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El Bien del Orden

11/1/2017

por el Arzobispo William E. Lori, Capellán Supremo

Podemos superar los desacuerdos por medio de la caridad, unidad y fraternidad que compartimos y por su propio bien

Arzobispo William E. Lori, Capellán Supremo

LA LEYES DEL ORDEN de Robert, este respetado libro de reglas sobre la forma de dirigir una reunión estipula que toda reunión debe incluir un segmento intitulado el “bien del orden”. Se trata de un tiempo reservado para que los participantes compartan sus comentarios y observaciones sobre la organización y su funcionamiento. También es el momento que se reserva para los asuntos disciplinarios relacionados con los demás miembros.

Esto es lo que significa “el bien del orden” para los parlamentarios avanzados. Pero cuando oigo esta frase, también pienso en los Caballeros de Colón. Pienso en el bien de nuestra Orden, fundada en 1882 por el Venerable Padre Michael J. McGivney. Ni siquiera él podría haber imaginado cuánto crecería su amada Orden y todo el bien que haría por sus miembros, sus familias, la Iglesia y por comunidades del mundo entero.

OPINIONES BIEN DEFINIDAS

Pienso sobre quiénes constituyen Caballeros de Colón y todo lo que hacen al servicio de los demás, y me pregunto “¿Cómo puedo promover el bien de la Orden?”

Por mí mismo no puedo responder a esta pregunta como es debido, porque el bien de la Orden no puede reducirse únicamente a mi opinión. Lo mismo puede decirse de todo Caballero de Colón. La Orden a la que nos hemos unido no es una sociedad de debates, ni tampoco una arena donde celebramos una competencia de voluntades. Es una organización que tiene sus raíces en la caridad, que se expresa con una unidad de mente y corazón genuina y en una hermandad de servicio. De hecho, nuestra capacidad para hacer grandes cosas por nuestros miembros, nuestra Iglesia y nuestro mundo depende de nuestra voluntad de preservar y fortalecer esta solidaridad.

Una y otra vez he experimentado la gran dedicación de numerosos hermanos Caballeros. En su dedicación a la Iglesia, son apasionados sobre los principios sobre los que fue fundada Caballeros de Colón, sobre la hermandad que compartimos y sobre las buenas obras que realizamos. Este compromiso y esta pasión a veces provocan opiniones bien definidas, y la experiencia nos enseña que éstas pueden diferir. En ocasiones podemos no estar de acuerdo con una decisión que ha tomado nuestro consejo local o de estado, o con alguna que proviene del Supremo. Una vez que hemos expresado nuestra opinión en forma respetuosa y convincente, puede que nos sintamos molestos porque no prevaleció. Cuando esto sucede, resulta fácil mandar a volar nuestra unidad y caridad, como se dice vulgarmente. Por desgracia, algunos de nuestros hermanos Caballeros incluso deciden retirarse.

Si es que decidimos llegar a esta encrucijada, creo firmemente que debemos detenernos, mirar y escuchar. Debemos detener nuestro enojo, mirar de qué se trata realmente la Orden y escuchar la voz del Señor.

SOLIDARIDAD EN CRISTO

El primer paso es dominar nuestra ira. Existe la ira justificada cuando presenciamos la injusticia o corrupción. Sin embargo, no es lo mismo que guardar una enemistad, rencores, rivalidades o incluso pensamientos de venganza en contra de una persona que nos colma la paciencia. Cuando nutrimos nuestra ira en contra de líderes u otros miembros de la Orden, minamos la unidad y fraternidad que distingue y engrandece a los Caballeros de Colón.

Luego está la necesidad de examinar con cuidado qué es esencial para la vida de la Orden. La caridad que compartimos no es solo nuestra buena voluntad, sino la caridad de Cristo. La unidad que compartimos no es solo un simple consenso humano, sino la unidad de la Santísima Trinidad. Y nuestra hermandad es la del Hijo de Dios que se convirtió en uno de nosotros y se nos unió. Si piensan que esto suena un tanto exagerado, por favor, reconsidérenlo. Nuestra Orden fue fundada como una organización católica por un párroco que nos acercó a Cristo y a la Iglesia. Nuestros principios provienen del Evangelio y nos permiten adentrarnos más en el Evangelio.

Nuestra solidaridad en Cristo, por ejemplo, es más que un acuerdo basado en un interés común. Es una virtud moral y un poder otorgado por Dios para unirnos y hacer el bien en grande. No cabe duda de que nuestra fraternidad es el camino a una gran amistad que se extiende a nuestras familias y es una fuente de un apoyo verdadero para vivir nuestra fe, en especial en épocas difíciles. Pero en nuestra solidaridad no estamos confinados a nuestros intereses y opiniones personales. Participamos en algo mucho mayor que nosotros mismos y realizamos cosas que nunca lograríamos solos. Compartimos profundamente la fe y humanidad del otro y juntos nos abrimos a la gracia de Dios.

Así, aunque es natural sentirse molestos cuando las cosas no salen como queremos y no toman en cuenta nuestro punto de vista, no debemos permanecer enojados y olvidar el panorama general.

Finalmente, debemos escuchar…en primer lugar la voz del Señor y de la Iglesia, luego a nuestros seres queridos y después a nuestros hermanos Caballeros. De vez en cuando, por nuestras opiniones decididas puede resultarnos difícil rezar para discernir la voluntad de Dios y escuchar lo que nos dicen la Iglesia u otros. Por lo tanto, debemos mantener las cosas en perspectiva desarrollando nuestra vida de oración: escuchando la voz del Señor y buscando su voluntad en nuestra vida. Luego, cuando hablemos, aunque no estemos de acuerdo, nuestras palabras tendrán un tinte de sabiduría y autenticidad.

Con esto en mente, dediquémonos todos una vez más al bien de la Orden.