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Amando a la Iglesia

7/1/2019

por el Arzobispo William E. Lori, Capellán Supremo

Al profesar nuestra fe y amor por la Iglesia, compartimos la responsabilidad de una reforma profunda y auténtica

Arzobispo William E. Lori, Capellán Supremo

EN EL CREDO DE NICEA profesamos: “Creo en una Iglesia santa, católica y apostólica”. Hace poco un amigo mío dijo: “Solía decir esas palabras sin prestarles mucha atención. Ahora, me digo a mí mismo, ‘Creo en el Señor. Pero ¿creo en la Iglesia’?”

Mi amigo habla por muchas personas. Estudios recientes muestran que el 37% de los católicos en los Estados Unidos están considerando seriamente la posibilidad de dejar la Iglesia, como resultado de la crisis de abuso sexual. Este porcentaje no se limita al 75% de los católicos que no asisten con regularidad a la Misa Dominical; incluye a los católicos que van a la iglesia. Muchos pastores confirman que la asistencia a Misa ha disminuído desde el verano de 2018, junto con el apoyo financiero.

En un momento en que los feligreses están enojados con todo derecho, ¿qué significa creer en la Iglesia y amarla? ¿Podemos amar a la Iglesia y al mismo tiempo insistir en una reforma genuina? Afortunadamente, la respuesta es “sí”—pero un “sí” que nos obliga a pensar y orar, porque existen formas falsas de amar y reformar a la Iglesia.

Una manera falsa de amar a la Iglesia es decir: “Yo amo a la Iglesia sin duda, pero no a esa Iglesia antigua, institucional y corrupta.” Desde sus primeros tiempos, ha habido personas que profesaban amor sólo hacia una Iglesia invisible y espiritual, no hacia la Iglesia actual de carne y hueso que llegó al lado del Salvador crucificado. Esta perspectiva es bastante comprensible, pero sigue siendo una excusa.

La Iglesia se compone de “un elemento divino y uno humano” que se fusionan para “formar una realidad compleja” (Vaticano II, Lumen Gentium, no. 8). Es el “elemento humano” de la Iglesia, formado por seres humanos pecaminosos, el que se necesita reformar y purificar continuamente, pero no desecharlo o convertirlo en algo distinto de lo que el Señor tenía planeado. No es sorprendente que algunas reformas propuestas no tengan nada que ver con la crisis de abuso sexual, sino que intenten imponer a la Iglesia diversas agendas ideológicas, en las que en ninguna se puede encontrar la salvación.

Por favor, no piensen que este es un intento de sanear la profundidad y la gravedad de la crisis del abuso sexual, porque necesitamos una purificación profunda y una reforma de gran alcance.

Las buenas políticas y procedimientos son un comienzo. Por ejemplo, la llamada “Carta de Dallas” promulgada por los obispos de los Estados Unidos en 2002 ha sido efectiva. Desde entonces, se han reportado muy pocos casos nuevos de abuso sexual por parte del clero. En las diócesis, parroquias, escuelas Católicas y en otros ministerios, ahora existen muchos amparos para prevenir el abuso y/o para garantizar que se informe a las autoridades civiles en el momento en que se descubra. Gracias a la nueva directiva del Santo Padre, los obispos de E.U. también están implementando nuevos procedimientos mediante los cuales seremos responsables del abuso, el hostigamiento o la incapacidad de manejar las denuncias de conducta sexual inapropiada de acuerdo a los estándares más altos. La reforma procesal es, de hecho, una de las formas de amar a la Iglesia y de reformar y purificar sus estructuras visibles.

Pero existe una reforma mucho más profunda y que se necesita más que nunca. Una verdadera conversión por parte de los pastores de la Iglesia es esencial, pero para que esta reforma se lleve a cabo debe incluir a todo el pueblo de Dios. Purificar a la Iglesia es algo que hacemos todos juntos. Tenemos que rechazar el relativismo moral y los compromisos con el mal que siguen tras sus pasos. Tenemos que acudir al Señor en oración como nunca antes, como individuos y como comunidades parroquiales. Y gracias al Espíritu Santo por quien Jesús vive y actúa en nosotros, debemos esforzarnos por cambiar no sólo los programas y ciertas estructuras, sino también la cultura de nuestras diócesis, parroquias, hogares y ministerios, de tal modo que sean lugares de encuentro con el Señor resucitado, y del uno con el otro, de tal modo que sean lugares llenos de esperanza y fervor misionero.

Como Caballeros de Colón, nos referimos a nosotros mismos como “el brazo derecho fuerte de la Iglesia”. Entonces, decidamos creer en la Iglesia y amarla tanto que contribuyamos a su purificación y a su reforma en curso.