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Misa Commemorativa
Caballeros de Colón
Convención Suprema
St. Louis, Missouri
3 de agosto de 2017

I. Un Legado de Santidad

A. Ya que nuestra Convención Suprema entra en su último día, nos hemos reunido, como es nuestra costumbre, en el banquete del Sacrificio de Cristo, la Eucaristía, para recordar a aquellos que nos han precedido en la fe.

B. Con alegría y agradecimiento, recordamos la vida y el ejemplo de los santos y, en realidad, de todos los hombres santos que fueron miembros o amigos de la Orden. Con amor y devoción, recordamos al Papa San Juan Pablo II, quien fue especialmente cercano a los Caballeros de Colón a lo largo de su Pontificado. Al final de la Misa, el Cardenal Dziwisz nos bendecirá con un frasco que contiene la sangre de su amigo y mentor, el Papa San Juan Pablo II, una preciosísima reliquia que nos une, no solamente al ejemplo histórico del santo pontífice, sino también a su constante intercesión por nosotros en estos días.

C. Hoy recordamos a los Caballeros de Colón nombrados entre los mártires mexicanos, incluyendo San Mateo Correa Magallanes (el Padre Correa) y sus compañeros sacerdotes. Ante la brutal persecución en contra de la Iglesia en México, el Padre Correa y sus hermanos sacerdotes sirvieron fiel y amorosamente a su pueblo y en 1927 dieron testimonio de Cristo al entregar sus vidas en Su Nombre. Así como ellos ofrecían el Sacrificio de Cristo diariamente en el altar, así también reprodujeron en sus propias vidas un sacrificio similar al del Salvador. Los honramos el día de hoy. Llevamos su memoria en el corazón. Pedimos sus oraciones.

D.Y todos los que somos parte de la familia de Caballeros de Colón llevamos en nuestro corazón la memoria viva del fundador de nuestra amada Orden, el Venerable Siervo de Dios, Padre Michael J. McGivney. Grabado en nuestros corazones está el ejemplo de este devoto párroco, que derramó su vida al servicio de su parroquia, St. Mary, en New Haven. Por amor al pueblo de Dios, él creó los Caballeros de Colón como una organización diseñada para fortalecer la fe de esposos y padres, al tiempo que se ocupaba de a sus familias en tiempos de muerte y luto. El amor del Padre McGivney por los pobres, los marginados, los huérfanos y las viudas, permanece como la verdadera estrella que guía todo lo que hace la Orden en el servicio a uno y en el servicio a todos. Que pronto sea elevado a los máximos honores del altar, es decir, a la santidad.

II. Un Legado de Esperanza

A. En unos momentos, en la Oración de los Fieles, se leerán solemnemente los nombres de los Caballeros hermanos en la fe que se han ido antes que nosotros, durante el pasado año fraternal. Mientras escuchan, ustedes oirán los nombres de colegas y amigos de la Orden. Muchos de ustedes llevan en sus corazones un recuerdo vivo de aquellos que nos han dejado tan recientemente. También recordarán sin duda, a otros hombres de su jurisdicción que han fallecido:
…caballeros hermanos con los que disfrutaron una amistad,
…caballeros hermanos cuyos familiares conocen,
…caballeros hermanos con los que trabajaron tan de cerca.

B. Nos hemos reunido para ofrecer la Santa Misa por el feliz descanso de sus almas, confiados en esa esperanza expresada con la máxima perfección en el Sacrificio Eucarístico que ofrecemos: el Sacrificio de Cristo, crucificado y resucitado, ese Sacrificio que desató en el mundo el único amor que es “más fuerte que el pecado y más poderoso que la muerte”. Y así, con esperanza, encomendamos a nuestros difuntos Caballeros hermanos al Dios que es rico en misericordia, al Dios que sólo desea nuestra salvación.

III. La esperanza no decepciona

A. Las lecturas de la Escritura de hoy explican la esperanza tan poderosamente expresada y realizada en esta santa liturgia. En su Carta a los Romanos, San Pablo nos dice que la esperanza no decepciona, es decir, la verdadera virtud cristiana de la esperanza no nos decepciona. Aquí San Pablo no se refiere a un vago optimismo de que, al final, todo saldrá bien. Tampoco San Pablo se refiere a un sentimiento tentativo que dice así: “¡Caramba! Me pregunto si Dios realmente quiere decir eso, cuando nos promete la vida eterna”. No, la esperanza a la que San Pablo apostó su vida y su ministerio es una profunda confianza en que Dios nos ama profundamente, más profundamente de lo que podríamos nunca imaginar, y que Él quiere nuestra salvación, no porque obtenga nada de ella, sino simplemente porque en verdad Él nos ama de una manera profunda e incomprensible. No hay rima ni razón aquí. El amor de Dios carece de un “por qué”, a nosotros nos toca perdernos en este amor, estar “todos perdidos de asombro”, alabanza y gratitud.

