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Los Orígenes de los Seguros de Caballeros de Colón

2/1/2016

Kevin Coyne

Una pintura de la artista italiana Antonella Cappuccio, de 2003, repre- senta al Venerable Michael J. McGivney, fundador de Caballeros de Colón. En el fondo están inmigrantes del siglo XIX acompañados por agentes de seguros de C de C, afuera de la iglesia St. Mary en New Haven, Conn. (Knights of Columbus Muesum)

Cerca del final de su primer año en el seminario jesuita en Montreal, cuando los exámenes finales se acercaban en junio de 1873, Michael J. McGivney recibió tristes e inesperadas noticias de su familia en Connecticut: su padre había fallecido a la edad de 48 años. Michael era el hijo mayor, y se fue a casa sin hacer los exámenes, sin saber si la muerte de su padre significaría el fin de su propio sueño de convertirse en sacerdote.

Patrick, su padre, era moldeador en una fábrica de latón, en Waterbury, un inmigrante irlandés que todavía tenía una esposa y otros seis niños en casa, en la calle Railroad Hill, y les dejó lo que la mayoría de los obreros como él en aquella época dejaba a sus familias cuando morían demasiado pronto: muy poco. En su ausencia, la familia McGivney tendría que sobrevivir con la fe, la caridad y el trabajo de los hijos mayores. El tipo de seguro que podría haber facilitado esta carga era algo que sólo estaba al alcance de familias con más medios que la suya.

El año de Michael en el seminario había costado $300 dólares a su familia. ¿Dónde encontrarían $300 dólares más para otro año? ¿Tendría que regresar a su antiguo trabajo de hacer cucharas en una fábrica de Waterbury?

Fue afortunado. El Obispo de Hartford se enteró de su situación, y decidió que un joven que prometía, con una vocación tan profunda, debía estar en un seminario, no en una fábrica de cubiertos. En septiembre, Michael J. McGivney estaba estudiando para el sacerdocio otra vez, en un seminario en Maryland, beneficiario providencial de la generosidad del obispo.

BENEFICIOS CATÓLICOS

Después de que fue ordenado, el Padre McGivney fue asignado como cura en la parroquia de St. Mary, en New Haven en 1878. Pronto se vio claro que él no era el tipo de sacerdote que creía que su ministerio terminaba con la Misa. Caminaba con rapidez pero hablaba lentamente, con perfecta dicción y la autoridad de la fe, con una voz tan clara y agradable que un anciano ciego, que ni siquiera era católico, asistía a Misa cada domingo tan sólo para escucharla.

En sus primeros tres años en St. Mary, el Padre McGivney se ganó la reputación de ser uno de los “hombres jóvenes enérgicos, de gran empuje y dinamismo” de la ciudad. Pronto, él empujaría energéticamente la gran idea que tenía de un nuevo tipo de organización que ofrecería a los hombres católicos algunas cosas que no podrían conseguir en otra parte.

Después de la Guerra Civil, en Estados Unidos abundaban las logias fraternales y las sociedades secretas, y sus rituales remplazaban la religión para muchos hombres. El Padre McGivney desaprobaba estos grupos, especialmente aquellos que atraían a los inmigrantes católicos de su parroquia, pero reconoció entre ellos un anhelo genuino de solidaridad, ante un mundo cuya dureza sintió en su propia vida cuando perdió a su padre.

Para su familia, como para muchas otras, habría sido importante la ayuda benevolente que estos grupos ofrecían a sus miembros, en tiempos de enfermedad o muerte. No todos podían contar con la generosidad de un obispo, pero quizás un nuevo grupo, aliado a la Iglesia, podría ayudar a los hombres católicos a apoyarse unos a otros.

Un domingo de octubre en 1881, el Padre McGivney pidió a otros sacerdotes católicos de New Haven que dieran desde sus púlpitos en la Misa el mismo anuncio que él dio en la suya, invitando a los hombres jóvenes católicos a una reunión especial a las 4 p.m. en el sótano de St. Mary para discutir sobre el nuevo grupo que esperaba organizar.

Entre los 80 hombres que asistieron a esa reunión estaban los directivos de una sociedad de beneficencia llamada los Caballeros Rojos, que tomó su nombre de las mantas rojas que la mayoría de ellos llevaba en sus mochilas como miembros de la unidad militar católica irlandesa, que habían establecido tras su regreso de la Guerra Civil. El objetivo que declaraban era “la promoción y el perfeccionamiento mutuo de los jóvenes de nuestra raza”, y trataban de “tender una mano en ayuda de los hermanos necesitados, y apoyarlos en tiempos de enfermedad y muerte”. El secretario del Tribunal para la legalización de los testamentos era un miembro, y él vio de primera mano cómo “pocos de los nuestros dejaban alguna herencia que hubiera que legalizar, aún pequeña”. Aunque el beneficio por muerte que los Caballeros Rojos ofrecían era pequeño en sí, y el grupo se había dispersado un año antes, ellos fueron a la reunión del Padre McGivney.

