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Beato Juan Pablo II: Defensor de la Libertad Religiosa

4/27/2011

Beato Juan Pablo II: Defensor de la Libertad Religiosa Discurso del Reverendísimo William E. Lori, S.T.D. Durante el Desayuno de Oración Católica Nacional Washington, D.C. 27 de abril de 2011

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Beato Juan Pablo II: Defensor de la Libertad Religiosa Discurso del Reverendísimo William E. Lori, S.T.D. Durante el Desayuno de Oración Católica Nacional Washington, D.C. 27 de abril de 2011

Introducción

“Señoras y señores: En los umbrales de un nuevo milenio, presenciamos una aceleración global extraordinaria de esa búsqueda de la libertad que es una de las grandes dinámicas de la historia de la humanidad. Este fenómeno no se limita a una sola región del mundo, ni tampoco es la expresión de una sola cultura. Aun cuando se ven amenazados por la violencia, los hombres y las mujeres del mundo han aceptado el riesgo de la libertad, pidiendo que se les otorgue un lugar en la vida social, política y económica que corresponda a su dignidad como seres humanos libres. Este anhelo universal por la libertad es realmente una de las características de nuestros tiempos” (Discurso ante Naciones Unidas, 1995).

Así habló el Papa Juan Pablo II ante la 15a Asamblea General de Naciones Unidas el 5 de octubre de 1995. En estos días en que los pueblos del Medio Oriente arriesgan su vida por la libertad, y en estos días en que debemos estar atentos para proteger nuestras libertades que con tanta dificultad obtuvimos, las palabras de este gran Pontífice resuenan en nuestra mente y corazón, y aun más ahora que nos reunimos para rendirle tributo en vísperas de su beatificación por el Papa Benedicto XVI. En la experiencia de su vida, sus reflexiones filosóficas, su papel como maestro de la fe, y también en su presencia en el escenario del mundo y, sobre todo, en su vida de oración mística, Juan pablo II logró una síntesis única y profunda de la dignidad de la persona humana cuyas libertades son inherentes a nuestra naturaleza humana. Y dejó claro que la primera de estas libertades es la religiosa. Al escribir al Secretario General de las Naciones Unidas en 1978, el Papa recién elegido afirmó lo siguiente: “… la libertad religiosa… es la base de todas las demás libertades y está inseparablemente ligada a todas ellas por la dignidad misma que es la persona humana” (Carta a Kurt Waldheim, 2 de diciembre de 1978). Éste fue un tema que repetiría y desarrollaría a lo largo de su largo y fructífero pontificado.

El testimonio de Juan Pablo II sobre la libertad y la dignidad humanas tocan el corazón de nuestra nación, donde la libertad religiosa está cristalizada en la Primera Enmienda de nuestra Constitución, y donde nosotros, como pueblo, siempre hemos creído que Dios, y no el Estado, es el origen de esos derechos. No siempre han respetado estas verdades e ideales nuestros documentos fundacionales, pero esta creencia ha servido para protegernos de los abusos contra los derechos humanos que caracterizaron a la Revolución Francesa o a los regímenes totalitarios del siglo XX.

La experiencia de su vida

En su extraordinaria vida, el Papa Juan Pablo II experimentó toda la gama de amenazas a la dignidad humana y la libertad religiosa: los totalitarismos de derecha e izquierda que oprimieron a su nativa Polonia, primero la ocupación nazi y luego el estado títere comunista. También confrontó lo que su sucesor llamaría “la dictadura del relativismo”, una dictadura “que no reconoce nada como definitivo y cuyo objetivo final está formado por su propio ego y sus deseos” (Cardenal Joseph Ratzinger, Homilía, Misa por la Elección de un Papa”, 18 de abril de 2005).

Nos sentimos inspirados por la historia del joven Karol Wojtyla que trabajó en una mina de caliza Solvay durante los días terribles de la Segunda Guerra Mundial. En medio de este trabajo físicamente agotador y la ideología amenazadora del nazismo, encontramos a una de las mentes filosóficas y religiosas más importantes del siglo XX, arriesgándose por la libertad al explorar el misterio del hombre por medio del teatro y la poesía, al tiempo que forjaba vínculos de solidaridad y amistades que durarían toda la vida. Estos primeros riesgos que aceptó por la libertad no serían más que un ensayo general para lo que lo esperaba.

