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11/22/2015

Homilía del Capellán Supremo Arzobispo William E. Lori
Reunión Semestral de Caballeros de Colón en San Antonio
22 de noviembre de 2015
Fiesta de Cristo Rey

Es un placer celebrar la hermosa fiesta de Cristo Rey con todos ustedes, la familia de Caballeros de Colón. Porque nuestra orden está al servicio de Jesucristo, nuestro gran rey y pastor, y nuestro valeroso servicio busca progresar no en un reino terrenal sino en un reino “que no es de este mundo”, el reino de Dios. Apresurémonos entonces a incursionar en su fiesta al volcar nuestra atención hacia el Rey, hacia su reino, y nuestra ciudadanía en ese reino.

En el Evangelio de hoy, Pilato pregunta a Jesús “¿Eres Tú el rey de los judíos?” (Jn 18:33). Quizás quería saber si Jesús estaba planeando dirigir una insurrección, o quizás Pilato sólo quería probar la profundidad del apoyo a Jesús entre su pueblo. Si tan sólo Pilato hubiera conocido quién es verdaderamente Jesús, ¡Él nunca habría crucificado al Señor de la gloria! (cf. 1 Cor. 2:8). En nuestra primera lectura, el profeta Daniel nos transporta a los salones del cielo donde el Hijo del Hombre, es decir, el eterno Hijo de Dios, es presentado al Anciano, es decir, ante Dios Padre Todopoderoso. Allá, en los tribunales del cielo, el Padre otorga al Hijo “dominio, gloria y reinado”, un reinado que es eterno y universal. Y así, por la fe, reconocemos que el hombre andrajoso de pie ante Pilato es el Hijo de Dios: Él es “Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero”.

¿Cómo describimos la fuente del reinado de Cristo en la vida de la Iglesia y el culto? Cada domingo cuando profesamos el Credo de Nicea, decimos que el Hijo Eterno es “consubstancial” al Padre. Esto significa que el Hijo de Dios no fue creado por el Padre, como nosotros. Más bien, el Hijo, como el Padre, no tuvo principio ni tendrá fin. El Hijo es igual en majestad, en dignidad y en gloria a Dios Padre.

¿Y por qué esto es importante para nosotros?

Es vitalmente importante, porque solamente un Salvador que es completamente divino y completamente humano podría servir como el mediador entre Dios Padre y la humanidad pecadora. Solamente ese Salvador podría obtener la victoria sobre el pecado y la muerte, y guiarnos al contacto vivo con el Padre en la unidad del Espíritu Santo. Solamente un rey como ése puede exigir nuestra absoluta lealtad como Salvador del mundo entero.

¿Y qué pasa con este reino al cual hemos sido llamados?

Antes de que el Señor hubiera nacido en el mundo, los israelitas querían un rey como sus vecinos, de tal forma que se convirtieran en un poder terrestre dominante. Algunos de los propios seguidores de Jesús querían que Él fuera un rey que guiara una revuelta contra los conquistadores romanos. Para ellos y para nosotros, Jesús dice con decisión “Mi reino no es de este mundo”.

Todos estamos muy familiarizados con los reinos que son de este mundo: el califato llamado ISIS que está persiguiendo cristianos y esparciendo terror; (o) las democracias occidentales que han caído presa de un laicismo militante que desplaza a Dios y las cosas de Dios de la plaza pública, sometiendo a los ciudadanos que son creyentes y sus instituciones a un hostigamiento burocrático y ridículo público despreciables; en una frase, reinos liberales que han perdido su liberalidad.

Jesús nos ofrece otro tipo de reino, descrito en el Prefacio de la Misa de hoy: Es un reino universal, extendido a cada raza y nación, tiempo y lugar. Es un “reino de verdad y vida, un reino de santidad y gracia, un reino de justicia, amor y paz”. Sólo el Dios que es amor podía establecer tal reino y el anhelo más profundo de nuestro espíritu humano es el de llegar a ser una parte de ese reino donde la verdad nos hace libres, la santidad nos da alegría, y el amor y la paz nos rodean.

Este reino no es un sueño; Jesús lo estableció entre nosotros. No es del mundo pero afortunadamente está en el mundo. Este reino procede, no por la fuerza o dominación, sino más bien por compasión divina.

Es el amor misericordioso de Dios el que se gana la fidelidad de mentes y corazones. Al convertirnos de nuestros pecados y liberarnos para rendirnos a Su amor, ésta es la forma en que Cristo nuestro Rey construye Su civilización del amor.

Tanta es nuestra bendición para que nuestro Rey, “el primogénito de los muertos y gobernante de los reyes de la tierra” (Rv 1:5), nos ame y nos haya liberado de nuestros pecados con su propia sangre. Que Él reine siempre en nuestros corazones, en el santuario inviolable de nuestra conciencia, y en el corazón de la Iglesia en contra de la cual “las puertas del infierno no prevalecerán” (Mt. 16:18).

Así que ¿Qué significa todo esto para mí y para ustedes, como miembros y líderes de los Caballeros de Colón?

Es simplemente esto: Si queremos convertirnos en ciudadanos permanentes del reino de Dios, entonces nuestro pasaporte, o tarjeta de identidad, es la Caridad. Caridad y compasión constituyen la forma en que nosotros reconocemos la soberanía verdadera de Cristo nuestro Rey y nos establecemos como ciudadanos de Su reino.

Al imitar las obras de misericordia y compasión de Jesús por los necesitados, nuestra humanidad está abierta al esplendor del amor redentor de Dios. Por lo tanto, nosotros mostramos que somos más que ciudadanos nominales de este reino cuando amamos como hemos sido amados, cuando perdonamos como hemos sido perdonados, cuando servimos como hemos sido servidos por el Rey del Amor, nuestro pastor.

Colocándonos al servicio de uno y al servicio de todos-- es decir, al dar abrigos a niños los barrios pobres en el invierno, al apoyar las Olimpiadas Especiales, al proteger a los niños nonatos y a sus madres a través del programa de ultrasonido, al construir parroquias y familias amorosas, como iglesias domésticas donde la gente joven pueda crecer en gracia, edad y sabiduría, o al apoyar a los hermanos perseguidos en el Medio Oriente-- por estos y otros caminos estamos abriendo nuestros corazones al reino del amor de Cristo.

Así es cómo nos ofrecemos a nosotros mismos y nuestras vidas diarias como un sacrificio agradable a los ojos de Dios. Así es cómo nos convertimos en candidatos aptos para oír las palabras más importantes que jamás podríamos oír: “Ven tú, bendito de mi Padre, y recibe la recompensa preparada para ti desde la fundación del mundo” (Mt. 25:34).

Cuando sirvió en St. Mary en New Haven y fue en busca de los necesitados, el venerable Padre Michael McGivney nos enseñó a buscar primero el reino de Dios. Que ahora él rece por nosotros desde su lugar en la Eternidad, para que los Caballeros de Colón siempre sean un instrumento flexible de nuestro gran Rey y Pastor, quien, aún ahora, marca el comienzo de su reino de la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz.

¡Vivat Jesus!