El Padre McGivney creía que los Caballeros Rojos tenían la idea correcta; sin embargo el grupo que él había previsto incluiría a la Iglesia, no se apartaría de ella, y ofrecería un beneficio por muerte más sustancial. Eligieron a un presidente y un secretario, y nombraron un comité de 10 miembros, dominado por los Caballeros Rojos originales, para establecer una constitución y estatutos para un grupo que pronto tomó el nombre de Caballeros de Colón.

La Asamblea del Estado de Connecticut reconoció al nuevo grupo con una carta estatutaria oficial en marzo de 1882, y los primeros miembros fueron iniciados en St. Mary unos días después. Al principio la asistencia a las reuniones fue espaciada, con una membresía que rondaba los 30 hombres durante la primavera. Planearon pagar un beneficio semanal de $5 dólares a los miembros que no podían trabajar por enfermedad, y un beneficio de $1000 dólares a las familias de los miembros que murieran, pero antes necesitaban inscribir a 1000 hombres.

‘DESPACIO PERO SEGURO’

El Padre McGivney envió una carta a todas las parroquias de la diócesis, presentándoles su idea. “Con el permiso de nuestro Rmo. Obispo, y de acuerdo con un Acta de la Legislatura del Estado de Connecticut, hemos formado una organización bajo el nombre de Caballeros de Colón”, escribió.

“Nuestro objetivo primario es evitar que la gente entre a las sociedades secretas, al ofrecerles las mismas ventajas, si no es que mayores, a nuestros miembros. En segundo lugar, unir a los hombres de nuestra fe en toda la diócesis de Hartford, a fin de que podamos tener más fuerza para ayudarnos unos a otros en tiempos de enfermedad, proporcionar un entierro decente, y dar un apoyo pecuniario a las familias de los miembros fallecidos”. Pidió a los pastores “ejercer su influencia para la formación de un consejo en su parroquia”.

Dejando los rituales fraternales a otros, el Padre McGivney se enfocó en el componente de seguros de la misión de la Orden. “Estamos avanzando lentamente, pero con seguridad”, escribió en el verano de 1883. “Nuestro lema es ‘Unidad y Caridad’. Unidad con el fin de tener fuerza para ser caritativos unos hacia otros con benevolencia mientras vivimos, y otorgar ayuda económica a quienes dejamos para llorar nuestra ausencia”.

En 1885, se formaron nuevos consejos, con un ritmo de dos por mes. El 1˚ de marzo de 1885, un empleado de Hartford, de 30 años, Dennis J. O’Brien, secretario del Consejo Green Cross #11, murió de neumonía, la primera muerte de la Orden. Su familia recibió $963 dólares y 500 Caballeros marcharon detrás de su carro fúnebre con insignias de luto. El 6 de abril, Dennis Devine, de 35 años, del Consejo Genoa 9 en Meriden, Conn., murió de tuberculosis, y otros dos murieron el mes siguiente: Michael Curran (de 40 años, Consejo San Salvador 1, inflamación del cerebro) y James Creed (de 36 años, Consejo Washington 4, infección de ántrax).

Sus familias recibieron el beneficio completo del seguro de $1000 dólares, cumpliendo la promesa en la que el Padre McGivney había basado la Orden.

El Padre McGivney también murió joven-- de neumonía-- dos días después de su cumpleaños número 38, en 1890. Sus sobrevivientes incluían a los 6,000 Caballeros miembros de la Orden que había iniciado con aquellos pocos jóvenes entusiastas, en una noche de invierno en el sótano de St. Mary.

Él fue uno de los 66 Caballeros que murieron ese año, y sus beneficiarios tuvieron derecho al beneficio por muerte de $1000 dólares, que él consideraba tan esencial para las familias disminuidas por una muerte temprana. Su beneficio fue para Annie y Maggie McGivney, sus hermanas.

En el momento en que la Orden celebró su 75˚ aniversario en 1957, contaba con un millón de miembros, con $690 millones de dólares en seguros vigentes. (En 1960, alcanzó $1,000 millones de dólares en seguros). “¿Qué están tratando de hacer, convertir en organización de seguros Caballeros de Colón?” El Caballero Supremo, Luke Hart, escribió en su informe al Consejo Supremo ese año, planteando una pregunta retórica. “Por supuesto”, continuó. “El Padre McGivney la creó como organización de seguros. Ése fue su propósito primordial y siempre ha sido así”.

KEVIN COYNE es un autor galardonado, que trabaja actualmente en una historia de Caballeros de Colón. Vive en Freehold, N.J., con su familia.