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La Familia Plenamente Viva

Al fundar Caballeros de Colón, el Padre Michael J. McGivney buscaba responder a la crisis en la vida familiar que afectaba a los católicos en América del siglo 19. Cuando era joven, él fue testigo de primera mano de los retos que enfrentaba su madre viuda con siete hijos en el hogar. Más tarde, como sacerdote confrontaba diariamente problemas que afectaban a las familias de la comunidad de su parroquia debido a la pobreza, la violencia, alcoholismo, inmigración, prejuicios anticatólicos y discriminación.

La visión que tenía el Padre McGivney para la vida familiar no era simplemente que cada familia pudiera encontrar ayuda económica y material. Él entendía que la santidad es el llamado de todos los cristianos bautizados. Y, al ver cómo lo seguían sus dos hermanos en el sacerdocio, podemos entender lo realmente importante que era el “santuario del hogar” para la familia McGivney.

Su familia era un ejemplo viviente de lo que más tarde enseñaría el Concilio Vaticano II, que cada hombre, mujer y niño está llamado a la santidad a través de la proclamación del Evangelio y la comunicación de su don divino de amor por medio de sus actividades en la vida diaria.

Cuando las familias cristianas responden de esta manera a los designios del Creador, se convierten en una “iglesia doméstica” que, como lo explicó el Papa Pablo VI, refleja “los diferentes aspectos de toda la iglesia” (Evangelii Nuntiandi, 71).

Desde el Concilio Vaticano II, y especialmente durante el pontificado de San Juan Pablo II, ha quedado claro que la familia es “el camino de la” De algún modo, esto claramente significa que la familia es el objeto de los esfuerzos de evangelización de la Iglesia.

En otras palabras, la “misión” de la familia en la tarea de evangelización es ser aquello a lo que está llamada a ser, es decir, vivir su vida diaria como una familia cristiana, o como decía seguido San Juan Pablo II, “¡familia, sé lo que eres!” (Familiaris Consortio, 17). Esta misión es el corazón de la “comunidad de vida y amor” (Catechism of the Catholic Church, 1603). Lo que inicia con la pareja casada en el sacramento del matrimonio.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice, “el amor conyugal involucra una totalidad, en la cual que entran todos los elementos de la persona, … mira a una unidad profundamente personal que, más allá de la unión en una sola carne, conduce a no tener más que un corazón y un alma” (Catechism of the Catholic Church, 1643).

En otras palabras, el matrimonio como sacramento no sólo implica un acuerdo entre los esposos, sino una transformación radical de los esposos.

Así como escribió el Papa Benedicto XVI en Deus Caritas Est, “el matrimonio basado en un amor exclusivo y definitivo se convierte en el ícono de la relación de Dios con su pueblo y viceversa. El modo de amar de Dios se convierte en la medida del amor humano (Deus Caritas Est, 11).

De este modo, el testimonio del esposo y esposa en la vida diaria de la familia puede cuidar, revelar y comunicar amor mientras hacen propios los dones del matrimonio: unidad, indisolubilidad, fidelidad y apertura a una vida nueva.

Un documento reciente del Vaticano sobre el papel y la misión de la familia ha declarado que “la familia necesita ser redescubierta como el agente esencial en la labor de la evangelización” (Instrumentum Laboris, 103). También ha señalado la necesidad de entender mejor la “dimensión misionera de la familia como iglesia doméstica” (Instrumentum Laboris, 48).

Estas observaciones evocan a las de San Juan Pablo II, quien dijo en 1979 durante su reunión con los Obispos de América Latina que “en el futuro, la evangelización dependerá en gran parte de la iglesia doméstica” (Discurso del Papa Juan Pablo II en la tercera conferencia general del episcopado latinoamericano).

Claramente, el papel de la familia en la labor de la evangelización no es principalmente cuestión de programas, proyectos o estrategias. Todos estos tienen su lugar, pero son secundarios. Su lugar es estar al servicio de lo que es esencial: el amor entre un esposo y una esposa, santificado a través del amor de Cristo, que irradia sobre cada miembro de su familia.

La familia como “iglesia doméstica”, un encuentro con Cristo dentro de la comunidad de una familia cristiana en particular, un lugar donde cada miembro de la familia desempeña un papel importante.

La misión de la familia de “vigilar, revelar y comunicar amor” como la comunidad parroquial no existe en un lugar ideal. La verdad y la belleza de la familia aún se deben comunicar a cada familia cristiana, incluso aquellas que están frágiles, heridas o quebrantadas. Estas familias también pueden leer con seguridad las palabras de San Pablo: “¿quién nos apartará del amor de Cristo?” (Rom 8:35).

Durante su visita a Filipinas, el Papa Francisco citó la necesidad de “familias santas y amorosas para proteger la belleza y la verdad de la familia en el plan de Dios y sean un ejemplo para otras familias” (Discurso del Papa Francisco a las Familias en el centro comercial de Asia Arena). Construyendo la Iglesia Doméstica es una manera concreta para que Caballeros de Colón, en solidaridad con el Papa Francisco, pueda ofrecer “familias santas y amorosas” para la misión de evangelización de la iglesia en nuestros tiempos.