estos peregrinos, lo divino atrae a
toda la gente. Aún cuando el mundo moderno adopte el relativismo,
del que el Papa Benedicto XVI señaló que “no reconoce
nada como definitivo”, y el secularismo, del que dice que
implora al hombre “a construir su vida sin Dios”, la gente aún
busca la fe. En palabras del Beato Juan Pablo II, “no deja de
subsistir una sed de absoluto, un deseo del bien, un hambre
de la verdad, una necesidad de realización de la persona”.
Dichos anhelos son nuestra esperanza, aún cuando el deseo
de ver el rostro de Dios a menudo quede insatisfecho en medio
del clamor ensordecedor de aquellos que “predican” la autonomía
individual y completa. Con Cristo como su conductor,
la obra de la nueva evangelización busca restaurar al mundo la
armonía y al hacerlo, abordar el deseo por Dios que yace en el
corazón de todo ser humano.
ABRID LAS NUEVAS PUERTAS
En una carta pastoral de 2008, el Obispo Arthur J. Serratelli
de Paterson, n.J., resumió de forma clara y concisa la evangelización
como “llevar el Evangelio a toda persona y a toda
situación”. Esta misión de la evangelización ha sido el constante
mandato de Cristo a su Iglesia (cfr. mt 28, 19-20). En
tiempos actuales, algunas personas han sugerido que la Iglesia
solo fortificó su misión esencial de la evangelización debido
a la disminución del número de creyentes y a una
creciente apatía hacia Dios. Al contrario, la Iglesia evangeliza
porque Cristo mandó que lo hagamos sin importar la situación
presente.
Ha habido muchas épocas durante las que la Iglesia ha tenido
que enfrentar desafíos culturales que intentan alejar a los
fieles de la verdad. Afortunadamente, estos esfuerzos han logrado
conducir hacia Cristo a la gente, que está dispuesta a
defender el depósito de fe.
En nuestra propia época, el Papa Juan Pablo II respondió
al mandato de Cristo reconociendo que a finales del Siglo XX
el mundo experimentaba cambios sin precedentes. Al hablar
a los Obispos Latinoamericanos en 1983 dijo que más que a
una reevangelización, debemos comprometernos a emprender
“una nueva evangelización, con nueva devoción, métodos y
expresión”.
Esta nueva evangelización debe incluir la “reavivación del
don de Dios” en el corazón de mucha gente para quien la sal
del Evangelio ha perdido su sabor (2 Tm 1,6, cfr mt 5,13).
Juan Pablo II encendió esta chispa durante la homilía del comienzo
de su pontificado en 1978 en la que retó a todos los
creyentes: “¡no temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en
par las puertas a Cristo!... ¡no tengáis miedo! Cristo conoce
«lo que hay dentro del hombre». ¡Sólo Él lo conoce!”
El Papa Benedicto XVI repitió estas mismas palabras 27
años después en su primera homilía como pontífice. En ella,
anunció claramente que la obra de la nueva evangelización,
la oportunidad de ser como Cristo y de guiar a los demás
“hacia el lugar de vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios”,
continuaría.
Y ha continuado. Recientemente el Santo Padre promovió
la nueva evangelización a través de una convocatoria de un sínodo
de obispos intitulado “La nueva Evangelización para la
Transmisión de la Fe Cristiana”. Del 7 al 28 de octubre, los
obispos que representan a cada conferencia episcopal del
mundo y de diversos departamentos de la Curia Romana se
reunieron con el Papa Benedicto XVI para sugerir y proseguir
sus propósitos pastorales. El centro de su debate fue una
“nueva forma de proclamar el Evangelio, especialmente para
aquellos que viven en la actual situación que se ve afectada
por una creciente tendencia de secularización”.
Con el fin de incorporar a toda la Iglesia al proceso de revitalización
de los fieles, hace un año el Papa Benedicto publicó
una carta apostólica
intitulada Porta Fidei (La Puerta de
la Fe), en la que anunció que del 11
de octubre de 2012 al 24 de noviembre
de 2013 se observaría un
Año de la Fe especial. El día de la
apertura del Año de la Fe conmemoró
el 50º aniversario de la inauguración
del Concilio Vaticano
Segundo y el 20º aniversario de la
publicación del Catecismo de la
Iglesia Católica. La carta apostólica
del Papa iniciaba con estas palabras:
“La ‘puerta de la fe’ (Hechos
14,27), que introduce en la vida la
comunión con Dios y permite la
entrada en su Iglesia, está siempre
abierta para nosotros”.