Al poco tiempo, una forma de tiranía sustituyó a otra cuando el Ejército Rojo invadió Polonia. Por medio de la brutalidad y el espionaje, la ideología de un estado ateo que todo lo dominaba trató de reprimir el espíritu humano y sus libertades inherentes. Aun cuando el comunismo incrementaba su dominio en Polonia, el joven Karol Wojtyla escuchó el llamado a la vocación sacerdotal y respondió a él. Arriesgando tanto su vida como su libertad para responder a una vocación al sacerdocio, ingresó a un seminario clandestino en la residencia del “príncipe incorruptible”, el Arzobispo Sapieha de Cracovia, y el 1 de noviembre de 1946, fue ordenado sacerdote. El 2 de noviembre, ofició su primera Misa en la Cripta de la Catedral de Wawel, la primera de muchas Misas que le aportarían la fortaleza y el valor necesarios para cumplir con el extraordinario papel que la Providencia había elegido para él.

En su libro reciente, The End and the Beginning, George Weigel demuestra hasta dónde llegó el gobierno comunista para espiar a los obispos y sacerdotes de Polonia, incluyendo al Padre Karol Wojtyla. Weigel documenta intentos del gobierno por debilitar e incluso “desintegrar” a la Iglesia en sus niveles más elevados. Al principio, las autoridades pensaron que el Padre Wojtyla era demasiado filósofo para representar un peligro, pero tras su ordenación como obispo Auxiliar de Cracovia en 1958, se dieron cuenta de que era un líder realmente temible. Esas autoridades llevadas por su ideología se enterarían por este obispo lo que debieron saber antes : ‘las ideas tienen consecuencias’ (Cf. Richard H. Weaver, Ideas Have Consequences, Chicago: University of Chicago Press, 1948) o, mejor aún, la verdad, la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre, revelada de la manera más plena en el Hijo de Dios Encarnado (ver Vaticano II, Guadium et Spes, no. 22) es más que consecuente; es el eje de la historia.

Esto es lo que la Iglesia, reunida para el Concilio Vaticano Segundo, presenció en las cuidadosas intervenciones de un joven obispo polaco preocupado por la dignidad y libertad del ser humano, así como la relación de la Iglesia con el mundo moderno. Esto fue también lo que las autoridades comunistas presenciaron consternadas, cuando un Arzobispo aún joven eliminó sus restricciones arbitrarias de la procesión anual de Corpus Cristi en Cracovia, llamó a los mineros de Silesia a defender su dignidad defendiendo su legado religioso y celebró la Misa de medianoche en Navidad en la plaza de la atea Nova Huta, hasta que las autoridades cedieron y permitieron que se construyera una iglesia en ese triste lugar. El Cardenal Wojtyla, ‘astuto como serpiente y sencillo como paloma’ (cf. Mateo 10, 6), venció gracias a un liderazgo trascendente y lleno de esperanza que desconcertó a sus oponentes. Éste es el Papa de un país distante que se plantó ante el mundo en el loggia central de la Basílica de San Pedro, el 16 de octubre de 1978. El defensor civitatis era también el pontifex maximus. Al proclamar sin temor la verdad sobre el hombre plenamente revelada en Cristo (GS, 22) tendría un papel crucial en la liberación de Polonia, la destrucción de la Cortina de Hierro y el llamado a todas las democracias occidentales a permanecer fieles a la verdad de la que depende toda la libertad humana digna de este nombre. Las enseñanzas de Juan Pablo II sobre la libertad religiosa “No hay libertad sin verdad”, dijo más de una vez el Cardenal de Cracovia durante el Concilio Vaticano Segundo. Impregnado de un profundo personalismo cristiano y basado en la filosofía perenne del realismo, Wojtyla llegó al Concilio, preparado como pocos, para explicar lo que la revelación y la razón enseñan sobre la dignidad y la libertad del ser humano.

