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Homilía del Arzobispo Stefan Soroka,
Arzobispo de la Arquieparquía Católica Ucraniana de Filadelfia, Arzobispo Metropolitano de los Católicos Ucranianos en Estados Unidos

Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo
Miércoles 5 de agosto de 2015
durante la 133ª Convención Suprema de Caballeros de Colón
Filadelfia, Pa.

Slava Isusu Christu! ¡Alabado sea Jesucristo!

Cuando Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan y los llevó aparte al monte Tabor, San Pedro exclamó, “Señor, ¡qué bien estamos aquí!”. (Mateo 17, 4). Esta mañana, repito las mismas palabras.

IEs bueno para nosotros estar aquí, en esta nuestra Ciudad del Amor Fraternal, para la 133ª Convención Suprema de Caballeros de Colón. Aquí en Filadelfia, en el Salón de la Independencia, a sólo unas manzanas de de distancia, hace 239 años nuestros Padres Fundadores juraron “dar su vida, su fortuna y su sagrado honor” cuando dieron nacimiento a una nueva nación. El edificante documento de la Declaración de Independencia, en el que estamparon sus firmas, inspira el tema de la convención suprema de este año, “Dotados por su Creador de vida y libertad”. Deseo elogiar y dar gracias a todos mis Hermanos Caballeros por su defensa del derecho a la vida, desde su concepción hasta su muerte natural, así como por su firme vigilancia contra cualquier infracción del gobierno hacia nuestro derecho a la libertad religiosa y a la libertad.

También es bueno para nosotros estar aquí esta mañana para participar en esta Divina Liturgia Eucarística de San Juan Crisóstomo. Agradezco mucho a nuestro Caballero Supremo Carl A. Anderson, por su amable invitación a celebrar esta Divina Liturgia de la Iglesia Católica Ucraniana, una de las 23 Iglesias Católicas Orientales en unión con la Sede de Pedro, de las cuales 18 sirven a sus fieles en Estados Unidos. También agradecemos a todos la asistencia brindada por su personal para capturar la belleza y espiritualidad de nuestra tradición litúrgica, la cual, en palabras de San Juan Pablo II, el “sentido de la realidad divina se refleja en la celebración litúrgica…y todos los fieles del Oriente cristiano perciben tan profundamente el sentido del misterio…” (Carta Apostólica a las Iglesias Orientales, 2 de mayo de 1995, Orientale Lumen, 6).

Los Padres del Concilio Vaticano Segundo declaran, “Todos conocen con cuánto amor los cristianos orientales celebran el culto litúrgico, sobre todo la celebración eucarística, fuente de la vida de la Iglesia y prenda de la gloria futura, por la cual los fieles unidos a su Obispo, al tener acceso a Dios Padre por medio de su Hijo el Verbo encarnado, que padeció y fue glorificado en la efusión del Espíritu Santo, consiguen la comunión con la Santísima Trinidad, hechos ‘partícipes de la naturaleza divina’” (2 Pedro 1,4) 15. (Concilio Ecuménico Vaticano Segundo, Decreto sobre el Ecumenismo, Unitatis Redintegratio, 15).

En su Carta Apostólica sobre las Iglesias Orientales Lumen, San Juan Pablo II escribe: “La participación en la vida trinitaria se realiza a través de la liturgia y, de modo especial, la Eucaristía, misterio de comunión con el cuerpo glorificado de Cristo, semilla de inmortalidad. En la divinización y sobre todo en los sacramentos la teología oriental atribuye un papel muy particular al Espíritu Santo: por el poder del Espíritu que habita en el hombre la deificación comienza ya en la tierra, la criatura es transfigurada y se inaugura el Reino de Dios. ...Se puede resumir en el pensamiento ya expresado por san Ireneo al final del siglo II: Dios ha pasado al hombre para que el hombre pase a Dios” (Orientale Lumen, 6.)

Este pensamiento, “Dios pasó al hombre para que el hombre pase a Dios”, puede observarse visualmente en los iconos que hoy nos rodean. En el Icono de Cristo el Maestro del lado derecho del altar, la túnica de Jesús es roja, lo que representa su divinidad. El manto azul que usa representa su humanidad. Dios, el Divino, se vuelve hombre.

Debajo del altar se encuentra un Icono de la Madre de Dios, Theotokos. La túnica azul de María representa la humanidad. Su prenda exterior es roja, que representa el manto de la Divinidad que adquiere como Madre de Dios.

San Juan Pablo II, al comentar la transformación del hombre a través de la divinización, escribe: “nos preceden aquellos a quienes la gracia y el esfuerzo por la senda del bien hizo ‘muy semejantes a Cristo”: los mártires y los santos. Y entre éstos ocupa un lugar muy particular la Virgen María… Su figura no es sólo la Madre que nos espera, sino también la Purísima que…es icono de la Iglesia, símbolo y anticipación de la humanidad transfigurada por la gracia…” (Orientale Lumen, 6.)

