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Defiende a la Iglesia

4/28/2006

La biografía recientemente publicada de Padre Michael J. McGivney, Sacerdote Parroquial (William Morrow, $24.95 US/$32.95 CAN), nos ayuda a comprender mejor el mundo en el que vivían los inmigrantes católicos irlandeses a finis del siglo 19. Sus familias habían salido de Irlanda para escapar del hambre, la pobreza crónica y una persecución religiosa incesante. Pero aun luego de llegar a los Estados Unidos, continuaron enfrentando la pobreza, la discriminación y la persecución religiosa. Aunque los inmigrantes irlandeses estaban entre los que construyeron la infraestructura de los Estados Unidos, sufrieron no sólo debido a su herencia irlandesa sino también por su fe católica romana.

Incluso en la época del Padre McGivney, la Iglesia en los Estados Unidos vivía a la sombra del Know Nothing Party (Partido Nada Sabe). Los seguidores de los Nada Sabe creían que todos fueron creados iguales — excepto los católicos, extranjeros y afroamericanos. Cuando se les preguntaba sobre su filosofía política, los miembros de esta organización secreta respondían: “No sé nada”, cuando, en efecto, todos sabían que su objetivo principal eran los católicos irlandeses. Hicieron cuanto pudieron para que se le negaran los derechos a los irlandeses católicos. Organizaron violencia pública en contra de ellos. Sobre todo, buscaban asegurarse de que ningún católico irlandés — y nadie que se casara con un irlandés católico — nunca fuera elegido a un cargo público o que sirviera en un puesto gubernamental de responsabilidad.

Durante un tiempo los Nada Sabe tuvieron tracción política. En 1855 ganaron las elecciones en nueva estados y 75 miembros del Congreso pertenecían a los Nada Sabe. Luego de eso, su poder como partido político organizado disminuyó — pero sus puntos de vista intolerantes continuaron teniendo actualidad en la cultura estadounidense de la forma de pensar prevalente. Después de todo, no ha pasado mucho tiempo desde que los círculos de negocios colocaran letreros que decían “Los irlandeses no deben aplicar”. Tampoco hace mucho tiempo que los católicos también estuvieron excluidos de puestos claves en el gobierno, en los negocios y en círculos académicos. Tomó generaciones irlandeses americanos valientes y muy trabajadores (ayudados en gran medida por parroquias, escuelas y universidades católicas) vencer tal intolerancia y lograr esa mejor vida que sus antepasados habían buscado durante largo tiempo.

Mucho ha cambiado desde el siglo 19. Es poco probable que un partido político organizado específicamente contra los católicos romanos hubiera tenido siquiera el respeto breve que lograron los Nada Sabe. Pero estaríamos equivocados imaginarnos que su filosofía se haya desvanecido. Es una lástima que aún esté viva y activa y disfrute de considerable respeto político, especialmente en legislaturas estatales a través de los Estados Unidos. Muy similar a lo sucedido con nuestros antepasados, estamos pagando un precio alto por defender la vida, por defender el matrimonio tradicional, y por esforzarnos a influir a la sociedad en general con valores que surgen no sólo de la fe sino también de la razón.

El Nada Sabe de hoy con frecuencia asume la forma de legislación estatal que pretende ser para el bien común pero en efecto está dirigida en contra de las diócesis católicas así como sus instituciones de cuidado de la salud, sociales y educativas. Por ejemplo, en la sesión legislativa de Connecticut que recién finalizó, la Iglesia se ha tenido que defender de legislación que hubiera obligado a los hospitales católicos a violar la enseñanza moral de la Iglesia administrando la píldora de la mañana siguiente a víctimas de asalto sexual sin realizar pruebas adecuadas de embarazo y ovulación. De igual forma se presentó, un proyecto de ley que habría perjudicado a Caridades Católicas obligándola a pagar los mismos níveles de sueldos que los empleados estatales. Otro proyecto de ley hubiera forzado a la Iglesia a sindicalizar a sus maestros — una medida que hubiera significado el fin de la mayoría de nuestras escuelas, En otros lugares, las legislaturas están enfocándose en el sigilo de confesión y eliminando cualquier conversación privilegiada con un sacerdote, ministro o rabino. Otras legislaturas están prolongando la crisis de abuso sexual al aprobar leyes que eliminan los estatutos de limitación o expandiéndolos retroactivamente. Esto permite que se presenten reclamaciones civiles respecto a incidentes que se supone ocurrieron hace muchos, muchos años contra la Iglesia con muy poca o ninguna evidencia que los respalde. El propósito de esas leyes es perjudicara la Iglesia económicamente. Su efecto es recompensar a abogados litigantes que por lo general se llevan entre una tercera y una cuarta parte de todos esos acuerdos. Mientras tanto, se presta muy poca atención al abuso sexual en nuestras escuelas públicas.

Quienes buscan imponer la mano dura del gobierno sobre instituciones católicas alegan no saber que están poniendo en peligro la libertad religiosa. Quienes presentan esos proyectos de ley que arruinarían económicamente a la Iglesia y sus instituciones alegan no saber el efecto devastador que su legislación punitiva tiene sobre aquéllos a quienes servimos, especialmente los pobres y menos privilegiados. El año pasado, por ejemplo, las escuelas católicas de Connecticut le ahorraron a los contribuyentes del estado más de $400 millones y proveyeron una excelente educación no sólo a quienes la podían pagar sino a otros que no cuentan con opciones educativas decentes. Nuestros hospitales proveen millones y millones de dólares de cuidado sin compensación alguna para los pobres, y en la mayoría de las comunidades, Caridades Católicas es la fuente más grande de servicios sociales que no suple el gobierno. Entonces, ¿por qué los legisladores ponen sus miras contra instituciones que hacen tanto bien? ¡Alegan que no saben nada!

¡Ya es hora de que comencemos a saber! Es hora de que conozcamos las magníficas buenas obras que aportan nuestras instituciones educativas, de cuidado de la salud y de servicios sociales de la Iglesia. Es también hora de que conozcamos las posiciones de nuestros legisladores respecto a proyectos de ley que causan daño a la Iglesia para luego exigir algo mejor de quienes nos representan en la vida pública. Tenemos que hacer esto comunicándonos personalmente con nuestros legisladores y por medio del voto en las elecciones.

¡La idea colombina del Patriotismo no nos exige nada menos!