Como nuestro Pastor Universal, nos enseñó que la libertad no es solamente el instinto de acercarnos hacia lo que nos gusta o evitar lo que nos disgusta. Tampoco es un privilegio que nos otorgue un gobierno. Más bien, la libertad es inherente a nuestra humanidad misma, como lo proclama audazmente nuestra propia Declaración de Independencia. La libertad del ser humano tiene que ver con su propia dignidad trascendente. Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios y llamados a tener amistad con Él. La persona humana no es solo el ser más inteligente del mundo, sino que es fundamentalmente diferente del resto de la creación porque en su centro es espiritual. La libertad nace de nuestra orientación interior hacia el Dios que nos hizo y que inscribió en la profundidad de nuestra conciencia una ley de la naturaleza que nos guía para elegir lo que es verdadero, bueno y bello, por imperfectos que seamos por causa del pecado original y de nuestros propios pecados. La libertad, sin embargo, no es indiferente a la verdad sobre el destino humano, el destino de cada persona y el destino de toda la humanidad. Es más, la cuestión de la verdad no surge solo después del hecho de la libertad humana, sino que es inherente a la dinámica misma de la libertad humana. En su orientación hacia la verdad, la libertad humana requiere lo que el Papa Juan Pablo II llamó “La prioridad de la ética sobre la tecnología, la primacía de las personas sobre las cosas, la superioridad el espíritu sobre la materia” (Redemptor Hominis, no. 16). La libertad humana manifiesta su trascendencia en la inquietud del espíritu humano expresado en las célebres palabras de San Agustín “Tú nos has hecho para Ti, Señor, y nuestro corazón permanece inquieto hasta que reposa en Ti” (Confesiones, I, 1).

Por lo tanto, así como la libertad de religión es la primera de las libertades en nuestra Declaración de Derechos, Juan Pablo II nos enseñó que la libertad religiosa es el meollo de todos los derechos humanos. Como filósofo, defensor de los derechos humanos y líder religioso, Juan Pablo II comprendía profundamente la importancia de la autonomía humana y rechazaba firmemente cualquier noción de que la verdad religiosa debiera ser impuesta a otros o que las democracias modernas debieran ser dominadas por la Iglesia. Lo que enseñó vigorosamente fue esta verdad esencial: la negación de la trascendencia del espíritu humano – ya sea por gobiernos totalitarios o por las deformaciones de la democracia liberal – amenaza la autonomía y la libertad del ser humano de manera única; y enseñó que nadie aporta una luz más clara a la dignidad y libertad del ser humano que el Eterno Hijo de Dios, quien asumió nuestra condición humana, se unió de alguna forma con cada persona, y llamó a toda persona, aun a los que todavía no conocen su Nombre, a aceptar libremente el amor de su Padre (ver Vaticano II, Gaudium et Spes, 22). Lejos de destruir la libertad del ser humano, este llamado al amor abre el espíritu humano a la maravilla de la creación, la dignidad de nuestro prójimo y la labor de la construcción de una civilización de la justicia, la verdad y el amor. Este llamado al amor no destruye nada que sea auténticamente humano, en especial la capacidad humana para razonar en busca de la verdad, sino que la ilumina y ennoblece desde dentro.

Pero extraer del corazón del hombre su llamado a elevarse por encima del mundo significa extraer de él lo que lo diferencia de todo lo demás. La negación de esta diferencia crucial que es la raíz de nuestra dignidad como seres humanos, tarde o temprano, prepara el terreno para la negación de otros derechos humanos, ya sea el derecho a la vida, el derecho a la libertad o a la felicidad. Como lo escribió hace poco nuestro Santo Padre Benedicto XVI: “El derecho a la libertad religiosa tiene sus raíces en la dignidad misma de la persona humana cuya naturaleza trascendente no debe ignorarse ni pasarse por alto… Sin el reconocimiento de este ser espiritual, sin la apretura a lo trascendente, la persona humana se encierra en sí misma, no logra encontrar las respuestas a las preguntas más profundas del corazón sobre el significado de la vida, no logra apropiarse de los valores y principios éticos perdurables, e incluso fracasa en la experiencia de una verdadera libertad y la construcción de una sociedad justa (Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2, 8 de diciembre de 2010).

La libertad religiosa, claro, pertenece no solo a los individuos, sino también a las iglesias, formadas por ciudadanos que son creyentes y que buscan, no crear una teocracia, sino más bien influir en su cultura desde el interior. La diferencia entre la Iglesia y el Estado, Dios y el César, sigue siendo “fundamental para el cristianismo” (Papa Benedicto XVI, Deus Caritas Est, no. 28). No buscamos imponer nuestra religión al Estado, sino que buscamos que éste garantice la libertad religiosa y promueva la armonía entre los seguidores de diferentes religiones. La Iglesia tiene “su propia independencia y está estructurada sobre la base de la fe como una comunidad que el Estado debe reconocer” (ibid.) La Iglesia y el Estado son distintos aunque interrelacionados.

Lo que significa para nosotros el testimonio de Juan Pablo II

Juan Pablo II aprovechó la independencia propia de la Iglesia y viajó por el mundo proclamando el Evangelio. Llevó al escenario mundial lo que aprendió como obispo y Cardenal en Polonia: un estilo de liderazgo que no se contentaba con defender los derechos humanos, ni los derechos de los creyentes y de la Iglesia. Hasta el final, proclamó audaz y públicamente cómo la verdad sobre Cristo revela la verdad sobre la persona humana. “¡No tengan miedo!”… proclamaba, abran las puertas de par en par para Jesucristo… las puertas del corazón humano y de la cultura humana.