Pero las preguntas persisten:
¿Quién guiará a otros a la puerta de
la fe? ¿Cómo invitarán a la gente,
dejándole saber que no tiene que esperar y sufrir en fila bajo
el opresivo calor del relativismo y el secularismo? Respondiendo
a estas preguntas podemos discernir nuestro papel
como evangelistas y poder apreciar la gran oportunidad que
nos ofrece el Año de la Fe.
GUÍAS HACIA CRISTO
La fe proviene de la gracia y del Espíritu Santo. Sin embargo,
creer es también un verdadero acto humano y, como tal, posee
dimensiones personales y relacionales. ¿Es de extrañarse que el
Papa Benedicto XVI usara el término “guía” para anunciar el
Año de la Fe? Guiar significa acompañar, dirigir, introducir y
conducir. Cada sinónimo implica una relación, una interacción.
De este modo, como evangelistas, debemos caminar juntos.
En su reciente libro, La Nueva Evangelización, el Obispo
Rino Fisichella, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción
de la nueva Evangelización y de la secretaría de organización
para el Año de la Fe, escribió que los creyentes son
incapaces de “viajar solos”. Dijo que “somos católicos por naturaleza,
es decir, abiertos a todo y deseando estar junto a cada
persona para ofrecerle la compañía de la fe. Deseamos hablarles
a todos, incluso si sabemos que no todos desean dialogar
con nosotros. Todos hemos sido invitados a tocar a cada
puerta, incluso si sabemos que muchas permanecen cerradas”.
Sin embargo, como guías nunca debemos olvidar que hacemos
invitaciones a la fe, dando testimonio y proponiendo,
no imponiendo. Aquí radica la importante distinción entre la
evangelización y el proselitismo.
El Año de la Fe nos brinda tanto la motivación como la estructura
para pulir el arte de ser guías hacia Cristo, de ser invitaciones
vivientes a la fe. En este año es fundamental un
enfoque renovado de la Profesión de la Fe, invitando a particulares
y familias a hacer del Credo de nicea nuestra oración
diaria. Los Caballeros de Colón pueden aprovechar esta oportunidad
para orar el Credo con su familia diariamente y durante
las reuniones de consejo,
dejando quizás tiempo para analizar
una parte de la plegaria y su significado.
Lo más importante es que debemos
orar el Credo en misa con
una atención renovada a las verdades
que proclama y dejando tiempo
para que Dios nos otorgue la gracia
de vivir la fe de manera auténtica.
¡Solo entonces se aceptarán nuestras
invitaciones a la fe!
En el último capítulo de su libro,
el Arzobispo Fisichella comparte
una historia medieval que captura
el objetivo del Año de la Fe y, de
hecho, la verdadera esencia de lo
que significa ser católico: “Un
poeta pasaba cerca de una obra en
construcción y vio a tres obreros
ocupados en su trabajo, eran canteros.
Se volvió hacia el primero y le
dijo: ‘¿Qué haces, amigo?’. Este hombre, bastante indiferente,
le contestó: ‘Estoy cortando piedra’. Fue un poco más lejos y
vio al segundo y le hizo la misma pregunta, y este hombre respondió
sorprendido: ‘Estoy participando en la construcción
de una columna’. Un poco más adelante el peregrino vio al
tercer hombre y le hizo la misma pregunta; la respuesta, llena
de entusiasmo, fue: ‘Estoy construyendo una catedral’. El antiguo
significado no ha cambiado por la nueva obra que estamos
llamados a construir. Hay muchos obreros llamados a la
viña del Señor para lograr la nueva evangelización; todos ellos
tendrán alguna razón para explicar su compromiso”.
Por medio de estas explicaciones — dichas en palabras y en
actos — cada uno de nosotros levanta la cabeza, abre los antiguos
dinteles, abre las antiguas puertas y guía a la gente al
Rey de la Gloria (cfr. Salmos 24,9). ¡no existe nada igual en
todo el mundo!♦
EL PADRE GENO SYLVA es funcionario del Pontificio Consejo para
la Promoción de la nueva Evangelización y miembro del Consejo
msgr. Joseph R. Brestel 5920 en Hawthorne, N.J.
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