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Un camino seguro para la renovación

9/1/2019

por Carl A. Anderson, Caballero Supremo

El desafío de reformar y preservar la unidad dentro de la Iglesia exige una virtud natural y sobrenatural

Carl A. Anderson

Carl A. Anderson

ANTES EN ESTE AÑO, asistí a la consagración de una hermosa iglesia restaurada. Al colocar al Santísimo Sacramento en el nuevo tabernáculo, pensé en el Arca de la Alianza, que era el lugar de la presencia de Dios entre su pueblo, comenzando en los tiempos de Moisés. Ahora, en la Nueva Alianza, la presencia real del Señor es una realidad en cualquier Misa celebrada y en cualquier Eucaristía reservada.

Como católicos, hoy podemos tomar esta realidad por sentada, pero la reacción inicial al discurso de Jesús del pan de vida fue de incredulidad — los judíos decían, “¿Cómo este hombre puede darnos su carne a comer?” y sus discípulos decían, “Esto es difícil de decir, ¿quién puede escucharlo?” De hecho muchos de sus discípulos lo dejaron, y entonces Jesús se volvió a los Apóstoles: “¿También ustedes se irán?” Como sabemos, Pedro contestó, “Señor, ¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).

La pregunta de Jesús sigue siendo dolorosamente real a la luz de los devastadores escándalos que recientemente han sacudido a la iglesia y el declive de la asistencia de los católicos a la iglesia. Y si la pregunta de Jesús tiene nueva relevancia, también la respuesta de Pedro. Y si nos alejamos de la presencia del Señor, ¿a dónde iremos?

Hay una creciente tendencia, especialmente entre la gente joven, de decir que podemos ser “espirituales” mientras también rechazamos la religión organizada. El Papa Benedicto XVI dirigió este asunto en su encíclica Spe Salvi (Salvados en Esperanza) cuando él preguntó, “¿La esperanza cristiana es individualista? Él contestó que “la salvación siempre ha sido considerada una realidad ‘social’”, además de que somos llamados “a estar unidos vívidamente en un ‘pueblo’, y para cada individuo sólo puede realizarse dentro de este ‘nosotros’” (14).

Nosotros vemos esta realidad social, esta unidad dentro de la iglesia, más bellamente en la presencia del Santísimo Sacramento en los cientos de miles de tabernáculos alrededor del mundo. Y este llamado a la comunión es especialmente importante para nosotros Caballeros de Colón, comprometidos este año de forma especial con el principio de la unidad.

Cuando oramos ahora por y en la búsqueda de la renovación en nuestra iglesia, recuerdo lo que el estadista británico del siglo XVIII Edmund Burke decía acerca de las instituciones que necesitaban una reforma. Él argumentaba que la virtud de la prudencia es necesaria para encontrar la correcta combinación de “conservación y corrección”.

Debemos mantener en mente la recomendación de prudencia de Burke. En el futuro previsible, de cualquier forma, la más importante de las virtudes cardinales puede no ser la prudencia sino la fortaleza, la que el Catecismo de la Iglesia Católica define como “la virtud moral que asegura firmeza en las dificultades y constancia en la búsqueda del bien” (1808).

Y como enseñó Santo Tomás de Aquino, la fortaleza depende de otra virtud: la justicia — ciertamente hoy, justicia para las víctimas de abuso sexual y sus familias así como justicia para el Pueblo de Dios.

De hecho, las cuatro virtudes cardinales — prudencia, justicia, fortaleza y templanza — serán necesarias para alcanzar la “corrección” mientras se preserva la unidad de la iglesia.

En Spe Salvi, el Papa Benedicto después nos recordó: “Dios es el fundamento de la esperanza … Solo su amor nos da la posibilidad de perseverar sobriamente día a día, sin dejar de tener el estímulo de la esperanza” (31).

En los próximos días, por lo tanto, volvamos a dedicarnos a la práctica de las virtudes morales y a orar por el incremento de la fe, la esperanza y la caridad. De esta forma, continuaremos avanzando, enfrentando cualquier desafío que pueda surgir.

El Señor permanece en medio de su pueblo y nunca nos abandonará. Nos llama a la unidad. Nos llama a la virtud. Y en Él, encontraremos el camino seguro para la renovación.

¡Vivat Jesus!