Durante toda su vida, Juan Pablo II inspiró a nuevas generaciones para que siguieran a Cristo. No tenemos más que pensar en su audacia al lanzar la Jornada Mundial de la Juventud cuando muchos asesores le dijeron que la idea no funcionaría. No tenemos más que pensar en los millones y millones de jóvenes que fueron para estar con él a Denver, Manila, París, Roma y Toronto. ¡Cuántos jóvenes encontraron una libertad auténtica gracias a este hombre que predicó el Evangelio incansablemente y a pleno pulmón, sin miedo, sin vacilaciones, en fin, sin pensar en el costo!

¿Veremos el testimonio de Juan Pablo II sobre la dignidad y la libertad del ser humano como un destello de luz que nos maravilla y pronto desaparece de nuestra memoria? ¿No debe su testimonio de la libertad y dignidad más bien apoderarse de nuestra conciencia? El Papa Juan Pablo II proclamó estos valores del Evangelio y defendió la libertad auténtica en el mundo entero, incluso en países abiertamente hostiles a este mensaje. Como norteamericanos, tenemos garantizada la libertad de religión, vivimos en un país fundamentado en valores judeocristianos, y no tenemos ninguna excusa para no hacer lo mismo. No debemos tener miedo de actuar según nuestros valores religiosos, tanto en público como en privado. Debemos ayudar a mejorar nuestra cultura, de acción en acción, de conversación en conversación, como tanto el Papa Juan Pablo II como el Papa Benedicto XVI nos han inspirado. Y al tratar de lograr una mejor cultura, nunca debemos perder de vista la dignidad de cada persona, incluyendo aquellas con las que no estamos de acuerdo. Nuestra motivación como cristianos debe ser el amor y debemos ser reconocidos ante todo por la forma en que ponemos el amor en acción.

En ese espíritu de respeto y amor, el Papa Benedicto XVI ha mostrado al mundo la situación angustiosa de numerosos cristianos en el Medio Oriente cuya libertad religiosa y derechos humanos se ven pisoteados: los cristianos coptos en Egipto, los cristianos caldeos en Irak, donde, en octubre pasado, en Bagdad la catedral siro-católica fue atacada, y murieron dos sacerdotes y más de cincuenta fieles. No debemos olvidar que en muchos países del Medio Oriente, incluyendo nuestros aliados, está estrictamente prohibido celebrar Misa o profesar el nombre de Cristo (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2011, op. Cit.) Nos deben preocupar la pobreza y la falta de oportunidades de los cristianos palestinos, así como las restricciones que les imponen y que obligan a tantos de ellos a abandonar Tierra Santa. Al tiempo que esperamos una aparente llegada de la democracia en el Medio Oriente, no olvidemos a tantos cristianos como nosotros que a menudo carecen del primero de los derechos humanos, la libertad de religión, y, por lo tanto de muchos otros derechos humanos. Debemos pedir a nuestros propios líderes, así como a los grupos de derechos humanos y organizaciones internacionales, que se pronuncien a favor de ellos, que son cristianos como nosotros, y son perseguidos e incluso asesinados por profesar el Nombre de Cristo.

El Papa Benedicto XVI señaló no solo estos ataque abiertos en contra de la libertad religiosa, sino también las actividades más sutiles que socavan la libertad religiosa aquí en el Occidente (ibid.), el tipo de retos que vemos en nuestro propio territorio. Por ejemplo, la Ley de Protección al Paciente y Cuidados Accesibles pone en tela de juicio la libertad ética y religiosa y las obligaciones de los profesionales de la salud y las instituciones de salud basadas en la fe. Exenta a pequeños grupos que por lo general no desean participar en los programas de salud. Exenta también a los grupos que eligen la oración como única forma de curación. Pero no exenta a las numerosas denominaciones que, por razones de conciencia, han rechazado procedimientos específicos y fármacos que la ley de protección a la salud considera como “servicios obligatorios”. Entre las denominaciones que no están exentas se encuentra la iglesia Católica, que resulta ser la columna vertebral de los servicios de salud sin fines de lucro en Estados Unidos. En efecto, existen 615 hospitales católicos en nuestro país, que constituyen casi 13% de todos los hospitales de Estados Unidos.

