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1° de agosto de 2017
135a. Convención Suprema de Caballeros de Colón
Memoria litúrgica de San Alfonso de Ligorio
Romanos 8:1-4
Mateo 5:13-19

En 1871, Michael Joseph McGivney estaba en su último año del seminario menor en el Seminario de Nuestra Señora de los Ángeles, cerca de las Cataratas del Niágara, Nueva York. En la primavera de ese año, el Santo Padre, Beato Pío IX, fue agregado a la lista de los Doctores de la Iglesia. Él proclamó que San Alfonso de Ligorio, cuya fiesta celebramos hoy, es digno de ser contado entre los más grandes maestros de la Iglesia. Indudablemente, tal ocasión habría sido observada en un seminario. De hecho, estamos seguros de que el joven seminarista de Waterbury, el hombre que una década después fundaría Caballeros de Colón, se benefició al reflexionar sobre la extraordinaria vida y la enseñanza del nuevo doctor de la Iglesia. En años recientes, un sacerdote de Hartford descubrió un libro de 1875 con el nombre de Pbro. McGivney inscrito en la primera página. ¿Qué era eso? Una gastada copia de La Guía de los Confesores, de San Alfonso de Ligorio1. La vida de San Alfonso y sus escritos siguen ofreciendo inspiración a los miembros de esta gran organización fundada por el Padre McGivney.

Cuando Pío IX proclamó a este Obispo de Nápoles como doctor de la Iglesia, lo nombró como el Más Fervoroso Doctor (Doctor Zelantissimus). San Alfonso conocía las palabras del Evangelio de hoy: “Ustedes son la luz del mundo”. Después de una exitosa carrera en leyes, Alfonso pasó los últimos 60 años de su vida, hasta su muerte a los 91 años, totalmente dedicado a irradiar la luz del Evangelio al mundo. Con el fuego del santo fervor, laboró como sacerdote y obispo, como predicador misionero, como confesor incansable, fundador de los Redentoristas, y autor prolífico de más de 110 libros teológicos y espirituales. Se entregó para traer el mensaje salvífico de Jesús a la gente de su tiempo.

Invitó a todos a través de su predicación, sus escritos y su vida a encontrar la plenitud de vida que el Evangelio promete. Creía en el poder liberador del Evangelio para traer vida a otros. Estaba convencido de que una vida vivida por Jesucristo y su Iglesia era el único camino real a la plenitud humana. Su más profundo deseo, la fuerza motivadora en su vida, era llevar a las almas a conocer, amar y servir a Jesucristo.

De esta forma, el Doctor más fervoroso de la Iglesia ofrece un ejemplo de disciplina misionera, que es el llamado de cada uno y todos los cristianos bautizados. Todos nosotros estamos llamados a vivir la proclamación fervorosa del reino. Cada cristiano, y en una forma particular ustedes Caballeros y damas, han sido enviados a ser luz para el mundo. San Alfonso fue luz en la Italia del siglo XVIII. El Padre McGivney fue luz en la Nueva Inglaterra del siglo XIX, cuando buscaba llevar al pueblo de New Haven y más allá a un amor más profundo de Dios y del prójimo. Y ustedes son llamados a ser luz en los Estados Unidos del siglo XXI. En cualquier parte de nuestra gran nación que consideren su hogar, hay necesidad de católicos fervorosos, hombres y mujeres que arden con el amor de Cristo y el deseo de almas.

Ustedes están llamados a usar, en forma creativa, los talentos que Dios les dio para presentar la plenitud del Evangelio a sus amigos y a los miembros de su familia, a sus compañeros de trabajo y sus conocidos. Sin duda hay desafíos reales a los que nos enfrentamos: la creciente indiferencia hacia las cosas espirituales, la profundización del secularismo en nuestra sociedad, el aumento de la polarización en nuestras comunidades; pero confiamos en que el mismo Espíritu que inspiró a los grandes santos en generaciones previas todavía esté activo en la nuestra.

La única manera en que podemos estar a la altura de este llamado es llegar a conocer y estar familiarizados con este Espíritu, el Espíritu de Dios, el Espíritu de Cristo. Como dijo San Pablo en nuestra Primera Lectura: “[Nosotros] caminamos, no de acuerdo a la carne, sino de acuerdo al Espíritu” (Rom 8:4) Si deseamos ser los discípulos que Jesús necesita en nuestro tiempo, debemos ser hombres y mujeres que viven en el Espíritu Santo. Esto quiere decir que debemos ser hombres y mujeres de oración.

La centralidad de la oración es una verdad que San Alfonso amaba enseñar y en la que insistió en toda su predicación y escritura. La oración es absolutamente necesaria para los cristianos. Él dijo y es famoso por eso: “El que reza se salvará, y el que no reza se perderá”2. Una vida de oración, de diaria conversación dedicada a Dios, no es un lujo para unos pocos. Es una necesidad para la vida de fe y para el trabajo de discípulos misioneros.

Sin oración, no seremos capaces de cumplir la misión que Dios nos ha dado. Sin oración, los Caballeros de Colón no producirán un fruto duradero. Sin oración, no podemos encontrar y no encontraremos la vida que Jesús desea tanto darnos.

Así que debemos orar. Oramos como individuos, haciendo tiempo para Dios en medio de nuestros días para leer las Escrituras, para rezar el rosario, para meditar sobre los grandes misterios de la vida de Jesús. Oramos como familias unidas en una fe y amor comunes, encontrando apoyo y fortaleza a través de los altibajos, giros y vueltas que cada familia enfrenta. Esto es tan importante y está en el corazón de la vida de la Iglesia Doméstica, la más fundamental célula de la sociedad y de la Iglesia. La nueva iniciativa que ustedes lanzaron en 2015 de “Construir la Iglesia Doméstica” está llena de grandes promesas y ya ha dado grandes frutos en todo el país. A medida que continúen con esta labor crucial, ésta debe estar siempre fundamentada y nutrida por la oración, tanto individual como comunitaria.

Por eso estamos aquí esta mañana, unidos en oración en esta Santa Misa al inicio de esta Convención Suprema. Dios nos reúne alrededor de este altar para ser alimentados por el Pan de Vida y ser colmados con la gracia del Espíritu, para que podamos llevar a cabo nuestra misión, como San Alfonso de Ligorio y el Venerable Michael McGivney, fieles amigos de Jesús y discípulos fervorosos de Cristo y su Iglesia.

 


1Ver http://www.fathermcgivney.org/mcg/en/faith/confessor/index.html

2San Alfonso de Ligorio, Oración: El Gran Medio de Salvación y Perfección, (Del gran mezzo della preghiera e opuscoli affini) (Opere asectiche, II) Roma 1962, p. 171; citado en Juan Pablo II, “Spiritus Domini: Carta Apostólica para el Bicentenario de la Muerte de San Alfonso de Ligorio” 1 de agosto de 1987.