San Rodrigo Aguilar Alemán
San Rodrigo Aguilar fue ahorcado mientras declaraba su fe en Jesucristo y en Nuestra Señora de Guadalupe.
Rodrigo Aguilar Alemán nació en Sayula, Jalisco, el 13 de febrero de 1875. Ingresó al seminario auxiliar de Zapotlán el Grande en 1888, donde se destacó en el estudio de la lengua española y aplicó sus habilidades literarias a la predicación.
Ordenado sacerdote el 4 de enero de 1903, cumplió su ministerio con celo y dedicación. En 1925, fue nombrado párroco de Unión de Tula, Jalisco, y fue objeto de persecución tras la suspensión de los servicios públicos. Debido al hostigamiento que sufrió después de enero de 1927, buscó refugio fuera de su parroquia, en Ejutla, Jalisco, que pertenece a la diócesis de Colima, donde continuó atendiendo las necesidades espirituales de sus feligreses.
En el punto más álgido de la persecución religiosa, se sintió movido a decir: “Los soldados podrán quitarnos la vida, pero nunca la fe”.
El 27 de octubre de 1927, el general Juan B. Izaguirre llegó a Ejutla al mando de un gran contingente de soldados. El padre Aguilar, nombrado examinador sinodal por un grupo de seminaristas que, al igual que él, se habían refugiado allí por la persecución, estaba a punto de cumplir con los deberes de su cargo. Al ser alertados, todos huyeron, excepto el padre Aguilar, quien se quedó para quemar la lista de nombres del seminario.
Cuando lo descubrieron, los soldados le pidieron que se identificara. “Soy sacerdote”, respondió, sabiendo que su confesión significaría ser acusado y castigado con ofensas y abusos injustificables.
A primera hora del día siguiente, el general Izaguirre ordenó que el sacerdote fuera ahorcado en la plaza central de Ejutla. Cuando ataron la soga a la rama de un robusto árbol de mango, el padre Aguilar bendijo el instrumento de su martirio, perdonó a sus verdugos y le regaló su rosario a uno de ellos. Le dijeron que podría salvar su vida si renunciaba a sus convicciones gritando: “¡Viva el Supremo Gobierno!”. Entonces, un soldado le preguntó con brusquedad: “¿Quién vive?”. Sin dudarlo, él dijo: “¡Cristo Rey y Nuestra Señora de Guadalupe!”. Repitieron la pregunta dos veces más. Hablando con dificultad, el padre Aguilar volvió a responder: “¡Cristo Rey y Nuestra Señora de Guadalupe!”. Después de responder de esta manera por tercera vez, fue ahorcado por su fe. Sus restos se encuentran en la parroquia de Unión de Tula, Jalisco.
Basado en la Canonización de Veintisiete Santos Mexicanos