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Tiempos de turbulencia

9/1/2019

por el Arzobispo William E. Lori, Capellán Supremo

Ante las adversidades, Cristo hace un llamado a la Iglesia para construir una fe más profunda en su poder salvador

Arzobispo William E. Lori, Capellán Supremo

SIEMPRE QUE ABORDO un avión, espero que el vuelo sea tranquilo. No importa cuántas veces haya viajado en avión, sigo sintiendo nervios cuando hay turbulencias; sobre todo cuando se les pide a las azafatas que permanezcan sentadas durante el resto del vuelo. Algunos pasajeros no se inmutan ante esta situación; para otros, es evidente que les causa temor. Incluso, hay pasajeros que están igualmente asustados pero intentan disimularlo. Yo pertenezco a la última categoría. No sería bien visto que un hombre con un collar romano presentara miedo. Por el contrario, saco discretamente mi rosario y le pido a la Santísima Virgen María que interceda por el piloto, la tripulación y los pasajeros (incluyéndome entre ellos). Cuando el avión aterriza de manera segura, hago una oración de agradecimiento.

Pasar por turbulencia no es nada grato, causa palpitaciones en el corazón y puede poner en peligro hasta la vida. Pero también tiene su razón de ser. Nos recuerda que realmente estamos volando a 35,000 pies sobre la tierra, y eso no está exento de riesgos. ¡Más vale mantener abrochados los cinturones de seguridad! Como ya mencioné anteriormente, vivir turbulencia nos da la oportunidad de mantener nuestra vida de oración. Como pasajero, estoy en manos del piloto, pero al fin y al cabo, estoy en manos de Dios: “¡Jesús, en ti confío!”

Los inquietantes altibajos que se experimentan durante la turbulencia, también sirven como una buena metáfora de la vida misma. Al comenzar cada día, esperamos que sea un día productivo y tranquilo. A menudo oramos para que nuestras vidas estén tranquilas, sin momentos difíciles. Sin embargo, cuando pronunciamos tales oraciones, la Escritura resuena en nuestros oídos. Por ejemplo, en el Evangelio de Mateo, Jesús habla de guerras, hambrunas y terremotos, también advierte sobre la persecución — e incluso la muerte — a causa de su nombre (cf. 24: 6-9). En el Evangelio de Juan, el Señor dice: “En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (16:33).

Experimentamos turbulencias de muchas maneras, tanto en la vida cotidiana como en nuestra vida de fe. A veces, es el resultado de nuestra propia imprudencia, como cuando traicionamos la confianza que han depositado en nosotros o caemos en conductas autodestructivas. En otras ocasiones, nosotros no somos los creadores de tal turbulencia. El camino de la vida puede ser difícil debido a enfermedades, problemas financieros, falta de empleo, discordia matrimonial y controversias de todo tipo.

En mi vida como sacerdote y obispo, ciertamente paso por momentos de turbulencia espiritual. No quiere decir que el consuelo y la gracia de Dios no sean abundantes; ni que tampoco los signos de su bondad sean escasos. Pero muchos de los problemas que enfrento, especialmente en este tiempo turbulento que afecta la Iglesia, son profundamente angustiantes.

La Iglesia está inmersa en una crisis global de confianza debido al abuso sexual del clero y los fracasos de algunos obispos. Esta crisis ha sacudido la fe de muchos. Algunos han dejado de asistir a la Misa dominical; otros han abandonado la Iglesia por completo. Las medidas correctivas que una vez se consideraron efectivas no parecen haber disminuido los escándalos en la Iglesia.

En medio de todo esto, ¿qué podemos hacer? ¿Debemos simplemente permanecer sentados en alguna banca de iglesia sin hacer nada? Más bien, debemos orar lo más que podamos. A veces, lo único que puedo hacer es repetir una y otra vez: “¡Jesús, en ti confío!” Tanto el clero como los laicos también necesitan lidiar con los escándalos y hacer todo lo posible para ayudar a que se restaure la confianza en la Iglesia y continúe su misión de fe, adoración y servicio.

Así como los pasajeros de avión ven la turbulencia como algo malo; generalmente, así identificamos los problemas de la vida, decimos que son malos. Pero las turbulencias en nuestra Iglesia y en nuestras vidas personales también tienen un propósito. Nos recuerda que no todo depende completamente de nosotros. Nos recuerda que debemos orar y expresar con fe nuestra dependencia con Dios. Nos ayuda a fortalecer nuestra perseverancia.

De igual manera, confirma la necesidad de cambiar el rumbo, tomar medidas correctivas — no tratar de evadir los momentos difíciles permaneciendo en nuestra zona de confort, sino buscar un camino que nos ayude a superar las pruebas de la actualidad. En el fondo, el camino que debemos buscar es divino: el Espíritu Santo, que nos lleva a la vida eterna.