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Sacerdotes para el pueblo

11/1/2017

por Carl A. Anderson, Caballero Supremo

El Beato Stanley Rother y el Padre James Coyle dieron su vida en el servicio y sacrificio sacerdotal

Carl A. Anderson

Carl A. Anderson

EN UN VIAJE a Roma en la década de 1980, tuve una larga conversación con un sacerdote africano que servía en el Vaticano. Nos hicimos amigos, y acaba de volver de unas vacaciones en Guatemala. Cuando le pregunté acerca de su viaje, respondió que le había ido muy bien, pudo relajarse, retomar su lectura y tener el descanso que tanto necesitaba.

Pero también estaba muy inquieto por lo que había visto ahí en relación con la situación de los indígenas. “Tratan a esa gente como animales”, dijo conmovido.

Sus palabras me impactaron, ya que años antes había vivido una violenta transición en su propio país, después de siglos de un gobierno colonial hasta la independencia.

Recordé su conversación en septiembre mientras esperábamos la ceremonia de beatificación del Padre Stanley Rother en Oklahoma City.

El Beato Satanley Rother fue un sacerdote de Oklahoma que servía como misionero entre el pueblo Tz’utujil en las montañas de Guatemala. Fue uno de los 10 sacerdotes asesinados en Guatemala en 1981, y el séptimo en menos de tres meses. Advertido de que su nombre se encontraba en una “lista de la muerte”, volvió a la granja de sus padres en Oklahoma y ahí habría podido permanecer seguro.

Pero el Padre Rother dijo repetidamente, “El pastor no puede correr ante el primer signo de peligro”. Volvió a su parroquia en Santiago Atitlán, consciente de lo que enfrentaría. Poco tiempo después, tres hombres lo asesinaron en su rectoría.

San Francisco de Sales dijo una vez, “Toda la ciencia de los santos está incluida en estas dos cosas: Hacer y sufrir. Y quien haya hecho estas dos cosas mejor, se ha hecho más santo”. El Beato Stanley Rother hizo ambas cosas con valentía.

Volviendo a la beatificación del Padre Rother, también pienso en otro sacerdote, un hermano Caballero de Colón, asesinado en su propia rectoría 60 años antes.

En la época en que el Ku Klux Klan se afirmaba como un poder nacional y movilizaba una campaña antiinmigrante en todo el país, el Padre James Coyle emergió como un vocero en defensa de los obreros católicos en las minas de carbón y las fábricas del norte de Alabama. Como resultado, pronto se convirtió en objetivo de las amenazas de muerte.

Pero al igual que el Padre Rother, el Padre Coyle se negó a abandonar a su rebaño. El 11 de agosto de 1921, después de celebrar el matrimonio de la hija de un ministro protestante y un obrero migrante puertorriqueño, el padre de la mujer, que también era miembro del Klan, se acercó al Padre Coyle en su rectoría y lo mató a tiros.

El Papa Juan Pablo II habló a menudo de lo que llamaba el “misterio nupcial” en el corazón del amor de Cristo por su Iglesia, que vemos reflejado en el amor de un sacerdote por sus feligreses.

En su libro Don y misterio, Juan Pablo II pregunta, “¿Qué significa ser sacerdote? Y escribe, “De acuerdo con San Pablo, significa sobre todo ser guardián de los misterios de Dios… El guardián no es el propietario, sino aquel a quien el propietario le confía sus bienes… El sacerdote recibe de Cristo los tesoros de la salvación”.

Vemos en el sacrificio del Padre Rother y el Padre Coyle que ellos comprendían, como guardianes y pastores, que entre los “tesoros de la salvación” que se les habían confiado estaba el Pueblo de Dios de su parroquia. Ambos estaban dispuestos a vivir in persona Christi, a costa de su propia vida, como sacerdote y víctima por su pueblo.

Esta misma devoción se refleja en la vida de nuestro fundador, el Venerable Siervo de Dios Padre Michael McGivney, cuyo sacrificio diario por las familias de su parroquia formada en gran parte por inmigrantes lo llevó a la enfermedad que terminó con su vida a los 38 años.

Agradecemos al Papa Francisco por llamar la atención del mundo acerca de la valiente vida de santidad que marcó la vida y la muerte del Beato Stanley Rother. Que este santo sacerdote ore por nosotros y por todos los católicos, que nosotros también seamos dignos guardianes de los bienes que el Señor nos ha encomendado.

¡Vivat Jesús!