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La Plenitud de la Misericordia

4/1/2019

por el Arzobispo William E. Lori, Capellán Supremo

Por la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, no se niega nuestra necesidad de arrepentimiento y perdón, por el contrario, se confirma

Arzobispo William E. Lori, Capellán Supremo

HACE MUCHOS AÑOS, le pedí a un pastor que organizara una celebración diocesana del Domingo de la Divina Misericordia en su parroquia. Su respuesta fue desalentadora. A pesar de que la Iglesia respalda esta devoción y que San Juan Pablo II la promovió fervientemente, el pastor consideró que esto contrastaba con el júbilo de la Resurrección. “Pedir misericordia y acudir a la confesión son actos de arrepentimiento que forman parte de la Cuaresma”, dijo. “¡En nuestra parroquia, la Pascua es un tiempo de regocijo!”

A veces reflexiono sobre la respuesta de este sacerdote quien se basó en una interpretación bastante común y errónea del misterio de la Pascua. Es como si nuestra necesidad de hacer penitencia, buscar el perdón y pedir misericordia desapareciera en un abrir y cerrar de ojos al final de la Semana Santa. Podríamos pensar que junto con el inicio de la Pascua se obtiene el amor incondicional del Salvador, un amor que nos afirma sin cuestionarnos, un amor que no nos exige reflexionar sobre la forma en que vivimos nuestras vidas.

Tal equivocación puede darse incluso en las vidas de católicos bastante fieles quienes toman muy en serio la disciplina de la Cuaresma. Por ejemplo, puede que algunas personas hayan ayunado durante la Cuaresma, pero durante el domingo de Pascua y días posteriores, viven de manera autocomplaciente. Otros puede que hayan decidido dejar de chismear, pero llegado el lunes de Pascua, vuelven a esparcir el chisme. En otras palabras, la Pascua es percibida como un tiempo para regocijarse porque nuestra penitencia durante la Cuaresma ha terminado, lo que indica que se regresa a la vida cotidiana. No creo que esta sea la intención que la Iglesia tiene para el tiempo de Pascua.

Al prestar mucha atención a la liturgia en sí, vemos un escenario diferente. La Escritura, la liturgia y la doctrina mantienen unido como un movimiento dinámico el sufrimiento, la muerte, la resurrección y el enaltecimiento en el cielo del Señor encarnado. Estos eventos en la vida de Cristo se conocen como el Misterio Pascual; la palabra “pascual” o “pascua” se refiere al paso de la muerte a la vida del Señor. Jesús, el Cordero de Dios sin pecado, tomó en sí mismo los pecados de la humanidad. Luego, tuvo lugar la travesía de la muerte, una muerte que representaba nuestra condición pecaminosa hacia la gloria de la resurrección. En su amor misericordioso, triunfó sobre el pecado y la muerte y abrió el camino de la misericordia para toda la humanidad.

La Pascua no significa que los seres humanos pecaminosos ya no necesiten la misericordia de Dios, sino que en el Señor crucificado y resucitado, la misericordia divina está disponible en abundancia. ¡El Señor nos ama con un amor más fuerte que el pecado y la muerte! ál ha hecho posible nuestro éxodo de la muerte del pecado a la nueva vida de gracia y, al final, a la plenitud de la vida en el cielo. Es por eso que nos regocijamos incluso mientras seguimos buscando su misericordia.

El Señor ha ganado la victoria por medio de su cruz y su resurrección; ahora la cuestión que se nos plantea a cada uno de nosotros es si participaremos o no en esta victoria. Es decir, ¿permitiremos que el Señor en su gracia y bondad forme parte de nuestra libertad? ¿Permitiremos que la victoria del Señor combata nuestra pecaminosidad, para que sane nuestros corazones con amor y llegue a lo más íntimo de nuestra alma donde aún se esconde la oscuridad del pecado? o ¿Nos mantendremos aislados frente a un amor tan grande y permitiremos que nuestro propio amor permanezca superficial?

En el Domingo de la Divina Misericordia, el Evangelio relata cómo el Señor resucitado se presentó ante los Apóstoles y les dio el poder de perdonar los pecados. No hay mejor día para la confesión. En el Domingo de la Divina Misericordia, el rosario de la Divina Misericordia se reza en común. ¡Qué maravillosa manera de expresar nuestra necesidad por la misericordia del Señor! Durante el Domingo de la Divina Misericordia también se lleva a cabo la adoración eucarística y la Bendición. ¡Qué hermosa oportunidad para permitir que el Señor resucitado, verdadera y sustancialmente esté presente en el Santísimo Sacramento del Altar, contemplándonos con una mirada de amor, una mirada de misericordia!

En este tiempo de Pascua, que podamos conocer la plenitud del júbilo al experimentar la plenitud de la misericordia.