B. Pablo repite el punto cuando dice que nadie arriesga su vida por otro, excepto posiblemente por una persona realmente buena, entonces así uno podría tener el valor de morir. Sin embargo, dice, el amor de Dios por nosotros está probado cuando vemos que Cristo murió por nosotros mientras aún éramos pecadores, mientras estábamos lejos de Dios, alejados de su amor. Mediante la Cruz, Jesús superó el abismo que crearon nuestros pecados y nos acercó a sí mismo, a su Padre, y el uno al otro. Y más que eso, derramó su vida para que pudiéramos ser salvados de nuestros pecados, y entonces, a través del Espíritu Santo, ese mismo divino amor fue derramado dentro de nuestros corazones. Porque Jesús no vino al mundo solo para hacernos objeto de su piedad, sino que deseaba que nos reconciliáramos verdaderamente con Él y con el Padre, y nos convirtiéramos en sus amigos (Jn. 15:13-14) y en sus colaboradores (1 Cor. 3:9; 1 Jn. 8).

C. Los santos y hombres santos asociados con nuestra Orden apostaron sus vidas a esta verdad y así ellos reinan con Cristo en la gloria, mientras interceden por nosotros y nos alientan en nuestro camino hacia nuestro hogar celestial. Con esa misma esperanza, encomendamos al Señor a todos nuestros compañeros Caballeros difuntos y a las familias, al Señor que es verdaderamente “bondadoso y misericordioso”, al Señor que es un Padre compasivo, “lento para la ira y abundante en bondad” (cf. Salmo 103).

D. El Evangelio explica aún más dramáticamente la esperanza que se expresa y realiza en la celebración del Sacrificio Eucarístico. Porque, como ustedes recuerdan, el Evangelio pinta el cuadro del Juicio Final cuando Cristo vendrá en la gloria, para separar las ovejas de las cabras. En cualquier alma humilde siempre hay una punzada de santo temor para no caer en la presunción y dar nuestra salvación por un hecho. Sin embargo, como miembros de Caballeros de Colón, este pasaje del Evangelio debe llenar nuestros corazones de especial esperanza y ferviente alegría. En efecto, el criterio general, el estándar, por el cual el Buen Pastor juzgará es la caridad, el principio fundacional de Caballeros de Colón. Aquellos amigos y miembros de la Orden que se cuentan entre los santos y beatos derramaron sus vidas al servicio de otros, especialmente los pobres y vulnerables. Y aquellos que hoy encomendamos al Señor de la vida y del amor, fueron nuestros socios en las obras de caridad de Caballeros de Colón, una caridad que es tan intensamente local, como de largo alcance.

E. Junto con ellos, nuestros hermanos Caballeros difuntos, proporcionamos abrigos de invierno a los niños de los barrios deprimidos; con estos mismos Caballeros reconocimos la imagen de Cristo en un joven que compite en las Olimpiadas Especiales. Con nuestros compañeros Caballeros, ahora en la eternidad, ayudamos a las familias que enfrentan desastres naturales, el fuego, y la muerte de sus seres queridos; aún en solidaridad con toda la Orden llegamos a cristianos perseguidos del otro lado del mundo y a aquellos que sufren enfermedad y hambre en una escala que es difícil de imaginar… y todo debido a que el Padre McGivney nos enseñó la importancia capital de ver a Cristo en la viuda, el huérfano, el marginado, el vulnerable. Sí, queridos amigos, nuestra esperanza debe ser elevada para aquellos a quienes encomendamos este día, así como para nosotros y nuestros seres queridos, siempre y cuando también volvamos a comprometernos con las obras de caridad y, de hecho, con una vida de caridad.

IV. Conclusión

A. Que llegue un día, queridos amigos, en que cada miembro y amigo de la Orden oiga al Buen Pastor decir: “Venid, benditos de mi Padre. Heredad el Reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”.

B. Que Dios nos bendiga y nos guarde siempre en su amor. ¡Vivat Jesus!