Actualmente en el Congreso hay tres proyectos de ley bipartidistas: La ley de Protección a la Vida (HR # 358), La Ley de No Discriminación para el Aborto (HR # 361) y la Ley de Derechos de Conciencia (HR # 1179). Las tres pretenden hacer mucho por la garantía de la libertad religiosa y la libertad de conciencia para los profesionales de la salud y las instituciones de atención a la salud basadas en la fe. Junto con mis hermanos obispos, y en nombre de la libertad religiosa, los conmino a que lleven cuanto antes a buen término estos tres proyectos de ley.

Cada vez más, la libertad religiosa en nuestro país se ve como una excepción convertida en leyes que son un insulto a la dignidad humana. Esto tiende a reducir la libertad religiosa a un donativo, otorgado por el Estado, en lugar de que sea un derecho inalienable otorgado por la mano del Creador. Pero lo que el Estado otorga, el Estado puede retirar. Así que no es de sorprenderse que existan iniciativas legislativas, a menudo a nivel estatal, para limitar la misión de la Iglesia al culto, y hacer que cualquier otra actividad quede sujeta a leyes que entran en conflicto tanto con la razón humana como con las enseñanzas de la Iglesia, sobre la santidad de la vida nonata, la dignidad de la vida humana en su concepción y el papel del matrimonio y la familia en la Iglesia y la sociedad. En casi todo Estados Unidos, la Iglesia Católica es la fuente no gubernamental más importante de servicios caritativos, sociales y educativos, que se otorgan de manera efectiva y con el mayor respeto a sus beneficiarios. Sin embargo, en este mismo momento en que nuestro país se encuentra en serios problemas económicos, muchos tratan de restringir la capacidad de la Iglesia para otorgar estos servicios. Esta negación de la libertad religiosa no es ni justa ni razonable.

Al considerar globalmente los retos a la libertad religiosa, el Papa Benedicto XVI dijo hace poco que “actualmente, los cristianos son el grupo religioso que más sufre persecuciones por su fe”. ¿Y cuál debe ser nuestra respuesta ante esto? No cabe duda de que tenemos mucho que aprender de la hábil forma en la que el Cardenal Wojtyla lidió con las autoridades comunistas de su época, esa mezcla astuta de sutileza y presión pública que las autoridades llegaron a temer. Pero lo que nunca hizo, ni tampoco debemos hacer nosotros, es transigir con la verdad, porque al hacerlo transigiríamos con la verdad. Lo que debemos hacer es proclamar audazmente la verdad. “¡No tengan miedo!”, nos dice Juan Pablo II desde su lugar en la eternidad. “¡Abran de par en par las puertas a Cristo!” nos alienta desde la casa de su Padre. Ahora es el momento en que nosotros, los líderes católicos comprometidos, tanto los ordenados como los miembros del laicado, seamos audaces en la defensa de nuestra Iglesia y la proclamación del Nombre de Cristo, no solo como un problema religioso sobre el que hay que meditar, sino como “la respuesta a la pregunta que plantea toda vida humana” (Juan Pablo II, Homilía en Oriole Park, Baltimore, octubre de 1995). Es hora de que aprovechemos el ejemplo del Papa Juan Pablo II al invitar y educar a una nueva generación de jóvenes líderes católicos que irán más allá de los callejones sin salida del presente y proclamarán el Evangelio con una nueva esperanza, sabiduría y convicción, jóvenes que usarán sus propios medios de comunicación y su propia experiencia de vida para proclamar ese Evangelio que es capaz de transformar el mundo.

Conclusión

Dentro de unos cuantos días, la gente convergerá del mundo entero a la Plaza de San Pedro para la Beatificación del Papa Juan Pablo el Grande. Con una alegría radiante [en el Domingo de Misericordia], su sucesor el Papa Benedicto XVI nos mostrará la santidad de la vida de este gran maestro de la fe y testimonio de la dignidad humana. Esto lo hará nuestro amado pontífice el Domingo de la Misericordia Divina, el domingo posterior a la Pascua. El Papa Juan Pablo II nos enseñó que el amor del Señor Resucitado, que siempre hemos experimentado como misericordia, despierta en el espíritu humano “todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza” (Fil. 4, 8). Ayudados por sus plegarias, unidos en una comunión de fe, esperanza y amor, vivamos la verdad en libertad y amor, para que abramos de par en par las puertas a Cristo.

Gracias por escucharme. Dios los bendiga y Dios bendiga nuestro gran país, Estados Unidos de Norteamérica.