Hermanos y hermanas en Cristo, todos nosotros comenzamos nuestro camino de transformación, de transfiguración en este camino de divinización desde el momento del bautismo. En el momento en que fuimos “bautizados en Cristo, nos hemos vestido de Cristo”. Comenzamos a vivir la real y transformadora unión con Dios como seres humanos para adquirir nuestro manto de divinidad.
De forma especial, los hombres que eligen convertirse en Caballeros de Colón, siguiendo los pasos de su fundador, el Padre Michael McGivney, también viven una transformación especial a medida que se transfiguran en este camino de divinización.

Como sacerdote, tuve el privilegio de colaborar en la organización de un nuevo consejo en mi parroquia. Vi a hombres que nunca fueron muy activos en la vida la iglesia unirse a los Caballeros por la oportunidad de trabajar con otros en programas parroquiales para jóvenes y niños, entre los cuales a menudo se encontraban sus propios hijos. Hombres que habían sido silenciosos, a veces tímidos y relativamente sencillos, fueron transformados en líderes dedicados y enérgicos en la parroquia y en la comunidad mayor. Se volvieron tan prominentes, tan confiables, ¡que no dudaban incluso en aconsejarme lo que debía hacer! Su naturaleza cambió. El poder de la oración fraternal y las obras de caridad en un ambiente de unidad con el amor patriótico por Dios, la Iglesia y el país transformó a estos hombres y a sus familias. Comenzaron a vivir una vida transformada de amor y gracia en los caminos de Nuestro Señor. Ahora viven una vida en unión con Dios que los ama incondicionalmente.

Esta nueva personificación a su vez inspiró a estos Caballeros y a sus familias a ayudar con servicio a las necesidades de los demás, a vivir las Bienaventuranzas.

Todos nosotros hemos presenciado y hemos vivido este poder transformador que ser miembro de Caballeros de Colón ha producido en nuestra vida y en la vida de los demás.

En palabras de Nuestro Señor, nos transformamos en “la sal de la tierra” y en “la luz del mundo”. (Mateo 5, 13, 14).

 

Antiguamente la sal era un valioso mineral. A las personas les pagaban sus labores con sal, de donde proviene la palabra salario. La sal tiene dos funciones: la sal preserva el alimento y también mejora y perfecciona el sabor del alimento.

Hermanos Caballeros, al igual que la sal de la tierra, ustedes también son valiosos para el mundo. Preservan los valores morales, éticos y religiosos así como las enseñanzas en un mundo amenazado por el mal y la inmoralidad. También mejoran y perfeccionan la calidad y el sabor de la vida de las personas en todo el mundo a través de sus numerosos actos de caridad, al igual que la sal mejora la calidad y sabor del alimento. Sé de manera personal cuántos miles de personas en Ucrania, incluyendo a los heridos y a los marcados psicológicamente por la guerra, mejoraron su vida mediante la generosa ayuda humanitaria de los Caballeros de Colón, por lo que estamos profundamente agradecidos.

Como luz del mundo, ustedes no sólo difunden la luz de Cristo en un mundo en tinieblas, sino que con su ejemplo permiten que su luz “brille ante otros…a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”. (Mateo 5, 16).

En la Epístola a los Filipenses de hoy, San Pablo describe con inmensa belleza a numerosos Caballeros de Colón. Ustedes son de la misma naturaleza de Jesucristo. Con la misma mente, con el mismo amor, unidad en el corazón, pensando lo mismo. No hacen nada por interés personal o vanidad. Miran humildemente a los demás como si fueran más importantes que ustedes mismos, sin mirar por sus propios intereses, sino por los intereses de los demás.

En su Transfiguración Nuestro Señor reveló su gloria a Pedro, a Santiago y a Juan. Experimentaron la Santísima Trinidad, y a través de Cristo, contemplaron la radiante Luz eterna increada de Dios y escucharon la voz del Padre.

Durante esta Divina Liturgia, nosotros también entramos en comunión con la Santa e indivisa Trinidad y vivimos la Luz Verdadera. Y aunque “es bueno para nosotros estar aquí”, nosotros también debemos descender, como Jesús y sus discípulos, de esta experiencia del monte Tabor en la Divina Liturgia. Transfigurados y divinizados, al igual que la sal y la luz del mundo, sigamos en paz, como Caballeros de Colón, como seguidores de Cristo, para continuar evangelizando y transformando el mundo, viviendo y compartiendo el Evangelio de acuerdo con el plan divino de Dios.

Slava Isusu Christu! ¡Alabado sea Jesucristo! ¡Vivat Jesus!