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Una Primavera Espiritual

2/1/2018

por el Arzobispo William E. Lori, Capellán Supremo

Las prácticas de Cuaresma de oración, ayuno y limosna pueden renovar nuestra vida en Cristo

Arzobispo William E. Lori, Capellán Supremo

A VECES, la sola mención de la Cuaresma puede parecer sombría, como un triste y largo día. La Cuaresma consiste, de hecho, en 40 días y 40 noches de oración, ayuno y limosnas. ¿Quién puede soportarlo?

Sin embargo, la palabra “Cuaresma” no tiene relación con la oscuridad ni la desesperación. Todo lo contrario. El significado original de la palabra en realidad tiene que ver con la primavera. Cuando la Cuaresma inicia, es invierno. Pero para el momento en que la Cuaresma concluye, los días son cada vez más largos y las forsitias están en flor. Aún si hay una nevada fuera de temporada, sabemos en el fondo, que el invierno está dando su último suspiro.

La Cuaresma, entonces, representa una nueva primavera en nuestra vida espiritual. Es un tiempo en que la obscuridad del pecado da paso a una nueva luz de la gracia.

TEMPORADA DE RENOVACIÓN

Tres analogías pueden ayudarnos a ver la Cuaresma en términos de una primavera espiritual.

Primero, así como hacemos una limpieza en primavera, lavando la suciedad y la mugre que se acumula durante los meses de invierno, así también la Cuaresma es una época para limpiar nuestras almas y nuestros corazones, convirtiéndolos en una hermosa morada para el Señor.

O para usar otra comparación, la primavera es la época en la que los agricultores limpian el terreno de escombros y aran la tierra, dando así a las semillas que plantan todas las oportunidades para germinar. Entonces, también, en la Cuaresma debemos limpiar el terreno de nuestros corazones de los escombros del pecado y la madera muerta del odio; con disciplina espiritual, cultivamos y enriquecemos el suelo de nuestras almas para que la semilla de la Palabra de Dios, plantada en nosotros en el bautismo, germine y crezca.

Finalmente, en invierno, a veces nos sentimos mal debido a los contaminantes interiores que degradan el aire que respiramos. Cuando el clima se hace más cálido, abrimos las ventanas para dejar entrar aire fresco. Tan solo la idea de salir de la casa y dar un paseo nos hace sentir mejor. Pero, ¿No es cierto que a veces “aislamos” nuestros corazones? Cuando nos volvemos egocéntricos, cerramos las ventanas de nuestra alma al amor de Dios y las necesidades de los demás. Entonces, el aire espiritual que respiramos se vuelve sofocante, incluso contaminado, con autocompasión, impureza, ira, rencores y pensamientos de venganza. La Cuaresma es un momento para abrir las ventanas de nuestra alma, para permitir que el aire fresco del amor de Dios circule de nuevo en las profundidades de nuestro corazón, y para movernos hacia afuera, hacia nuestros hermanos y hermanas necesitados.

Una vez que vemos la época de la Cuaresma como el heraldo de una nueva primavera en nuestra vida espiritual, las prácticas de la Cuaresma ya no son intrusiones inoportunas en nuestra comodidad. Por el contrario, se convierten en presagios de esperanza para una forma de vida más centrada en Cristo. Estas prácticas penitenciales son indicadores y herramientas de la misericordia de Dios; misericordia que siempre está disponible para nosotros. La Divina Misericordia tiene el poder de transformar nuestra forma de vida.

Con esta perspectiva en mente, revisemos brevemente las tres prácticas principales de la Cuaresma, con nuestros ojos fijos en el objetivo de una alegría espiritual renovada y una mayor santidad de vida.

LA PRÁCTICA DE LA FE

Comencemos con la oración o conversación con Dios. Hay muchas formas de orar, pero concentrémonos en una: la oración mental y silenciosa, cuando estamos solos con Dios y su voz hace eco en nuestros corazones. Esta piadosa soledad requiere que apaguemos todos nuestros dispositivos electrónicos, que bloqueemos las distracciones y que simplemente le pidamos al Señor que nos permita vernos tal como Él nos ve. Esto es más que autoconciencia. Es pedir al Señor que nos ayude a medir nuestra vida de acuerdo a Sus estándares, no los nuestros. Se trata de, humildemente, pedir al Señor la gracia y la fortaleza para enfrentar nuestros pecados manifiestos, así como también la escondida corrupción que con frecuencia ocultamos a los demás e incluso a nosotros mismos.

No sé ustedes, pero cuando rezo de esta manera, me doy cuenta de que estoy muy lejos de la marca. Esa oración me conduce a buscar la misericordia del Señor y a hacer una confesión que me desahoga de mis pecados. La Cuaresma es, por excelencia, el tiempo para crecer en la oración y para recibir el sacramento de la reconciliación. Es un primer paso esencial en la limpieza espiritual de la casa.

Una segunda práctica de Cuaresma es el ayuno o alguna otra forma de auto negación. No es lo mismo que ponerse a dieta. Más bien, privarnos de comida está relacionado con el arduo proceso de vaciarnos de todo lo que obstruye la gracia de Dios para que trabaje en nosotros y a través de nosotros. El ayuno logra ayudarnos a arrancar nuestros hábitos de pecado profundamente arraigados y nuestro interminable deseo de comodidad, de conveniencia, de poder y de estima. La disciplina de renunciar a la comida o a otras comodidades es una manera de labrar la tierra de nuestra alma, haciéndola receptiva a la Palabra de Dios.

Una práctica final de la Cuaresma es la limosna, que incluye darnos a nosotros mismos y nuestros recursos a aquellos que están necesitados. La práctica de la caridad es la forma de abrir la ventana de nuestra alma al amor de Dios, olvidando nuestros propios deseos y necesidades, y en cambio, concentrándonos en las necesidades de otros, especialmente los pobres y vulnerables. Cuando abrimos nuestro corazón al amor de los necesitados, el aire viciado del egocentrismo se disipa, mientras el aire fresco del amor sacrificial de Jesús circula a través de nuestro ser más íntimo, y así nos sentimos espiritualmente revigorizados. Para nosotros, como Caballeros, esta práctica de la caridad debiera ser una segunda naturaleza.

La oración, el ayuno y la misericordia son, de hecho, inseparables. Como nos lo enseñó San Pedro Crisólogo (+450): “El ayuno es el alma de la oración, la limosna es la sangre del ayuno… Cuando ayunes, observa el ayuno de los demás. Si quieres que Dios sepa que tienes hambre, date cuenta que el otro está hambriento. Si quieres misericordia, muestra misericordia”.

De esta manera, que nuestra observancia de la Cuaresma nos lleve a experimentar una vida renovada en Cristo y la alegría en el Espíritu Santo.